Columna de La Reconquista | Santiago Apóstol y Clavijo en la Nueva España (Parte V)

El empleo de las obras de Bartolomé de Las Casas ha sido de gran utilidad para desacreditar a Hernán Cortés. La apasionada pluma del sevillano atribuyó virtudes a los mexicas que no eran ciertas. Pero su Historia de las Indias fue tomada a raja tabla por educadores y artistas durante el gobierno de Álvaro Obregón (1880-1928). Los restos de Cortés fueron depositados, por iniciativa de Lucas Alamán (1792-1853), en la céntrica iglesia de Jesús de Nazareno, y estuvieron a punto de ser profanados en los años cuarenta del siglo pasado. Como ironía de la Historia, fue Indalecio Prieto (1883-1962) quien más hizo por su protección y conservación. De haber estudiado las versiones de López de Gómara y Sepúlveda (además de la obra de Bernal Díaz del Castillo, y las propias Cartas de Relación que Cortés dirigió al Emperador), se tendría a Cortés en otra consideración.

Agréguese a la animadversión al conquistador al indigenismo, el mismo que ha llevado en los Estados Unidos de América a la destrucción de monumentos a Cristóbal Colón o a Fray Junípero Serra, incluso acusándoles de genocidio. El pasado 2019, contra Cortés se vertieron una gran cantidad de calumnias y disparates, escenario en el que, para mayor inri, un señor oriundo de Francia, de nombre Christian Duverger, vino a contaminar más la atmósfera. ¿Acaso tantos eruditos actuales no han leído a Fray Toribio de Benavente “Motolinía”? Este misionero franciscano tuvo el valor de escribir al Emperador una extensa apología de Cortés ante las calumnias de Bartolomé de las Casas (entre otros):

“… No es maravilla que sepa poco de esto: el de Las Casas estuvo en esta tierra obra de siete años, y fue como dicen que llevó cinco de calle; Fraile ha habido en esta nueva España que fue de México hasta Nicaragua, que son cuatrocientas leguas, que no se le quedaron en todo el camino dos pueblos que no predicase, y dijese misa, y enseñase, y bautizase niños y adultos, pocos o muchos. Y los frailes acá han visto y sabido un poco más que el de Las Casas cerca del buen tratamiento de los esclavos. Así, la justicia, de su oficio, como los frailes predicadores y confesores, que desde el principio hubo frailes menores, y después vinieron los de las otras órdenes; estos siempre tuvieron especial cuidado que los indios, especialmente los esclavos, fuesen bien tratados y enseñados en toda doctrina y cristiandad, y Dios que es el principal obrador de todo bien. Luego los Españoles comenzaron a enseñar y a llevar a las Iglesias a sus esclavos a bautizar, y a que se enseñasen, y a los casar, y a los que esto no hacían, no los absolvían. Y muchos años ha, que los esclavos y criados de españoles están casados in facie ecclesiae. E yo he visto muy muchos, así en lo de México, Guaxaca y Guatemala como en otras partes, casados con sus hijos, e sus casas, e su peculio, buenos cristianos y bien casados. Y no es razón que el de Las Casas diga que el servicio de los Cristianos pesa más que cien torres, y que los españoles estiman en menos los Indios que las bestias, y aun que el estiércol de las plazas. Paréceme que es gran cargo de conciencia atreverse a decir tal cosa á V. M. Y hablando con grandísima temeridad, dice: que el servicio que los Españoles por fuerza toman a los Indios, que en ser incomportable y durísimo excede a todos los tiranos del mundo, sobrepuja e iguala al de los demonios; aun de los vivientes sin Dios y sin ley no se debería decir tal cosa; Dios me libre de quien tal osa decir; el yerro que se llama de rescate de V. M. vino a aquesta Nueva España el año 1524, mediado Mayo; luego que fue llegado a México el Capitán D. Hernando Cortés que a la sazón gobernaba, ayuntó en San Francisco con Frailes, los letrados que había en la Ciudad. E yo me hallé presente y vi que le pesó al Gobernador por el yerro que venía y lo contradijo, y desde que más no pudo,  limitó mucho la licencia que traía para herrar esclavos, y los que se hicieron fuera de las limitaciones fue en su absencia, porque se partió para las Higueras. Y algunos que murmuraron del Marqués del Valle, que Dios tiene, y quieren ennegrecer y oscurecer sus obras, yo creo que delante de Dios no son sus obras tan acetas como lo fueron las del Marqués; aunque como hombre fuese pecador, tenía fe y obras de buen cristiano, y muy gran deseo de emplear la vida y hacienda por ampliar y aumentar la fe de Jesucristo, y morir por la conversión de estos gentiles, y en esto hablaba con mucho espíritu, como aquel a quien Dios había dado este don y deseo, y le había puesto por singular Capitán de esta tierra de Occidente; se confesaba con muchas lágrimas y comulgaba devotamente, y ponía a su ánima y hacienda en manos del confesor para que mandase y dispusiese de ella todo lo que convenía a su conciencia, y así buscó en España muy grandes confesores Letrados con los cuales ordenó su ánima, e hizo grandes restituciones y largas limosnas, y Dios le visitó con grandes aflicciones, trabajos y enfermedades para purgar sus culpas y a limpiar su ánima. Y creo que es hijo de salvación, y que tiene mayor corona que otros que lo menosprecian: desde que entró en esta nueva España trabajó mucho de dar a entender a los indios el conocimiento de un Dios verdadero y de les hacer predicar el Santo evangelio, y les decía cómo era mensajero de V. M. en la conquista de México, y mientras en esta tierra anduvo cada día trabajaba de oír misa, ayunaba los ayunos de la iglesia y otros días por devoción. Dios le deparó, en esta tierra, dos intérpretes, un Español que se llamaba Aguilar y una india que se llamó Doña Marina; con estos predicaba a los indios y les daba a entender quién era Dios y quién eran sus ídolos, y así destruía los ídolos y cuanta idolatría podía. Trabajó de decir verdad y de ser hombre de su palabra, lo cual aprovechó mucho con los indios; traía por bandera una cruz colorada en campo negro, en medio de unos fuegos azules y blancos, y la letra decía: amigos, sigamos la cruz de Cristo, que, si en nos hubiere fe, en esta señal venceremos. Do quiera que llegaba luego levantaba la Cruz; cosa fue maravillosa del esfuerzo, y ánimo, y prudencia que Dios le dio en todas las cosas que en esta tierra aprendió, y muy de notar es la osadía y fuerzas que Dios le dio para destruir y derribar los ídolos principales de México, que eran unas estatuas de más de quince pies en alto, y armado de mucho peso de armas tomó una barra de hierro, y se levantaba tan alto hasta llegar a dar en los ojos y en la cabeza de los ídolos; y estando para derribarlos le envió á decir el gran Señor de México Moteczuma que no se atreviese a tocar a sus dioses, porque a él y a todos los Cristianos mataría luego. Entonces el Capitán se volvió á sus compañeros con mucho espíritu, y medio llorando les dijo: hermanos, de cuanto hacemos por nuestras vidas e intereses, ahora muramos aquí por la honra de Dios, y porque los demonios no sean adorados; y respondió a los mensajeros, que deseaba poner la vida y que no cesaría de lo comenzado, y que aquellos no eran dioses sino piedras y figuras del demonio, y que viniesen luego; y no siendo con el Gobernador sino 130 cristianos y los indios eran sin número, así los atemorizó Dios y el ánimo que vieron en su Capitán, que no se osaron menear: destruidos los ídolos puso allí la imagen de Nuestra Señora….siempre tuvo el Marqués en esta tierra émulos y contrarios que trabajaron (en) oscurecer los servicios que a Dios y a V. M. hizo, y allá no faltaron, que si por estos no fuera, bien sé que V. M. siempre le tuvo especial afición y amor, y a sus compañeros; por este Capitán nos abrió Dios la puerta para predicar su Santo Evangelio, y éste puso a los indios que tuviesen reverencia a los santos Sacramentos, y a los Ministros de la Iglesia en acatamiento; por esto me he alargado, ya que es difunto, para defender en algo su vida: la gracia del Espíritu Santo more siempre en el ánima de V. M. Amén. De Tlaxcala, 2 de Enero de 1555 años: humilde siervo y mínimo capellán de V. M.”.[1]

