Columna de La Reconquista | ¿Por qué (nos) quieren gobernar?

Sin duda, el título no pretende recordar esa letrilla popular de finales del siglo XIX que hacía alusión a la regencia de María Cristina, no. Más bien, señor lector, el propósito es reflexionar acerca de qué tiene el poder (identificado, en este sentido, con el «gobierno» para fines prácticos), que, pese a lo ingrato que resulta (dicen los políticos) el constante estira-afloja de las negociaciones, las opiniones, la exposición pública, la incomprensión social, las crisis económicas, etcétera, todos quieren detentarlo. Sin duda, algunos lo desean ejercer con propósitos muy honestos y en una línea de plena coherencia con sus principios y valores para el auténtico bien común, si bien otros vemos que no dudan en cambiar de principios, partidos y formaciones (coloquialmente diríamos que “hasta vendiendo a su madre”).

Aunque faltan todavía bastantes meses para las elecciones generales en nuestro país, ya se han “destapado” los procesos para impulsar veladas candidaturas a las altísimas responsabilidades legislativas y ejecutivas, así como con miras a la conformación de un gabinete; estos “procedimientos” hoy se realizan en forma de declaraciones fogosas, descalificaciones inicuas y, para variar, jugosas sentencias judiciales de por medio a favor o en contra de diferentes integrantes de los partidos políticos por cargos de fraude, abuso de poder, negligencia, cohecho, etcétera, y cuanto más se acerque el momento permitido por las leyes electorales, con despliegues inusitados de propaganda, carteles, pancartas, correos (físicos y electrónicos), visitas, giras, recorridos y, especialmente, promesas. Muchas promesas. Incontables promesas…  ¡Cuánto desearía que existiese una ley que obligara a los políticos a cumplir las promesas realizadas en campaña so pena de desafuero, inhabilitación y cárcel por la traición que implica mentir a la soberanía popular!

A pesar de la larga lista de problemas existentes con los que tenemos que lidiar día a día, como la legislación abusiva, los precios exorbitados, la violencia incontrolada (deje usted que si cometida por nacionales o por extranjeros), la economía inconsistente (con una inflación hasta los cielos, el desempleo en tasas críticas, las pensiones agotadas, los recursos naturales esquilmados…), la educación degradada (o pervertida, si prefiere, gracias a una malhadada falacia que denominan “ideología de género”, junto con la abominación por la objetividad histórica, el conocimiento que abate la ignorancia en la que se ceban los demagogos, etcétera), una presunta «pandemia» recurrente (con más cepas y variaciones que bodega vinatera)… A pesar, decía, de todo lo anterior, hay muchos que anhelan llegar a los más altos puestos a nivel local o nacional. ¿Qué les mueve, cuál es su motivación? ¿Por qué luchan para ser nominados y votados? ¿Por qué pelean entre sí como perros salvajes por un hueso?

Cada vez que escucho entrevistas a candidatos a los diferentes puestos de elección, considero que no se desarrolla lo suficiente la pregunta “del millón”: ¿por qué aspiran a esos puestos? Ciertamente, en ocasiones todos hemos escuchado la típica y tópica respuesta (¡muy bien aprendida, con encomiable memoria de cotorro de las Indias!): “Me mueve el deseo de servir, de hacer algo por la sociedad”. ¡Magnífica respuesta! ¡Ojalá que así fuera siempre y en todos los casos! Pero, ¡oh fatalidad!, con frecuencia bajo esas hermosas palabras se esconden otros intereses más obscuros –da igual si personales, partidistas o de élite o conciliábulo dirigido por alguien externo–, y no es fácil que la mayoría del pueblo discierna quién tiene una vocación auténtica de servidor público y quién es sólo un demagogo oportunista y populista, pocas veces con buenas intenciones (y, desde luego, sin la capacidad para ser un político cabal, como puede usted corroborar leyendo la lista de diputados y senadores del Reino, junto con sus curricula vitae, sus estudios, experiencia profesional, servicio público, etcétera).

