Columna de La Reconquista | “¿Qué familia y sociedad queremos?”

Espero no sorprenderle, señor lector, si afirmo de inicio y taxativamente que la primera punta de lanza para la recuperación de una sociedad auténticamente justa, humanitaria y pacífica es la revalorización del matrimonio y la familia, que son los espacios privilegiados para el cultivo de altos valores humanos y espirituales, santuarios de la humanidad donde se genera y desarrolla la vida humana. Ya desde el bíblico Génesis incluso encontramos referencias hermosas sobre el proyecto que Dios tuvo desde el inicio de la humanidad

Aunque a algunas personas les «chirríe» la palabra, y vayan a tildar a su servidor con toda clase de calificativos poco gratos, quiero hacer hincapié en que, en el relato yahvista, la mujer no es sacada de la tierra, sino del cuerpo del varón. La palabra hebrea tsela’ –usada por el texto sagrado– puede designar la “costilla”, el “costado” o el “flanco” o “lado completo” del hombre (su “otra mitad”). Pero lo importante es que esa imagen expresa sobre todo la ayuda y complementariedad adecuada y mutua.

Se explica así el misterio de la unión entre hombre y mujer y la unidad perfecta que acontece en el amor. Ese sueño profundo de Adán, más que una especie de «anestesia quirúrgica», fue un “sueño espiritual”, donde él mismo queda “cortado a la mitad”. En el sueño de Adán, Dios le reveló a la mujer como su otra mitad, su igual, trazando la imagen de la “alianza matrimonial”.

Sin embargo el judaísmo, basado en Dt 24,1-4, aceptaba el repudio cuando “se descubre en la mujer algo vergonzoso”, y admitía el divorcio. En tiempos de Jesús dos escuelas rabínicas (Hillel y Shammai) discutían sólo acerca de los motivos de ese. La de Hillel aceptaba desde causas fútiles –como el que la mujer dejara quemar la comida–, hasta los que tipificaba como “atentados a la moral”. La escuela de Shammai, en cambio, sólo aceptaba el adulterio como motivo de divorcio (causal que ha desaparecido ya de múltiples Códigos Civiles, especialmente desde la vigencia del llamado «divorcio exprés», más correctamente «divorcio incausado» –que tampoco deja de extrañarme, puesto que el matrimonio es un contrato bilateral, que considero no puede romperse de manera unilateral, pero eso es harina de otro costal…–).

De cualquier modo, cierto es que se trataba de una situación muy desafortunada para la mujer y para el proyecto primigenio para el matrimonio y la familia. Se podría proceder al divorcio de forma rápida mediante el pago establecido en el contrato matrimonial, concediendo el libelo de repudio. En el caso de que un hombre careciera de solvencia económica y, para “resarcirlo” del inconveniente de soportar una mujer en la que había descubierto algo vergonzoso”, se le podía incluso consentir llevar a casa otra mujer. Así se propiciaban prácticas polígamas. Muy lamentable era la situación por esas interpretaciones de la Ley, pero Jesucristo no se dejó envolver en tales triquiñuelas.

En relación a aquella “concesión” de Moisés, Jesús precisa que lo que ellos interpretaban como un «logro» o «benevolencia», en realidad era un terrible testimonio contra ellos mismos, porque se mostraban incapaces de vivir el amor en la relación hombre-mujer, como Dios lo hace en la alianza con su pueblo. El texto designa eso con el término griego “sklerokardía” (“kardía” = corazón, “sclerosis” = “dureza”), la “dureza del corazón”.

La concesión del Deuteronomio tiene como raíz esa “dureza del corazón” del pueblo del Antiguo Testamento, Israel. Es la obstinación de un pueblo pertinaz que no quiere escuchar ni obedecer a Dios, como denuncia el propio Salmo 81: “Pero mi pueblo no escuchó mi voz, Israel no me quiso obedecer, por eso los abandoné en la dureza de su corazón, para que caminaran según sus propios designios”. También Jeremías habla de la “dureza del corazón perverso” y exhorta a volverse a Dios, pero ellos no escucharon ni prestaron el oído, sino que procedieron según la dureza de su propio corazón”. Claro, cualquier parecido con la realidad de 30 siglos después es, seguramente, “coincidencia”…

Por supuesto, amable lector, esta columna no es una “catequesis”, pero sirve de antecedente perfecto para analizar la institución del matrimonio y su involución actual a cualquier tipo de “unión”, “convivencia”, “ayuntamiento”, o como gusten llamarlo. Lo anterior se inscribe en un contexto de terrible obstinación, ante la que Moisés se ve forzado a introducir una clausula en la Ley, que contraviene el proyecto original del Creador desde el inicio de la humanidad. Él quería evitar un mal mayor, la injusticia y arbitrariedad de los hombres cegados por el egoísmo. La pretendida “conquista” de la que se jactaban algunos, desde tiempos de Moisés, por esa concesión, no es sino resultado de la obstinación para no seguir el proyecto original de Dios. Era la dureza del corazón de un pueblo obstinado que se cierra a los designios divinos (¿le recuerda, quizá, a algunos pueblos conocidos, o a otros corazones endurecidos?).

