Columna de La Reconquista | Señor Alberto Núñez Feijóo: el 25 de julio es la Solemnidad del Santo Patrono de España, usted sobra

Marzo de 1993, parece muy lejano. Estaba trabajando en mi habitación del Colegio Mayor Belagua Torre 1. En 1968, dentro del campus de la Universidad de Navarra, se levantaron dos torres de 8 pisos cada una, como dormitorios de carácter provisional.

Lo inexplicable es que sigan en pie y como colegios mayores. Cabe decir, que, el Colegio Mayor Belagua, es conocido por otras instalaciones: las elegantes fases de estilo neorrománico. Las pobres torres -las cosas como son- dan pena, y, a la vez, generan cierto orgullo. Son como la mili, la pasa uno mal, pero no la olvidas. Lo que no sabía, es que desde mi ventana se veía un camino o mejor dicho vereda, incluso ésta desentonaba con la arquitectura predominante del campus, y he aquí que una tarde de jueves, entre lectura y apuntes, vi una figura casi fantasmagórica sobre esa vereda, un sujeto de unos 70 años, llevando en su espalda una mochila, cuyo tamaño me recordó, precisamente las que usaban ciertas fuerzas especiales, por ejemplo, los Royal Marines de Inglaterra en la campaña de las Malvinas. Pregunté de inmediato a mi vecino de habitación, un caballero legionario de Zaragoza que terminaba Historia en la Universidad: Iñaqui Vargas, y me respondió:

“Es un peregrino, uno de verdad”. “¿Y a dónde va?” Pregunté con ingenuidad, y añadí “¿A Leyre?”

Iñaqui daba terror, con su enorme barba, musculatura de oso y un carácter de los mil demonios (Siempre me he preguntado cómo eligió estudiar Historia, el tiempo me aclararía esa duda).  Así pues, el sujeto, lacónico me dijo: “Mira capullo, va a Santiago, hasta Galicia, toma un mapa y aclárate.” Se agregó a la conversación otro estudiante de Historia, uno más refinado (hoy es sacerdote del Opus Dei), y me explicó que 1993 era Año Xacobeo, y luego me dio una guía del Camino de Santiago. Me enganché como si de un opiáceo se tratase, y hasta noviembre de ese año pude seguir las huellas de aquel viejo que cruzó el campus sin mirarlo mucho, pensando en algún albergue, probablemente el de San Andrés en Zariquiegui, pues según me contaba el hoy cura José Luis González Gullón, no muchos gustan de pernoctar en Pamplona, ¿por qué motivo? Por la marcha, me contaba.

Así fue mi primer camino, pero yo descansé en Puente la Reina, saliendo del Edificio Central de mi Alma Máter, donde te daban la credencial.

A los 27 días estaba en la Ciudad del Apóstol. Como es bien sabido, el año Xacobeo es aquel en el que el 25 de julio, día de Santiago Apóstol, cae en domingo. En 2010 reincidí, esa vez, partí de Saint Jean Pied de Port, y con más experiencia, el tiempo no me interesó, dediqué un mes y medio, quise saborear Logroño y alrededores, Burgos y León en especial. 2021 fue año Xacobeo, pero el impopular SARS-2 vino a fastidiar la cosa, y desde Roma prorrogaron tal conmemoración hasta el presente 2022.

Así que el próximo 25 se coronará el Xacobeo como el que más

Es una solemnidad en la que la Liturgia católica no deja lugar a dudas: “Solemnidad de Santiago apóstol, patrón de España.” Sí, el Apóstol Santiago, denominado El Mayor para no confundirlo con su homónimo, era uno de los hijos del Zebedeo. De carácter recio, magnánimo y un poco impulsivo, Nuestro Señor Jesucristo le llamó Hijo del Trueno. Fue el apóstol de Hispania, culturizada por Roma. Su prédica fue bendecida por la mismísima Virgen María, quien se le apareciera sobre un pilar a orillas del Ebro en la otrora Caesaraugusta. Se tuvo noticia de su sepulcro desde el reinado del asturiano Alfonso II el Casto, como consta en el Breviarium Apostolorum del siglo VII. Alfonso fue el primer peregrino, partiendo de Oviedo en un escarpado camino, a veces facilitado por las vías romanas. A esa ruta se le conoce como Camino Primitivo y pude probar su dureza en 2015, pero no divagaré en ello. Quisiera enfatizar el significado de que Santiago el Mayor sea el Patrón de España, algo que para políticos insubstanciales como Nuñez Feijóo, no interesa. Cederé los trastos a Juan Pablo II, un papa hispanista (su tesis doctoral sobre teología abordó el concepto de la Fe en San Juan de la Cruz), quien en el Santo Sacrificio de la Misa del peregrino, del 9 de noviembre de 1982, dijo las siguientes palabras:

