Columna de La Reconquista | “Otra mirada al «terrorismo» actual”

Todos nos preguntamos dónde está el #ChepasRata, y aún cuando pareciera que su desaparición es meramente un retiro de actividad política en la práctica, no hay que obviar que tenía una misión paralela cuando tuvo su periodo vacacional venezolano: unificar todos los grupos extremos de izquierda (Foro de Sao Paolo y Grupo de Puebla), separatistas, terroristas, Black Live Matters, grupos anti-sistema, antifas de toda índole, tras la oficialización que tuvo con Nicolás Maduro y Hugo Chávez, para repetirlo en un inicio en España, y propagarlo por la Unión Europea… Suena maquiavélico, conspiratorio o paranoico, pero… ver venir, porque lo mismo dijimos del Sars-CoV-2, de la mano de los creadores, productores y editores del N.O.M. (Nuevo Orden Mundial), sus verdaderos jefes…

Y se preguntará usted, amable lector, a dónde quiere llegar esta exposición, tratando de terrorismo. Y es que, haciendo memoria, pareciera que nos hemos olvidado de la ETA, de Miguel Ángel Blanco, y normalizado su brazo político (por poner un ejemplo cualquiera). ¡Qué actual, y en cuántas maneras se da el terrorismo! Así, creo que todos entenderemos que el fenómeno globalista abarca el terrorismo, o, si lo prefiere, el terrorismo es globalista. ¡Pobres de nosotros!

Cambiemos de latitud: el pasado 19 de junio fueron asesinados en los límites de los municipios fronterizos de Río Bravo y Reynosa (estado de Tamaulipas, México) 15 personas civiles, inocentes que, como todo parece indicar, no tenían vínculos con la delincuencia. Esta noticia ha conmocionado al país, ya de por sí tan azotado por el flagelo de la violencia (México, claro, porque en España, como nos sucede con tantas otras noticias funestas, ni en cuenta). Ante esta realidad que ha rebasado las fronteras de lo imaginario, muchos se han preguntado si ese hecho tiene que ser entendido sólo como un acto más de lo que realiza el crimen organizado o es una “acción terrorista” propiamente dicha. Por eso, necesitamos preguntarnos: “¿qué es el “terrorismo?”, “¿cuáles son sus características, sus alcances y sus consecuencias?”.

¿Qué es el terrorismo?

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua ofrece algunas definiciones:

1. Dominación por el terror.

2. Sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror.

3. Actuación criminal de bandas organizadas que reiteradamente y, por lo común de modo indiscriminado, pretenden crear alarma social con fines políticos.

El término “terrorismo” es de suyo complicado, pues abarca toda una serie de situaciones, permeadas por la violencia en alto grado, capaces de infundir miedo y provocar crisis entre personas, que no están directamente involucradas en los conflictos. Existen muchas formas de terrorismo –que incluyen, además de asesinatos con armas, atentados con materiales químicos, biológicos, radiactivos, nucleares y explosivos–.

Aunado a lo anterior, y terminando con las etimologías, no está de más recordar que el vocablo «terror» proviene del latín «terror» o «terroris», «deima – deimatos» en griego. Según la mitología, Ares, dios de la guerra, tuvo dos hijos: Fobos (Miedo) y Deimos  (Terror). Muy ad hoc

En realidad no existe una definición única de la palabra “terrorismo”. Tiene fuertes connotaciones políticas y posee elevada carga emocional y esto dificulta consensuar una definición precisa. Nicolás Maquiavelo afirmaba en su clásico libro “El Príncipe”  (1532) que «es más seguro ser temido que ser amado». Esta lamentable idea se ha difundido y permeado no sólo el llamado “terrorismo de Estado” –cuando las autoridades públicas buscan aterrorizar a la población–, sino también cuando ciertos grupos –es igual que se trate de diferentes Cárteles, Maras o el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), este último de gira turística y propagandística en España y Francia la pasada semana– intentan dominar e imponer su ley, a base de fuerza y violencia.

Un poco de historia sobre el terrorismo

La palabra «terrorismo» (así como “terrorista” y “aterrorizar”) apareció por primera vez durante la Revolución Francesa  (entre 1789-1799, aproximadamente), cuando el gobierno jacobino encabezado por Maximilien Robespierre encarcelaba o incluso ejecutaba a los opositores, sin respetar las garantías del debido proceso. De este modo, el “Terrorismo de Estado” antecede al llamado “terrorismo ciudadano”. El terror, como arma política de parte de los ciudadanos, apareció en Rusia, en la segunda mitad del siglo XIX, entre algunos grupos opositores al régimen zarista, tomando como inspiración el “terrorismo de Estado” de la Revolución francesa. Varios libros se publicaron al respecto, entre ellos el de Leon Trotsky, Terrorismo y comunismo, de 1905.