En algunos lugares allende los océanos que a su servidor le ha tocado visitar por cuestiones académicas, recuerdo haber conocido casos de poblaciones y comunidades –muchas veces indígenas– donde la asamblea de pobladores elige a alguien para un cargo de servicio público sin que esta persona se haya postulado o realizado propaganda alguna. He visto maravillado (lo reconozco sin ambages) cómo el pueblo –ese pueblo que tildamos a veces de “inculto”, “poco desarrollado”, “anclado en el pasado”, etcétera– se fija, valora y pondera los servicios que una persona ha dado a través de su vida, y lo obliga a aceptar un cargo (que siempre es no remunerado), aunque el nominado se resista. Es un servicio que le pide el pueblo. No es que él ande prometiendo nada a nadie, ni ofreciendo su capacidad y disponibilidad para que voten por él. Donde esta costumbre se ha conservado, creo que podemos encontrar un bello ejemplo de política, un servicio a la comunidad –aunque no sea del todo legítimo ni justo obligar a alguien a aceptar un cargo, ciertamente–. Sin embargo, esto no es lo habitual, puesto que, generalmente, lo que interesa en este «primer mundo», tan civilizado, globalista, resiliente, ecosostenible, multidiverso y pluricultural es ganar y mandar.

Desde luego, cierto es que “algo tendrá el poder, que todos quieren llegar a él”, como reza el aforismo. Pero si ese «algo» es el deseo de servir (y no de “servirse”), ¡qué magnífica y loable ambición es la del servicio a través de los poderes públicos! Si ese «algo» está fundado en los valores, en la vida, en el respeto, en la obediencia irrestricta a la ley justa, ¡qué meritorio es querer detentar el poder, por el bien de todos los ciudadanos y habitantes!  Ahora bien, si ese «algo» no se considera un medio para hacer el bien sino un fin en sí mismo, ¡qué despreciable y vacío ha de ser el corazón que lo pretende! Si ese «algo» solo es ego, orgullo, prepotencia y deseo de mando, ¡qué deleznable persona, qué aborrecible ser, qué amoral y antinatural humano será quien aspira a convertirse en “capataz” de sus semejantes!

Si, como escribió Heródoto, “la Historia es maestra de la vida” –la Historia, con mayúsculas, la objetiva, auténtica, neutral, real, no la proveniente de leyes ilegítimas ni memorias abusivas–, tenemos abundantes ejemplos de gobernantes sabios, sacrificados, coherentes con sus principios, fe y valores, admirables en sus vidas privadas y públicas (que no sé por qué todo el mundo quiere separar una cosa de otra, como si pudiese en una moneda separarse el anverso de su reverso, pero es otro tema…), personas ínclitas, heroicas, firmes, tenaces, ¡auténticas!, que han dado mente, corazón y alma al servicio de la Patria que veneraron y de los compatriotas que en ella vivieron. No daré, amable lector, nombres de tales gobernantes, ni de edades pretéritas ni de épocas recientes, para que sea usted quien pondere y juzgue qué características tuvieron los siervos fieles del país de antaño, y pueda compararlas con las de los hodiernos viles traidores e infieles monigotes, sátrapas, caciques y dictadorzuelos que nos gobiernan… y quieren seguir gobernándonos.

Por supuesto, señor lector, como siempre la decisión recae en el pueblo soberano, según el sistema constitucional y electoral que tenemos (aunque incluya la muy cuestionable ley d’Hont de representación proporcional por lista más votada), y no me duelen prendas en afirmar que no vamos a cambiar de amos (¡perdón!, de gobernantes quise decir) hasta que “toquemos fondo”. Ruego que no sea demasiado tarde para corregir, reconstruir, dignificar y reparar tantos daños y vidas, que han ofrecido en nombre de los impuros nuevos “dioses” climáticos, genéricos, hipersexualizados, globales y ecológicos. Espero que se una usted a este deseo, y también ofrezca su voto razonado a quien más lo merezca en verdad, dignidad e intención firme.  

@CondestableDe

@LaReconquistaD

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