Columna de La Reconquista | “Necesitamos otro país, con Dios presente”

Lo afirmo rotundamente y taxativamente, amable lector. Sin pudor alguno me confieso creyente, católico –aunque sea muy cuesta arriba seguir llevando la Cruz de la que hasta las jerarquías parecen escandalizarse y dejar a un lado–, y católico practicante –pese a iglesias vacías, clérigos cobardes e hipócritas (y muchos otros verdaderamente entregados y ejemplos a seguir), conventos desacralizados y vocaciones casi inexistentes–. ¿Por qué habría de avergonzarme de ello? Las propias palabras del Divino Maestro dicen muy claro que “si alguien se avergüenza de Mí y de mis palabras en medio de esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él (…)” (Mc. 8,38). ¡Basta ya de falsas vergüenzas o pudores raros, por miedo a ese espantoso “qué dirán”, propio de las almas y conciencias timoratas, pacatas y tibias! O somos auténticos, o –perdóneme usted– somos hipócritas, tibios, «basura» que no se atreve ni osa defender lo más sagrado… 

Incluso hay quienes alegan que somos un país laico –lo que es falso, porque la Constitución Española reconoce en su artículo 16.3 la aconfesionalidad del Estado– y manifiestan que, por tanto, Dios nada tiene que ver en nuestras realidades sociales, políticas, educativas, culturales, económicas, deportivas, informativas, etcétera. Claro, por supuesto que son muchos los que quisieran que todo lo religioso quedase encerrado en las sacristías y en los templos, o que, por ejemplo, en el caso del aborto y la eutanasia, la fe cristiana no interfiriera con lo que “libremente” –con comillas, porque no es «libertad» sino «libertinaje» el abuso de tal facultad– decidan las mujeres y las autoridades civiles, como si Dios no existiera, con frases tan blasfemas e ignorantes como «sacad vuestros rosarios de nuestros ovarios» ¡No han descubierto a Dios! ¡No conocen a Jesucristo! Si lo conociesen en verdad, ¡otro gallo cantaría, otras serían sus actitudes! Dios quiere el bien y la felicidad de todos, y para ello nos enseña un camino, pero nos creó libres, y jamás nos coacciona…

En mi muy personal opinión, es muy triste que legisladores que se dicen «creyentes» no tomen en cuenta los mandamientos de Dios, sino sólo sus propios intereses personales o las consignas que les llegan desde las cúpulas dirigentes de sus partidos políticos –les preocupa mucho más mantener su sueldo público, su estatus social, su «liderazgo»–. En un país mayoritariamente creyente, parece que Dios está ausente en la vida pública oficial, y “siniestros” personajes quisieran eliminar su nombre hasta de los callejeros y todo tipo de monumentos –como está siendo el constante derribo de cruces por todo lo ancho de la geografía, y así lo escribí en una pasada columna:

Por otro lado, contrasta que muchos delincuentes –mayores o menores–, extorsionadores, ladrones, asesinos, secuestradores, violadores, corruptos, etcétera, se consideren creyentes en Dios y devotos de la Virgen María y de los Santos. Algunos portan en sus cuellos y pulseras un escapulario, una medalla o una cruz, e incluso piden los Santos Sacramentos para sus hijos; sin embargo, sus comportamientos son totalmente contrarios a la verdadera fe. ¿Qué sentido tiene su religiosidad? Si adherirse a Dios implica guardar sus mandamientos, que se centran en el amor a Él y a los prójimos, y esas personas se dedican a perjudicar a medio mundo, su práctica religiosa no es la que Dios quiere, sino la que le repugna. Quien de veras cree en Dios, se esfuerza por darle a Él su lugar y hacer el bien a los demás, nunca el mal.

