Columna de La Reconquista | Sé dónde me aprieta el zapato

Algo tan sencillo como eso, amable lector, es lo que parece que no sabemos discernir en el mundo actual ni en la Patria… Quizá todos coincidiremos en que el pie derecho no puede calzar cómodamente el zapato izquierdo –aunque con eso de las modas “unisex” terminaremos llevando una especie de ladrillos amorfos en los pies, por no hablar de otros aditamentos–. Pero hay quien prefiere portar al revés los zapatos a reconocer que algo es incorrecto. Y de esto sí que sabemos bien todos, por experiencia propia o ajena, puesto que no es otra cosa que necedad, tozudez y aferramiento. No reconocer el árbol por sus frutos no solo es signo de una miopía espantosa, sino de una idiocia apabullante –y no es menester ser botánico ni ingeniero agrónomo para darnos cuenta de ello, pues ni por Real Decreto el manzano puede dar nueces, ni los melones brotarán del roble–.

“Sé dónde me aprieta el zapato”… La expresión, en su origen, como bien sabe usted, dilecto lector, la utiliza Cervantes (El Quijote, II, 33), quien pone estas palabras en boca del sencillo y realista Sancho Panza, en la respuesta que da a la duquesa cuando le pregunta cómo va a gobernar a los habitantes de esa ínsula prometida por su esposo. Gran sorpresa nos dan las palabras de Sancho, pues, además de una larga retahíla de refranes (a cual más claro y conciso), tras afirmar que “yo soy caritativo de mío y tengo compasión de los pobres”, demuestra estar plenamente consciente de los deberes de un gobernador, hasta reconociendo sus miserias, defectos y limitaciones. Por ello afirma:

“Sé despabilarme a sus tiempos, y no consentiré que me anden musarañas ante los ojos, porque sé dónde me aprieta el zapato”

Esas sencillas palabras son un compendio de politología que muy bien pudieran hacer propio los que se vanaglorian de “gobernar” en todos los niveles de la administración del Reino de España (que va camino de convertirse en una ínsula tan imaginaria como la de Pandataria, con leyes absurdas, gobernantes corruptos –no deben saber dónde les aprieta el zapato–, escándalos un día sí y otro también, necedad y estulticia aguda en todos los campos del saber y gobierno –porque, si tanto se compara el actual Ejecutivo con la Europa anhelada, debiera ver que quienes ostentan los cargos de responsabilidad son expertos en las respectivas áreas, tan lógicas como tener un economista en Hacienda, un médico en Sanidad, etcétera–).

Dado que ninguno de nosotros (yo el primero) somos “todólogos”, es indispensable saber cada uno dónde nos aprieta el zapato, para estar muy conscientes de nuestros muy personales problemas, defectos, fallas, límites, capacidades y miserias (al mismo tiempo que reconocer los puntos fuertes, las virtudes y méritos, por supuesto, ya que de lo contrario sería falsa humildad).

Y también, aplicando el principio cristiano de la corrección fraterna (que obra de misericordia es), debemos hacer ver al prójimo –querido o no tanto– dónde le aprieta el zapato, por si sus falsas percepciones y elucubraciones mentales son auténticos dislates (¡cuánto da de sí eso del “libre desarrollo de la personalidad”, que aplica a “géneros”, a conocimientos y a aptitudes inexistentes). No, no se me ofenda ni espante, señor lector, puesto que todos necesitamos de todos, nos ayudamos y esforzamos en forma semejante. Y, de verdad, no se trata de la “Utopía” de Tomás Moro, sino del correcto entendimiento de la concepción de la sociedad y la política en este nuevo “contractualismo” que vivimos (aunque pienso para mí que los pobres Rousseau, Montesquieu, Diderot, D’Alambert, Tocqueville y compañía estarán revolviéndose en sus sepulcros al ver la pantomima del globalismo, la estupidez de pseudo-nacionalismos y la imbecilidad de leyes que no coadyuvan a bien alguno, sino que son mezquindades ególatras de quien abusa del poder).

