Columna de La Reconquista | “Ni santos ni inocentes, pero sí borregos”

Como bien recuerda usted, señor lector, la festividad que hoy se recuerda litúrgicamente, la matanza de los Santos Inocentes que realizó “valientemente” el rey Herodes en busca de Cristo recién nacido, dio pie a la tradición de gastar en este día las “inocentadas” –digamos que bromas jocosas, para sorprender al incauto “inocente” que se las cree–. Sin embargo, nada habrá en esta columna, dilecto amigo, que sea “inocentada”.

Y es que para “pecar” de inocencia, creo que ya estamos algo “pasaditos”. Esa inocencia, la carencia de culpabilidad –como jurídicamente se presume a toda persona hasta que se demuestre lo contrario– es hoy en día una culposa ingenuidad. La ingenuidad se define como esa sinceridad, candor y falta de doblez de quien actúa sin tener en cuenta la posible maldad de una persona o la complejidad de una situación… Aunque muchos pudieran considerar como sinónimos ambos términos, no considero que podamos tratarlos como tales, al tenor de las circunstancias que nos rodean.

Vamos a ver. Si dice el refrán (y lo dice) que “tanto peca el que mata la vaca como el que le agarra la pata”, poca inocencia podremos alegar, aun acudiendo al desconocimiento –muy usado como tentativa de atenuante, si bien se nos enseña en Derecho que “el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento”, fíjese usted–, que algunos llaman “inadvertencia” (no estar advertidos de algo). Pues, discúlpeme, pero hemos estado advertidos desde mucho tiempo antes de que los males que entrañan los regímenes socialistas, comunistas y totalitaristas son realidades palpables (¿preguntamos a los pobladores de antiguas naciones sometidas a esos yugos, a ver si opinan que eran una bondad de gobiernos?). No podemos, ni usted ni yo, lavarnos las manos (estilo Pilato, ya ve que hoy mi pluma está muy bíblica), y alegar que no sabíamos, no entendíamos, no nos avisó nadie…

La conciencia, señores míos, es el mayor detector de injusticias, inmoralidades, maldades y tropelías que pueda haber en el mundo. Claro, suponiendo que esa conciencia esté bien formada, no sea laxa ni escrupulosa, se haya preocupado por conocer, saber y discernir. Y es la conciencia la que nos dice que ninguno somos inocentes –sea por acción, omisión o comisión, sea por pensamiento, palabra u obra– de los males que aquejan a nuestra Patria (o a nuestro mundo, puesto que todo reflejo tiene un espejo). Todo por un falso sentir de “obediencia debida”, “escudo social”, “salud”, “inmunidad de rebaño” –aunque afirmo que sí está conseguido lo de “rebaño”, es inconcuso–.

Porque, ¿no habíamos sido educados en valores, que muchas veces hemos desechado so pretexto de “anticuados”, “retrógrados”, “intransigentes” o por el miedo al “qué dirán”? ¿No hemos tenido a nuestro alcance ejemplos vivientes de felonía, mentira, amenaza, traición y sedición, que abarcan desde los más altos cargos políticos que lo promueven hasta los más nimios personajillos que los aplican, desde las más linajudas instituciones hasta las más prosaicas asociaciones que actúan bailando al son de una comparsa a la que solo le interesa su bienestar (no el de usted, sino el suyo propio?

No somos inocentes, no. Hemos permitido, por cobardía, silencio, “buenismo” o cierto apocamiento bajo nombre de “tolerancia” o “respeto”, que España sea hazmerreír de todo tipo de seguidores de “ideologías” perversas, contrarias a la vida, al honor, a la verdad, a la justicia, a la libertad. Hemos abandonado la defensa de su honor, su grandeza, su historia, sus tradiciones, su fe y cultura. Como mucho, elevamos tímidas voces pacatas, rápidamente silenciadas por lo “políticamente” correcto, por lo socialmente imperante –me da igual que sean “buzones inclusivos”, “fiscalidad de género”, “sostenibilidad pecuaria” o “resiliencia activa”, puesto que todo ello es el mismo puerco revuelto en el mismo fango de la misma tendencia: estate quieto y callado, que te irá mejor–.

Y, si no somos inocentes, menos aún seremos “santos”. No me detendré en la filología, dilecto lector, para no aburrirle, pero la santidad, la sacralidad, la bienaventuranza, no es otra cosa que la felicidad. ¿Qué felicidad tenemos hoy? ¿La falsa felicidad del dependiente del dinero, que vende a su madre o a su patria o prostituye sus valores, juramentos y creencias, con tal de medrar, o de que al menos no le quiten lo que cree tener? ¿La ficticia felicidad de quien se aferra al placer, al cuerpo, a los apetitos más libidinosos, porque “comamos y bebamos que mañana moriremos”? Lo dijo el Aquinate: “Tristis est animal post coitum” (para qué le traduzco), pero todo ello, en definitiva, es pasajero. Porque quien no siembra bien, no puede cosechar bien (o, por seguir con el castizo Refranero, “quien siembra vientos, cosecha tempestades”, pura verdad). La auténtica felicidad solo puede provenir del bien realizado, del deber cumplido cabalmente –no automáticamente o por imposición que fuerce la conciencia–, de aquello que, en definitiva, nace del bien, persigue un bien y alcanza un bien. El resto… son excusas para “justificar” actos o deseos no del todo rectos.

Si bien ruego que mantengamos la inocencia interna y externa, en cuerpo y alma, para ser hallados “justos” (lo más posible) ante el Todopoderoso, con la misma intensidad suplico que las vendas, bozales y tapones de la falsa “ingenuidad” caigan de nuestros ojos, labios y oídos, para alcanzar la felicidad y el bien… o la santidad, si lo prefiere. Yo sí. De lo contrario, seremos borregos, cuando debemos ser leones.

@LaReconquistaD

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