Aunado a lo anterior, amable lector, me aterra pensar que la bíblica tentación del Génesis que presenta la serpiente –ese “seréis como dioses” (Gén. 3,5)– es cada vez una realidad más presente –que desde el nietzscheano grito de “¡Dios ha muerto! ¡Viva el Superhombre!” estaba ya subyacente en las filosofías de los siglos XIX y XX–, despreciando la ley natural, la legitimidad y la dignidad humana, mediante la creación de todo tipo de «ideologías» aberrantes y proliferación de la «inteligencia artificial» o el transhumanismo que conlleva un posthumanismo descarnado e inhumano. ¡Todo es válido para seres sin conciencia, moral ni dignidad, con tal de hacer desaparecer el hondo sentir, creer y actuar según los preceptos naturales y divinos!

Reitero que aunque según los censos en el Reino de España aún somos mayoría los que nos consideramos seguidores de Jesucristo –católicos, evangélicos, pentecostales, etcétera–, sin embargo, crece el número de quienes se declaran «creyentes que van por la libre», sin adscripción a una determinada confesión. Lo más preocupante es que aumentan los que se dicen «sin religión». Algunos, porque están decepcionados de nuestras iglesias. Otros, porque no tuvieron unos padres que les ofrecieran la luz del Evangelio. Y a muchos porque les es más cómodo y fácil sentirse esos “dioses” que mencionaba en el párrafo anterior, quieren ser ellos el criterio último y definitivo de sus decisiones y actitudes, haciendo a un lado a sus padres, a las autoridades, a los maestros y la experiencia de la historia.

¡No tenemos que dejar que nos desprecien, puesto que tenemos mucho que aportar desde la fe para construir una sociedad más fraterna y justa! De nosotros dependen muchas cosas, empezando por la familia, que es el primer motor de auténtico cambio y verdadero progreso. Ciertamente, no son pocos quienes quisieran eliminar todo lo que huela a «Iglesia», «religión» o «fe» en la historia de la católica España, o sólo resaltan lo negativo de la jerarquía eclesial –que es en verdad innegable–, pero no toman en cuenta todo lo positivo que hubo y que hay, como aportación al bien social e integral del país. Sin duda, hay sombras, pero también luces que no se pueden ocultar y negar.

He de reconocer que quien suscribe ha criticado mucho el clericalismo, máxime cuando sacerdotes y obispos acaparan la pastoral y no promueven una participación más plena de laicos en los procesos eclesiales, ni se preocupan en demasía de su formación religiosa, ni de la defensa de los símbolos de la religiosidad y un amplio etcétera, como si ellos fuesen los únicos que han recibido al Espíritu Santo y los demás no fuéramos miembros vivos del Cuerpo que es la Iglesia. Considero que quienes somos bautizados, hemos también de cuestionarnos qué podemos hacer, a nivel personal, familiar, parroquial, nacional, etcétera, para acompañar los momentos históricos que vive nuestro País, nuestro pueblo fiel, fervoroso y sincero, para estar cerca de los dolores y sufrimientos de nuestros hermanos compatriotas (y extranjeros, claro está), y seguir construyendo juntos la historia, a partir de la familia y la sociedad. ¡Todos tenemos algo que aportar al bien! ¡Pero no nos quedemos en quejas y lamentos estériles! Ya ven que en Polonia se construyen iglesias, no se derriban o desacralizan… ¿no podemos imitar eso?

Quienes nos reconocemos y confesamos creyentes en Dios, hemos de esforzarnos en ser obedientes a sus mandatos, y por tanto, respetuosos de los demás, preocupados fraternal y solidariamente por quienes sufren, comprometidos en que nuestra amada Patria camine por sendas de justicia y de paz, de progreso y bienestar para todos. Hemos de procurar, verdaderamente, evitar cuanto les cause algún mal, y al mismo tiempo llevar la delantera en ser buenos ciudadanos. Eso sí, difícil nos lo ponen, desde las jerarquías eclesiásticas hasta las leyes positivas promulgadas políticamente, pero… “nadie sube al Cielo en colchón de plumas”, así que sigamos cargando la Cruz, mientras vamos “a Dios rogando y con el mazo dando”“El que tenga oídos para oír…”.

@LaReconquistaD

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