Columna de La Reconquista | Sin Dios y sin familia, destrucción y muerte

Considero, señor lector, que casi todos nosotros estamos impactados por tanta violencia, dentro y fuera del país. Las masacres perpetradas por jóvenes en los Estados Unidos, así como actos de barbarie, vejación y destrucción por parte de presuntos adolescentes y menores que habitan en nuestra Patria, nos hacen cuestionarnos: ¿Qué nos ha pasado?, ¿Cómo es que hemos llegado a tanta degradación? Siempre ha habido crímenes y guerras, y la historia es testigo de ello, pero como que estamos cayendo en niveles incontrolables, sintiendo la tentación de tomar justicia por mano propia antes que confiar en las instituciones –puesto que las leyes de las Cámaras son permisivas y la actuación de los máximos Tribunales al respecto son, en el mejor de los casos, negligentes–.

Un dato que se me hace muy sorprendente (discúlpeme si no concuerda conmigo, amable lector) es que muchos de los miembros de las personas y grupos criminales que moran entre nosotros (al igual que muchos de los dirigentes políticos de todo espectro de partidos) se consideran «creyentes» (cristianos de toda denominación, musulmanes de toda rama, etcétera), algunos muy “devotos”, e incluso otros dicen que son hasta “practicantes” –no sé si practicantes al estilo veterinario, por lo animal, pero dejémoslo ahí–. Lo que es innegable es que su conducta es totalmente contraria a la fe que dicen profesar. Si en verdad todos ellos tuvieran en cuenta a Dios, su vida (y nuestra vida) sería muy diferente.

Ciertamente, en pro de veracidad, y analizando las estadísticas e índices delincuenciales, constatamos que muchos perpetradores de tales ilícitos (tanto de los delincuentes en sí como de los políticos que aprueban leyes nefastas y los jueces que inaplican la justa ley según una falsa concepción de los derechos humanos y el principio pro persona) proceden de familias desintegradas, con ausencia de un padre que les haya inculcado el trabajo, la honradez, el respeto a los demás, o con una madre muy consentidora que nunca les impuso una sana disciplina, que no les educó para la sana convivencia social, para la solidaridad con los pobres, para la vida en comunidad, y una «educación» (tanto material como formal, o sea, la recibida en casa en valores como la aprendida en colegios y escuelas en conocimientos) que deja mucho, muchísimo que desear (atreveríame a decir que es un abismo de ignorancia e incultura el que se fomenta y propaga, como incendio en paja seca, con leyes como la LOMLOE, el adoctrinamiento ideológico en «género», «ecologismo», «resiliencia», «inclusión», etcétera).

A todo lo anterior hay que sumar, sin duda alguna, la degradación que ha permeado instituciones de la sociedad que hacen cuanto pueden para restarle valor a la vida y a la familia, como si éstas fueran cosas del pasado. Es muy lamentable, por ejemplo, que la casi totalidad de los llamados «Altos Tribunales» (da igual que sean Tribunales Supremos, Tribunales Constitucionales, Supremas Cortes o la denominación que tuvieren en cada país u organizaciones internacionales, que es de auténtica grima que tengan injerencia y obligatoriedad sobre legislaciones nacionales) hayan declarado inconstitucionales algunos artículos de legislaciones que defienden la vida desde la concepción o los que defienden la prioridad de los padres en la decisión sobre la educación que hayan de percibir sus hijos menores (de los que tienen patria potestad, custodia o tutela, pero para responsabilidad económica, porque no pueden decir en muchos casos una palabra más fuerte que otra ya que acabarían demandados por sus propios hijos por cualquier subtipo de violencia doméstica).

