Columna de La Reconquista | Santiago Apóstol y Clavijo en la Nueva España (Parte IV)

El Conquistador y el Apóstol.

Aprovechando el ambiente salmantino, hagamos un salto en el tiempo para abordar la figura de Hernán Cortés quien fuera bachiller de tal universidad. Hernán Cortés de Monroy y Pizarro Altamirano nació en Medellín, Extremadura, en 1485, y la Providencia hizo de él no sólo un guerrero con dotes de hombre de estado sino también un celoso evangelizador. Siendo estudiante en Salamanca, dejó las aulas por la aventura americana en 1504. Era un hombre a caballo entre el Medievo y la Edad Moderna. El soldado leal y escritor fuera de serie, Bernal Díaz del Castillo, le describió como un hombre bien parecido y muy dado a las mujeres y, sin embargo: “Rezaba por las mañanas en unas Horas e oía misa con devoción. Tenía por su muy abogada a la Virgen María Nuestra Señora”.[1] No hay duda alguna que Cortés conoció las Siete Partidas, y fue, por tanto, el vehículo que permitió la recepción del ius commune en el Nuevo Mundo, como lo explica Faustino Martínez Martínez: “(…) el derecho común se producirá, de la misma forma que aconteció en Castilla, a través del recurso a ese ordenamiento tomando como punto de partida el sistema de prelación de fuentes castellano: la remisión que el Ordenamiento de Alcalá y las Leyes de Toro hacían a las Partidas se concibió como una puerta abierta a la aplicación sin excepciones del derecho común (…)”.[2]

Hombre imperial, Cortés también intentó hacer de la Nueva España un virreinato –debe enfatizarse que el concepto de virreinato es el propio del marco castellano y no aragonés, toda vez que Castilla había patrocinado y dirigido desde 1492 la exploración ultramarina–. No sólo lo visualizó –y solicitó– el obispo franciscano fray Juan de Zumárraga, pero Cortés en 1528, era sujeto a un duro desgaste desde las intrigas de Nuño de Guzmán hasta las calumnias más viles de personajes menores: “Pérez Bustamante ha destacado el desorden en Méjico, durante la desgraciada expedición de Cortés a las Hibueras, y cómo el Obispo de Méjico, Fr. Juan de Zumárraga, propuso el nombramiento de una persona de prestigio, que ostentando el título de Virrey, pusiera freno a las usurpaciones y ambiciones”.[3] Pero Cortés no obedecía a usurpaciones ni ambiciones, jamás vio en los indígenas esclavos potenciales sino vasallos de Su Majestad. No obstante, el de Medellín obtuvo del emperador Carlos el Marquesado de Oaxaca, que no fue título menor, sino signo de honra y gratitud de un hombre del Imperio más grande que ha visto la Historia y cuyo ordenamiento jurídico y celo apostólico sigue siendo ejemplar.

Ahora bien, ¿cuál es la posición de Cortés respecto de la devoción xacobea? En principio, como católico castellano, tenía a Santiago el Mayor como patrono, como hombre de guerra, era un portador de la tradición centenaria de hacer del grito “Santiago, y cierra España” una voz cargada de fuerza motivadora y de visión sobrenatural. Sin embargo, quien ha consignado de la presencia de Santiago en la conquista ha sido el cronista soriano Francisco López de Gómara (1511-1566). De hecho, López de Gómara jamás pisó las Indias, pero conoció a Cortés tras su regreso a España, alrededor de 1541. Como Juan Ginés de Sepúlveda (1490-1573), fue un admirador de Cortés, pero también un cronista del Imperio español ya entronizado en la persona de Carlos I (1500-1558). Como Sepúlveda, López de Gómara era sacerdote secular y un hombre del renacimiento, un humanista. Como Sepúlveda, ha sido blanco de la Leyenda negra antiespañola, víctimas de la misma pluma, la del sevillano Bartolomé de Las Casas (1474-1566).

En este momento, debemos abrir un paréntesis sobre la Leyenda Negra.[4] Fray Bartolomé sigue siendo una figura polémica, contando con defensores, incluso de su estilo literario, como lo afirma su hermano en religión, Manuel Martínez: “Que lo hiperbólico del P. Las Casas ya no resulta tan hiperbólico. Y conviene señalar que la hipérbole es una figura literaria muy permitida y muy usada hasta por los viejos profetas bíblicos, sin que por esto pueda llamarse mentiroso a quien lo usa”.[5] Lo cual no es lo cuestionable. Por hipérbole se entiende: “aumento o disminución excesiva de aquello de que se habla” o “exageración de una circunstancia, relato o noticia”. En todo caso, si el propósito de Las Casas era denunciar de manera pública algo, quizás la hipérbole podía ser un recurso retórico, pero si se trataba de alegar en los tribunales, la retórica debió ceder su lugar a la argumentación. Cabe decir que Fray Bartolomé, en otro momento, llegó a alegar con argumentos sólidos, de tal suerte que pudo influir en la promulgación de Las Leyes Nuevas de 1542 por el emperador Carlos. No obstante, de manera destacada, fueron los teólogos juristas (especialmente los integrantes de la Escuela de Salamanca, destacando los dominicos del Convento de San Esteban) quienes influyeron en la elaboración de las Leyes de Indias.[6] Quienes han empleado a Las Casas para calumniar al Imperio español, no sólo contaron con sus hipérboles como arma. Fue la imprenta el medio de divulgación de propaganda. Esto es lo que aprovechó Guillermo de Orange (1533-1584), quien divulgó una edición del libelo de Bartolomé de Las Casas intitulado Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Dicha publicación fue ilustrada por Johann Theodorus de Bry (1528-1598), mediante grabados que representaban atrocidades cometidas por los españoles contra los indígenas americanos. Sin embargo, la retórica vehemente de Fray Bartolomé, fue combustible suficiente para nutrir la Leyenda Negra:

“Como es sabido, la fuente de todos estos despropósitos no se halla en los protestantes ni en Francia, sino en la misma España, y destacadamente en Bartolomé de Las Casas, cuya delirante Brevísima relación de la destrucción de las Indias he examinado en la estela crítica de Menéndez Pidal, uno de nuestros mejores historiadores de cualquier época. La obra de Las Casas es disparatada desde sus descripciones de aquellas tierras a sus estimaciones demográficas, pasando por la atribución que hace a los españoles de unas masacres que no han sido posibles ni en el siglo XX, con organizaciones muchísimo más nutridas y tecnificadas. Sin embargo, o quizá precisamente por tales exageraciones que desafían al sentido común, la obra de Las Casas ha sido difundidísima en Europa, e interesadamente creída. De ellas se nutre también de uno de los mitos más dañinos de los últimos dos siglos, el del buen salvaje, criadero de utopías, es decir, de totalitarismos”.[7]


[1] DÍAZ DEL CASTILLO, Bernal, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, Historia 16, Madrid 1984, p. 204.

[2] MARTÍNEZ MARTÍNEZ, Faustino José, Acerca de la recepción del ius commune en el derecho de Indias: Notas sobre las opiniones de los juristas indianos, en el “Anuario Mexicano de Historia del Derecho”, 15, Ciudad de México, 2003, pp. 459-460.

[3] LALINDE ABADIA, Jesús, El régimen virreino-senatorial en Indias, en el “Anuario de Historia del Derecho Español”, 37, Madrid 1967, p. 88.

[4] No obstante que fue Emilia Pardo Bazán (1851-1921) la primera en acuñar el término «Leyenda negra antiespañola», fue Julián Juderías (1870-1918), quien sistematizó aquella. Por tanto, es oportuno traer a cuento su definición: “Por leyenda negra entendemos el ambiente creado por los fantásticos relatos que acerca de nuestra Patria (España) han visto la luz pública en casi todos los países; las descripciones grotescas que se han hecho siempre del carácter de los españoles como individuos o como colectividad; la negación, o, por lo menos, la ignorancia sistemática de cuanto nos es favorable y honroso en las diversas manifestaciones de la cultura y del arte; las acusaciones que en todo tiempo se han lanzado contra España fundándose para ello en hechos exagerados, mal interpretados o falsos en su totalidad, y, finalmente la afirmación, contenida en libros al parecer respetables y verídicos (…), de que nuestra Patria constituye, desde el punto de vista de la tolerancia, de la cultura y del progreso político, una excepción lamentable dentro del grupo de las naciones europeas. En una palabra, entendemos por leyenda negra, la leyenda de la España inquisitorial, ignorante, fanática, incapaz de figurar entre los pueblos cultos lo mismo ahora que antes, dispuesta siempre a las represiones violentas; enemiga del progreso y de las innovaciones; o, en otros términos, la leyenda que habiendo empezado a difundirse en el siglo XVI, a raíz de la Reforma, no ha dejado de utilizarse en contra nuestra desde entonces y más especialmente en momentos críticos de nuestra vida nacional”. JUDERÍAS, Julián, La Leyenda Negra. Estudios Acerca del Concepto de España en el Extranjero, Junta de Castilla y León, Valladolid 2003, pp. 23-24. Vid. ROCA BAREA, María Elvira, Imperiofobia y leyenda negra, Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio español, SIRUELA, Madrid 2016.

[5] MARTÍNEZ, Manuel, Fray Bartolomé y sus contemporáneos, Parroquial de Clavería, México 1980, p. 121.

[6] V. gr. SALORD BELTRÁN, Manuel María, La influencia de Francisco de Vitoria en el derecho indiano, PORRÚA, México 2002. BRUFAU PRATS, Jaime, La Escuela de Salamanca ante el descubrimiento del Nuevo Mundo, SAN ESTEBAN, Salamanca 1989.

[7] MOA, Pío, “La herencia de Las Casas”, en:

http://www.libertaddigital.com/opinion/historia/la-herencia-de-las-casas-1276237803.html

Al respecto, Laura Martín afirma: “En todos los escritos de Fray Bartolomé no hay datos concretos, sólo descripciones imprecisas, aderezadas de horrores que no aclara ni dónde ocurrieron, ni cuándo, ni perpetradas por quién. Lo único que se saca en claro es que el español –cualquiera– parece tener como labor principal en el Nuevo Mundo la tortura y la matanza de indios”. MARTÍN, Laura, Fray Bartolomé de Las Casas y la incierta leyenda negra española, en “LA GACETA”, Diario de Información y Análisis de Intereconomía, Madrid 6 de diciembre de 2015.Vid.:

http://gaceta.es/noticias/fray-bartolome-casas-incierta-leyenda-negra-espanola-06122015-1014#sthash.TLUoNkty.dpuf

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