El concepto actual de «terrorismo» se acuñó en los Estados Unidos (y no en la vieja Europa), en el marco de la Doctrina de Seguridad Nacional,  desarrollada en la Escuela de las Américas. Ésta hizo patente que existen relaciones estrechas entre el terrorismo efectuado por ciudadanos y el llamado «terrorismo de Estado». Muchas veces el uno intenta justificar al otro… Es globalista…

El flagelo que representan las distintas formas de terrorismo

El “terrorismo” usa sistemáticamente el terror, para coaccionar, tanto a sociedades como a gobiernos. Posee una amplia gama de organizaciones que intentan imponer sus objetivos a base de infundir miedo, a través de la violencia, además de que constituye una de las amenazas más graves para la paz y seguridad internacionales, así como supone una de las mayores violaciones de los derechos humanos y las libertades fundamentales, de los principios fundamentales de la democracia y del papel del Estado de Derecho.

En las últimas décadas las sociedades latinoamericanas han sido víctimas del terrorismo como uno de los peores flagelos, mucho más que en el Reino de España (aun por dolorosa y odiosa que sea la comparación). Sin duda alguna, ciertamente la violencia ha existido en la historia prácticamente ab initiosi no gusta usted recordar el asesinato de Abel a manos de su hermano Caín (de ahí las posiciones cainitas tan en boga), están las teorías de Oppenheimer y Gumplovitz, altamente clarificadoras: la guerra es el motor del avance del mundo, casi afirmándola como un «bien deseable», al estilo heraclíteo, mediante conquistas, guerras, etcétera– con sus más variadas formas de expresión y crueldad. Sin embargo, el terrorismo actual se constituye tanto en los ámbitos nacionales como internacionales, como en una vía abierta a todo acto degradantemente intimidatorio, sin el mínimo escrúpulo ni preocupación moral alguna.

Los fines pretendidos por esta forma de «guerra no convencional» pueden tener distintos fines –políticos, sociales, culturales, incluso religiosos–, pero en todos los casos busca siempre la toma del poder a través de un medio totalmente ilícito e inhumano. Por dichas causas el mundo se ve sacudido diariamente con noticias de atentados donde pierde la vida gente inocente y totalmente ajena a esos conflictos y a los intereses que los mueven, sean los que fueren.

El fenómeno del terrorismo es una de las formas de violencia más difíciles de contener debido a que su amplio e indeterminado campo de acción. Se caracteriza por su violencia indiscriminada e involucra a víctimas que no tienen nada que ver con los conflictos causantes del acto terrorista. Es impredecible, ya que actúa por sorpresa, creando incertidumbre, infundiendo miedo y paralizando. Su inmoralidad, produce dolor, sufrimiento y lágrimas, golpea las áreas más vulnerables y deja una sensación de impotencia e indefensión.

En las últimas décadas las sociedades en muchas partes del mundo han sido víctimas del terrorismo, como uno de los peores flagelos. Diversas organizaciones, en distintas geografías, especialmente en Asia, en Medio Oriente, pero también en África, en América y en Europa –¿olvidamos Irlanda con el IRA previa al Sinn Féin o España con la ETA previa a Geroa Bai, Bildu, etcétera?–, siembran terror entre la población como método para implantar su preponderancia y buscar sus intereses y objetivos.

El problema más álgido que enfrenta por el momento la sociedad de la entera América Latina tiene que ver más con diversos grupos criminales asociados al narcotráfico. Hasta hace poco tiempo, estos grupos se enfrentaban entre sí y, hasta cierto punto, respetaban a la población que no se involucraba con ellos. Sin embargo, ya reiteradas ocasiones sus ataques han sido directos a personas que nada tienen que ver con los conflictos en sí mismo, como ocurrió en agosto de 2011 en México en el Casino Royale de Monterrey, o la liberación del hijo del Joaquín Guzmán Loera, del Cártel de Sinaloa, en octubre de 2019 –tras la amenaza de atentar contra la población– o los incontables secuestros de personas para ser forzadas a formar parte de las filas de los grupos criminales. En estos y otros muchos casos semejantes, aparecen elementos que son claramente de índole terrorista. En esa misma tesitura se ubica la matanza de las 15 personas en Tamaulipas, anunciada en el incipit de esta columna. La forma de actuar de los criminales no puede dejar de ser tipificada como un acto terrorista, aunque esto, por desgracia pueda tener consecuencias de diversos tipos.

Los que creemos en el Dios de la vida, no podemos aceptar que sigan las luchas fratricidas, ni que se siga derramando sangra inocente, que clama a Dios. Nos toca orar y trabajar incansablemente en favor de la vida y de la paz. Tampoco podemos aceptar discursos que intenten justificar esas barbaries o simplemente pasar por alto algo tan grave, ni permitir en manera alguna el terrorismo, de la índole que fuere. El Señor nos podría preguntar, como a Caín: “¿Dónde está tu hermano?” (Gén 2,9). Será momento expectante la espera para escuchar qué responderemos cada quien, #ChepasRata incluido…

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