Es precisamente la “dureza del corazón humano”, la que genera intereses mezquinos y egoístas y que hoy sigue amenazando y destruyendo el proyecto natural del matrimonio. Es la “dureza del corazón” de una sociedad ciega que esgrime argumentos de pretendida libertad y autodeterminación, pero que encierran ideologías materialistas y hedonistas, relativistas y puramente egoístas. Es por esa “dureza” que se atenta contra los valores fundamentales y sagrados del matrimonio, la familia y la vida, argumentando que se trata de “conquistas” de la libertad. Es la “dureza del corazón” de parejas que, pretendiendo “vivir mejor”, se dejan arrastrar por los espejismos del placer y del confort, cayendo en el egoísmo mezquino, que cierra el espacio a la generosidad. Es la “dureza del corazón” de muchos jóvenes, que, imbuidos de la cultura del “usar y tirar”, no son capaces de asumir compromisos duraderos y prefieren vivir en «unión libre» o miran la separación como la solución fácil de los problemas, en vez de enfrentarlos con madurez.

Es también, sin duda alguna, la “dureza del corazón” de los medios de comunicación, que por intereses económicos mezquinos, sin escrúpulos, destruyen los valores esenciales y hasta hacen apología del delito. Es la “dureza del corazón” de aquellos que buscan confundir, llamando “matrimonio” a la unión antinatural de parejas, o que pervierten y destruyen el espacio sagrado del matrimonio y la genuina familia.

En los tiempos actuales (y desde hace varias décadas) estamos presenciando especialmente la “sklerokardía”, la “dureza del corazón”, de legisladores y gobernantes, a quienes no les importa el valor sagrado de la vida. Promueven y aprueban leyes que destruyen la vida desde sus inicios y hasta en su final natural, y propician que corra sangre inocente que clama al cielo, llamando “interrupción legal” a quitar la vida a un ser indefenso. Más aún, llaman “conquista” y “ejercicio de derechos” a los signos y síntomas de una sociedad decadente y enferma, que propicia la destrucción de los valores más elementales y va generando una cultura de muerte.

Pero también, por desgracia, ignorancia y falta de interés –que no es otra cosa que egoísmo puro y duro– hay “dureza del corazón” en muchos cristianos católicos que viendo pasivamente y en la total indiferencia el deterioro del tejido social y la destrucción de las familias y de los hogares, no dan testimonio de lo que somos y creemos. Muchos de nosotros padecemos también sklerokardía, cuando somos incapaces de testimoniar las enseñanza de Jesús y expresar con firmeza nuestras convicciones.

El Divino Maestro, superando todo legalismo, lleva la cuestión al inicio de todo, para reencontrar el proyecto original. El punto crucial para él no es la legitimidad o ilegitimidad de un “libelo de repudio”, sino la proclamación gozosa del amor de su Padre por nosotros. Nos toca testimoniar esa verdad, navegando contra corriente, en medio de procelosas aguas y corrientes que amenazan con destruir los valores fundamentales, como el matrimonio, la familia y la vida. Nos toca renovar y revitalizar nuestras convicciones y adhesión absoluta y total a nuestra fe, con firmeza y devoción, aunque el camino sea difícil –¿recuerda usted aquello de que “contigo, pan y cebolla”? Sería tildado de “masoquismo” por la ideología imperante, y no como donación plena de amor–.

Es legítima la separación por causas graves, y el propio Catecismo de la Iglesia Católica y la ley lo reconocen, aun cuando no fuere lo deseable, porque se enfrenta y confronta con lo que es el amor matrimonial como lo describe el Apóstol Pablo, “comprensivo y servicial, que no presume ni se engríe, no lleva cuentas de la injusticia sino que goza con la verdad, cree sin límites, perdona sin límites, espera sin límites…”.

Al parecer, esto es algo que nuestra sociedad, dispuesta a quitar a Dios para imponer al hombre en su lugar –no es nuevo, ya la Revolución Francesa lo hizo, y previamente la Reforma protestante, aunque la “guinda del pastel” la puso Nietzsche con su “Dios ha muerto, viva el superhombre”– quiere seguir enmendando la plana a quien es omnisciente, omnipotente y verídico. Así nos luce el pelo, así la crisis familiar, la casi inexistente natalidad, el abandono de la práctica religiosa por considerarla “muy dura” (¡como si al Cielo se subiese en colchón de plumas, siendo el camino estrecho y angosto, como recuerdan Tomás Moore y el Evangelio!).

Hemos de reflexionar en nuestras familias, nuestra fe y nuestra coherencia. Sin familia, célula de la sociedad –no importa qué “beneficios” se dé a la inmigración, o qué leyes aberrantes se promulguen–, ésta, en palabras de Aristóteles, “se degrada, se corrompe y muere”. Así de sencillo. Por lo tanto, más humildad, comprensión, respeto y diálogo, confianza, fe y amor, y un poco menos de ego, placer y búsqueda de lo fácil… O nos iremos todos “al garete” (por no señalar otras ubicaciones que los Novísimos reseñan).

@LaReconquistaD

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