¿Sabe usted, Sr. Presidente del Gobierno, dónde le aprieta el zapato? En tres puntos (y no me refiero al talón, empeine y dedos): el primero, que es usted incapaz de gobernar (e incapaz de reconocerlo, además, dejando de lado la presunta “legalidad” de su cargo, porque no ostenta en democracia indirecta una legitimidad que lo avale); el segundo, que no sabe o puede usted elegir personas capaces que le asesoren (porque tener en lo más “selecto” de su círculo de confianza a quienes escupen sobre lo que es y representa España, es, en verdad, estulticia incurable, como poner al zorro a cuidar las gallinas, que es lo que está haciendo con los asesinos de ETA y los secuaces de los mismos, dispersos en los bloques de la extrema izquierda y los egoístas, infundados y necios nacionalismos); el tercero, que usted es un simple títere en manos de poderes ajenos a España y al bien del Estado (con la desvergüenza de que se le llena la boca de “Europa”, pero no condena el comunismo; que hace viajes más inútiles aún que “su persona”, que se pavonea como actor principal, cuando solo telonero ha sido en su vida).

¿Sabe usted, Sr. Jefe de la Oposición Parlamentaria, dónde le aprieta el zapato? En dos puntos (ya es algo mejor que el mentado anteriormente): en que usted no se opone al dislate ejecutivo, sino que se suma, alía y negocia, al margen de principios, valores y promesas (su mayoría en el terruño no implica capacidad o bondad, sino ser, en esos momentos, el más cómodo para votar, quizá por la costumbre arraigada); aunado a ello, usted no plantea mejoras ni soluciones (sino que se mantiene en ese “dolce far niente” tan caro a los italianos). No quiero violentar su presunción de inocencia, porque tendría que continuar la lista con ser un traidor a su propio partido, desleal a sus superiores, mentiroso a sus electores e hipócrita con quienes le escuchan, dejémoslo así.

¿Saben ustedes, Sres. Políticos de todos los Arcos del Parlamento, dónde les aprieta el zapato? En un punto principal y varios puntos accesorios: son ustedes, en el mejor de los casos, chupópteros del Erario, cómodos en su mediocridad e insinceros en su veracidad. Esto he de matizarlo. Políticos honrados los ha de haber (digo yo) en todos los partidos y entre todos sus votantes, puesto que no puedo concebir la maldad como ente en sí. Desde luego, conozco muchos muy capaces y honrados, especialmente en el Grupo Parlamentario VOX (al que yo cambiaría el nombre, “VOX ET LUX”, “Voz y Luz”), también algunos muy respetados y amigos en el Grupo Parlamentario Popular (pese a que su “pavor” a ser tildados de firmes, fuertes, coherentes y sinceros parece ser tendente al izquierdismo que en principio condenan), e incluso en el Grupo Mixto (los Sres. Quevedo, García Adanero, Sayas). Pero poco más hay salvable… y de poco sirve si no atruenan no solo en el Hemiciclo sino en cada uno de los actos cotidianos.

Perdónenme no desglosar el resto del espectro político, porque en verdad el término «espectro» les queda como anillo al dedo: son fantasmas, imágenes pavorosas de la desidia política, la incapacidad intelectual y la desvergüenza humana. Al menos (y ruego perdón en caso de equivocarme) debo así considerarlos a ustedes hasta que no me demuestren ser capaces del Bien (no de “su” “bien”), y sumen esfuerzos para enderezar el barco patrio, que se escora peligrosísimamente (aunque hablar de esto con ustedes es como arrojarles perlas a los cerdos, bien lo previene el Libro de Libros).

Sé dónde me aprieta el zapato, y entono el mea culpa. Me impaciento cuando veo tanta pasividad ciudadana; me hierve la sangre al contemplar (y vivir) tal desfachatez legislativa y ejecutiva; me asqueo cuando, en nombre de la libertad de expresión, he de escuchar y permitir vejaciones, mofas, insultos y deshonras a los símbolos patrios, las instituciones patrias y la propia Patria; me indigno cuando el adoctrinamiento escolar tira a la basura la educación en conocimientos y valores para perseguir ideologías perniciosas y babélicas. Cuando tales cosas acaecen, ante el Todopoderoso hinco mis rodillas y le ruego misericordia para todos, luz para todos, bondad para todos (y, para qué negarlo, justicia para todos). “Un grano no hace granero, pero ayuda al compañero”, dice la sabiduría popular.

¿Sabe usted, estimado lector, dónde le aprieta el zapato? Quizá sea momento de cuestionárselo… y de remediarlo.

@CondestableDe

@LaReconquistaD

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