“Aquí, en Compostela, tenemos el testimonio de ello. Un testimonio de fe que, a lo largo de los siglos, enteras generaciones de peregrinos han querido como “tocar” con sus propias manos o “besar” con sus labios, viniendo para ello hasta la catedral de Santiago desde los países europeos y desde Oriente. Los Papas impulsaron por su parte este peregrinaje, que también tenía como metas Roma y Jerusalén.

El sentido, el estilo peregrinante es algo profundamente enraizado en la visión cristiana de la vida y de la Iglesia (cf. Lumen gentium, 9). El camino de Santiago creó una vigorosa corriente espiritual y cultural de fecundo intercambio entre los pueblos de Europa. Pero lo que realmente buscaban los peregrinos con su actitud humilde y penitente era ese testimonio de fe al que me he referido antes: la fe cristiana que parecen rezumar las piedras compostelanas con que está construida la basílica del Santo. Esa fe cristiana y católica que constituye la identidad del pueblo español.”

En 2010, Benedicto XVI dijo:

“En este Año Santo Compostelano, como Sucesor de Pedro, he querido yo también peregrinar a la Casa del Señor Santiago, que se apresta a celebrar el ochocientos aniversario de su consagración, para confirmar vuestra fe y avivar vuestra esperanza, y para confiar a la intercesión del Apóstol vuestros anhelos, fatigas y trabajos por el Evangelio. Al abrazar su venerada imagen, he pedido también por todos los hijos de la Iglesia, que tiene su origen en el misterio de comunión que es Dios. Mediante la fe, somos introducidos en el misterio de amor que es la Santísima Trinidad. Somos, de alguna manera, abrazados por Dios, transformados por su amor. La Iglesia es ese abrazo de Dios en el que los hombres aprenden también a abrazar a sus hermanos, descubriendo en ellos la imagen y semejanza divina, que constituye la verdad más profunda de su ser, y que es origen de la genuina libertad.

Entre verdad y libertad hay una relación estrecha y necesaria. La búsqueda honesta de la verdad, la aspiración a ella, es la condición para una auténtica libertad. No se puede vivir una sin otra. La Iglesia, que desea servir con todas sus fuerzas a la persona humana y su dignidad, está al servicio de ambas, de la verdad y de la libertad. No puede renunciar a ellas, porque está en juego el ser humano, porque le mueve el amor al hombre, «que es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma» (Gaudium et spes, 24), y porque sin esa aspiración a la verdad, a la justicia y a la libertad, el hombre se perdería a sí mismo.”

Pero Feijóo tiene otros planes, no es fotogénico como cree serlo Sánchez, pero es tan corrosivo y enemigo de España como el socialista. Sus planes están lejos de la fe que hizo a un pueblo unificarse contra el invasor musulmán y llevar el Evangelio a Ultramar. Un pueblo que era la viva imagen del Apóstol: un hijo del trueno, incansable, dispuesto al martirio y mariano hasta la médula.  Debo un artículo sobre Clavijo y sus batallas, pero el aquelarre que Feijóo y sus secuaces cocinan para este 25 de julio, me obliga a invitaros a rezar con fuerza, como un simple peregrino que ansía volver a dar un abrazo al Patrono al que le debe su lengua y fe:

Santo Adalid, Patrón de las Españas,

Amigo del Señor:

Defiende a tus discípulos queridos,

protege a tu nación.

Las armas victoriosas del cristiano

venimos a templar

en el sagrado y encendido fuego

de tu devoto altar.

Firme y segura como aquella Columna

que te entregó la Madre de Jesús,

será en España la santa fe cristiana,

bien celestial que nos legaste Tú.

¡Gloria a Santiago, Patrón insigne!

Gratos, tus hijos, hoy te bendicen.

A tus plantas postrados te ofrecemos

la prenda más cordial de nuestro amor.

¡Defiende a tus discípulos queridos!

¡Protege a tu Nación!

¡Protege a tu Nación!

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