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Columna de La Reconquista | Santiago Apóstol y Clavijo en la Nueva España (Parte II)

Para el tema que aquí nos ocupa, son dos corrientes las que han distorsionado la verdadera historia de la conquista de México y, por ende, del culto a Santiago el Mayor.

La primera es una especie de revisionismo histórico ideológico, el oxímoron denominado “memoria histórica”. La autoría de tal actitud no científica fue el historiador francés Pierre Nora, y la deriva ha sido la conformación de un pensamiento único cuya legítima disidencia podría ser punible al amparo del derecho positivo. El caso paradigmático es la Ley 52/2007, de 26 de diciembre, por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura. Como es sabido, en España se le conoce de manera coloquial como “Ley de la Memoria Histórica”, y ha resultado un desastre, no sólo por abrir heridas ya cicatrizadas, sino porque es sectaria y violatoria a las libertades de investigación científica, cátedra, pensamiento y expresión, entre otras. El pensamiento único, in génere, ha empatado con lo que se conoce como «corrección política», la cual posee un canon incuestionable, no obstante, su abierta oposición a la verdad. La hazaña cortesiana fue una de las más grandes piezas de un todo: la evangelización del Nuevo mundo emprendida por el Imperio español. Pero a esa realidad, se le ha opuesto, prácticamente desde el siglo XVI, la llamada «Leyenda negra antiespañola», a la que ya volveremos.

La segunda corriente contraria a la verdad sobre la Conquista de México, va de la mano con el pensamiento único, y es el indigenismo. De manera muy general, diremos que se trata de una idealización por determinados enfoques culturales y  etnográficos, de las sociedades precolombinas. Esta ideología, parte de la premisa planteada en la teoría del buen salvaje de Rousseau. De manera muy general, diremos que consiste en considerar que el ser humano, en un estado de naturaleza pre social, gozaba de condición de bondad –que no empata con la de carácter ontológico–. Esa condición se ve afectada con la constitución de la propiedad privada, siendo ésta, la causa de conflictos entre los individuos. Ante tales luchas, los hombres se vieron en la necesidad de celebrar un contrato social cuya finalidad es la convivencia pacífica. Sobre este planteamiento, se forjó el constitucionalismo moderno, causa eficiente, a su vez, de las revoluciones burguesas y liberales. No hay que perder de vista que el desprecio a la propiedad privada tuvo otras derivas: el socialismo y el marxismo. Pero, a la luz de determinadas corrientes antropológico-culturales –que, curiosamente, han surgido en los Estados Unidos de América, donde se dio un verdadero genocidio de los nativos– se buscan reivindicar identidades prehispánicas en oposición al influjo católico, particularmente el portado por el Imperio español.

Ambos ingredientes son las coordenadas ideológicas para que determinados gobiernos hispanoamericanos –en especial los integrados en el Foro de São
Paulo– condenen la incorporación y civilización española en los actuales estados de Bolivia, Venezuela, Cuba, Nicaragua, Guatemala y Ecuador. De manera reciente, esta tendencia se expande en la propia España, México y Chile.  Las condenas son frívolas, demagogas y sensibleras, por lo que no perderemos el tiempo con ellas. Sin embargo, sus efectos han sido nocivos, como fue el caso de la conmemoración de la empresa cortesiana en México hace 500 años. Muchos foros universitarios fueron cancelados y los pocos eventos que se llevaron a cabo, carecieron de la publicidad suficiente.

Hasta aquí, tenemos ya elementos para contextualizar la figura de Santiago Mataindios. Pero hace falta una precisión más y la necesidad de recuperar el término y sentido de la Reconquista en la historia de España. De manera muy general, Julio Valdeón Baruque explica lo siguiente: “El término reconquista ha sido utilizado tradicionalmente por la historiografía para referirse al proceso llevado a cabo por los núcleos cristianos de la Península Ibérica, entre comienzos del siglo VIII y finales del XV, para cavar con el poder musulmán. Dicho proceso se consideraba basado tanto en argumentos religiosos, la lucha contra los infieles, como jurídicos, pues los reyes cristianos decían ser legítimos herederos de la fenecida monarquía visigoda”.[1]

@LaReconquistaD


[1] VALDEÓN BARUQUE, Julio, voz “Reconquista” en ALVAR EZQUERRA, Jaime (coord.), Diccionario de historia de España, ISTMO, Madrid 2001, p. 513. Es interesante la postura de Gustavo Bueno: “Ahora bien, el “ortograma imperial”, como expresión de un proyecto unitario que suponemos (etic) actuando oscuramente en el concepto de “Reconquista”, solo podría aplicarse al Reino de Castilla-León (más exactamente de los pactos entre el Reino Central y los Reinos que lo flanqueaban). No solamente por motivos de génesis, a través de la Monarquía Asturiana: el título de Príncipe de Asturias (Enrique III de Castilla fue el primero en recibirlo en 1388), por ejemplo, se utilizará para determinar al heredero de la Corona porque encarnaba las tradiciones más antiguas de la Corona de León y Castilla, como continuadora de la Monarquía de los Alfonsos y para revindicar la mayor antigüedad, a través de su supuesta estirpe visigoda, entre las monarquías de Occidente (el Príncipe de Asturias podría ser considerado, al menos en el protocolo, como anterior al Príncipe de Gales). También por motivos de estructura: al Reino de Castilla le correspondían más de los dos tercios, en población y territorios, peninsulares; y, además, su posición estratégica era privilegiada: una posición central, frente a la posición lateral, de los Reinos litorales mediterráneos y atlánticos.

Y, si es cierto que cada Reino mantiene su independencia relativa, en su área de influencia, respecto del Islam, también es verdad que la Corona de Castilla mantiene un estatuto especial en lo que a la representación de la unidad de España se refiere. Un buen ejemplo podríamos encontrarlo en la batalla de las Navas de Tolosa, tras la que fue destrozado el ejército almohade. Por mucho que se encarezca la cooperación de los diversos Reinos peninsulares no puede pasarse por alto que la batalla la dirigió Alfonso VIII, el Emperador; y que fue su ejército quien, el día 17 de julio de 1212, ocupó el centro del triángulo (cuya vanguardia estaba mandada por Don Diego López de Haro) que avanzaba contra los almohades, dispuestos en formación de media luna: el ala derecha avanzaba a las órdenes del Rey de Navarra, Sancho VII el Fuerte, y el ala izquierda, a las órdenes del Rey de Aragón, Pedro II.” BUENO, Gustavo, Constitución (systasis) de España como sociedad política / Historia de España: Ortograma Imperial / Unidad / Identidad. En: http://www.filosofia.org/filomat/df739.htm

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