Fray Toribio de Benavente (1490-1569) –conocido por los indígenas como “Motolinía”, es decir, “andrajoso” o “pobre”–, es, sin lugar a duda, el mejor testigo y defensor de Cortés. José María Iraburu cuenta de él que: “Nacido en Benavente, León, tomó el hábito en la provincia franciscana de Santiago, y con fray Martín de Valencia, fue el más dotado del grupo de los Doce (franciscanos llegados a lo que será la Nueva España en 1524). En aquellos primeros años, tan agitados y difíciles, se distinguió tanto por su energía para poner paz entre los españoles y frenar sus desmanes, como por su amor a los indios y la abnegación de su entrega total a la evangelización”.[2] Su testimonio no sólo fue apegado a la verdad, es un ejemplo de lealtad, especialmente valiente y situado en las antípodas de las calumnias proferidas por Bartolomé de Las Casas.  A diferencia de Sepúlveda o López de Gómara, Motolinía fue un testigo de los hechos, apóstol infatigable y verdadero defensor de los indígenas sin buscar la vanagloria. De Las Casas, por motivaciones desconocidas, fue más amante de los debates en las cortes y los foros, poco afecto al apostolado, y, probablemente, sin los arrestos para haber tomado la espada en vez de vestir sotana y luego el hábito dominico. Pero no divaguemos con el religioso cuyos restos descansan en la madrileña Basílica de Nuestra Señora de Atocha, en todo caso, confiemos que en sus postrimerías contó con el tiempo necesario para rectificar.


[1] Colección de documentos para la historia de México. Tomo Primero. Publicada por Joaquín García Icazbalceta. Edición digital a partir de la edición de Joaquín García Icazbalceta, México, Librería de J.M. Andrade, Portal de Agustinos n. 3, 1858. Ed. facsímil: México, Porrúa, 1980. http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/68048408217915506322202/index.htm

La transcripción ha sido alterada por el autor.

[2] IRABURU, José María, Hechos de los apóstoles de América, Fundación GRATIS DATAE, Pamplona 1992, p. 123.

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