Otrosí (que sigue en el colmo de la idiocia): Los gobiernos y tribunales afirman no tener facultades para definir cuándo empieza la vida humana y qué es «persona», y que, por tanto, es legal abortar (como si fuese un derecho de la mujer cuando en realidad es la aberrante ideología rastrera del hedonismo y la muerte, decidir que la consecuencia de la fecundación no es vida). Respecto a la concepción, la biología es clara… pero, al parecer, en estas «pseudo-democracias» que tenemos, solo aplica para la estupidez denominada «derechos humanos de las personas no humanas», ya que un huevo de halcón, por ejemplo, tiene más derechos que un embrión humano. O, en redundancia, las leyes de eutanasia, que destruyen la humanidad del corazón (deshumanizan, pues), como “menú a la carta” (como en Canadá, que puede elegirse esa práctica por razones de pobreza económica, además de edad, enfermedad y razones a evaluar supuestamente “con libre decisión y comprensión”).

Con todas estas leyes se está legitimando una grave injusticia, que es destruir una vida humana que ya es una realidad desde la concepción. Si no se respeta la vida del débil e inocente en el seno materno, ¡de qué nos extrañamos si hay tanta violencia, destrucción y muerte en la vida mundo globalizado en el que nos toca vivir!

La espiral in crescendo de la banalidad política sigue entrometiéndose en realidades en las que no puede ser competente (como si las Cámaras quisieran legislar que yo, El Condestable, soy dios, y es de obligada legalidad adorarme). Por ello legislan contra la vida y a favor de la muerte, contra lo religioso y en pro de lo banal, efímero, temporal, material; contra lo justo, yendo a favor de lo que precisamente discrimina, separa, desune y radicaliza. Hasta importantes personajillos de la pasarela política de lo que ahora denominan “centro” o “centro-derecha” afirman que no derogarían leyes como las mencionadas, aun cuando los idearios de sus propios partidos políticos afirman que están luchando por lo contrario. Ya ve usted, querido lector: cuando se junta hipocresía con ignorancia, el resultado es inutilidad y miseria (lo vemos a diario, no me deje mentir).

Por lo mismo, cuando la lucha es contra los valores y principios, sean éticos, morales o religiosos, se mata la transcendencia de las familias y su papel en la sociedad (¿no recuerdan aquello de que “la familia es la célula de la sociedad”, que todos estudiábamos en ética, en filosofía, en derecho?). Y no creamos que la reflexión únicamente incide a la conciencia personal, porque basta con leer las primeras líneas del Génesis bíblico para encontrarnos la pregunta divina: «¿Dónde está Abel, tu hermano?». Si, como Caín, queremos responder: «No lo sé». ¿Soy yo el guardián de mi hermano?» negándonos a conocer el paradero del hermano que acaba de matar con sus propias manos, constataremos que la violencia siempre tiene como compañeros la mentira y la indiferencia. Eso es nuestra sociedad y eso es nuestra clase política (con honrosas excepciones, que solo veo en el GPVOX y muy pocos políticos honestos del GPPP y GM). Esto es lo que estamos “decidiendo” (aunque es falso, puesto que la decisión requiere libertad, inteligencia y voluntad, y hoy en día los votantes somos esclavos de “paguitas”, ignorantes de la realidad en casi todos los ámbitos, y plenamente incapaces de querer realizar un cambio significativo, aunque despotriquemos en tertulias, redes y grupúsculos).

Le invito, dilecto lector, a la reflexión personal, familiar y comunitaria (social, laboral, educativa…): ¿Qué tenemos como peso en nuestras mentes, corazones y vidas? ¿Es lo que queremos? ¿Podemos cambiarlo? Según su respuesta afirmativa o negativa, habrá de decidir usted entre el “¡Basta ya!” o el “seguir tragando”. Pero será ya por su propio gusto, sin tener derecho a quejarse por las consecuencias. No me dirá que no sabe que el fuego quema o que el mentiroso miente… Recuerde que “aunque la serpiente mude de piel, sigue siendo serpiente”, o sea, no haga tanto caso a las palabras en sí sino a las actitudes y principios. Y decida en consecuencia y coherencia. Se lo ruego… Si hemos vivido Pentecostés, la respuesta está dada. De no ser así… no busque culpables de su pasividad, indiferencia o negligencia, porque solo usted será en primera instancia el responsable. Perdóneme el abuso de confianza en estas palabras…

@CondestableDe

@LaReconquistaD

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.