Columna de La Reconquista | “¿Nada nuevo bajo el sol?”

De seguro, mi estimado lector, que ha escuchado usted en alguna ocasión esa afirmación: “No hay nada nuevo bajo el sol” (la traducción un poco libre del versículo bíblico del Eclesiastés I, 10: “Nihil novum sub sole”), y nos referimos a este dicho cuando queremos expresar la idea de que todo se repite, que es cíclico, o que un determinado hecho no aporta nada novedoso a la experiencia; todo permanece constante. En el uso coloquial habitual que hacemos de la frase significa que aquello que se creía una novedad, ya estaba inventado, ideado, dicho o hecho. ¡Vamos, que no se descubre el hilo negro!

En una anterior columna (“¡Ni lo compre… Progresismo no es progreso!”) me detuve breves líneas a detallar que el auténtico progreso busca el bien de todos, mientras que el progresismo es la corriente ideológica que pretende imponer avances al precio que sea –avances legítimos o no, naturales o artificiales, buenos o malos, puesto que para la ciencia en sí (afirman tales Judas) no «hay» (dicen) “moral” ni “ética” alguna (de lo que dudo ampliamente, puesto que desde el juramento médico hipocrático hasta los códigos deontológicos de todas las profesiones y quehaceres existen unas normas mínimas de obligatorio cumplimiento)–.

Hoy no pretendo centrarme en eso, sino dar una visualización panorámica a nuestro mundo. ¿Qué tenemos? ¿Qué encontramos hoy que no estuviese antes? ¿Nos sorprenden los actos de violación de la libertad individual, los derechos subjetivos y objetivos? Desde que el ser humano es tal, siempre algún semejante ha intentado abusar de su albedrío –teológicamente, dirían que ese es el “pecado original”, por la desobediencia a los mandatos divinos cometiendo tal abuso–. ¿Nos extraña la corrupción, la pasividad, la enfermedad, la guerra, la muerte, el dolor, el sufrimiento? Pues no es que sean los jinetes del Apocalipsis –todavía–, pero han estado presentes también a lo largo de la historia, y lo estarán, puesto que no son parte de un «transhumanismo» o «posthumanismo», sino de la propia naturaleza, la mayor fuente de legitimidad.  

Autores “zurdos” como Oppenheimer afirman: “El Estado encuentra su nacimiento en la guerra, es en su origen una organización social impuesta por un grupo vencedor a su grupo vencido, con los objetivos de reglamentar su dominación, imponiéndose a todo, tanto a lo interno como en lo externo”. A mi juicio, no es posible que éste haya sido el origen del Estado, por el simple hecho de la imposición –llamada «guerra»– no ha surgido del Estado. En ese caso, ¿quién surge como tal? ¿El vencedor? Si existe ya como Estado, su origen fue otra causa; ¿el vencido? Simplemente no le va a ser permitido, salvo en una guerra de independencia.

En efecto, a través de las guerras de independencia, en donde los pueblos colonizados se “sacudieron el yugo” de sus metrópolis, surgieron –nacieron, si prefiere– como Estados. Igualito a los movimientos que presuntos «separatistas del imperialismo español» quieren realizar –me es indiferente si un presunto «país catalán», un supuesto «país vasco» o una ilusoria conformación del «país gallego»–… Y apelan al Convenio 169 de la OIT (Organización Internacional del Trabajo) como supuesto “fundamento” de una “justa” reivindicación «anticolonialista e independentista»… Bueno, pueden tomar ideas de sus “primos segundos”, sus conocidos talibanes, porque ya de Afganistán a “Españistán” parece faltar un burka de distancia… Lo que sí han aprendido muy bien –y desconozco de dónde, excepto de la corrupción de la que habla Cicerón en Las Leyes– es a cobrar sabrosamente un salario, devengado a costa del «Estado represor, ladrón, corrupto e injusto»… Si tuviesen un mínimo de coherencia, renunciarían a tales percepciones, pero bien sabemos que la hipocresía y la incongruencia van de la manita…

Otro “simpático” autor, llamado Gumplowicz –seguramente antecesor ideológico de las alimañas actuales que gobiernan, por la apatía, desencanto y dejadez de nosotros, ciudadanos, el Reino de España– señala que “la civilización es consecuencia de las luchas sociales. Todos los Estados han surgido de conquistas sangrientas”. Para Marx –le ruego perdón, dilecto lector, por citar tan nefasto nombre–, en la lucha de clases está presente un proceso de lucha social que moldea, rectifica o destruye la organización política llamada «Estado».

Por su parte, otros dos “siniestros” autores, Morgan y Engels, se pronuncian en el sentido de grupos de explotadores en contra de los explotados; esto ha generado emancipación económica, social y política para los primeros, pero para los segundos se revierte (es decir, aumenta la explotación, la opresión, la pobreza en todo). Como resultado de las luchas sociales sangrientas se combatió al Estado Absolutista (Revolución Francesa, Revolución de Octubre), el cual, al desaparecer al triunfo de los sectores sociales revolucionarios, se extinguió y dio nacimiento al Estado Liberal.

¿Y por qué, seguramente, mi estimado lector, todo lo anterior sobre el origen violento del estado? Porque la violencia se mantendrá siempre cuando el respeto cobija bajo el manto de la tolerancia el mal. No es frase mía, señor lector, sino de Thomas Mann –literalmente: “La tolerancia es un crimen cuando lo que se tolera es el mal”–. ¿Qué toleramos? Ideologías de división, separación, discriminación, odio, intolerancia… ¿Qué es el mal permitido ahora? Las anteriores ideología mencionadas, sumándole las consecuencias lógicas de los dislates de la ineficacia, insipiencia e inutilidad gubernamental, como causa y efecto, o acción y reacción: pobreza, impuestos, colas del hambre, falta de viviendas, falta de empleo o precariedad en el mismo, improvisación en la sanidad pública… Siga usted sumando

Cierto es que no hay nada nuevo… Ha sucedido. Sucede. Seguirá sucediendo. ¿Cómo es posible? Ha sucedido, y la Historia nos lo enseña; sucede, por la política ideologizada; seguirá sucediendo, porque estamos muy ocupados en «olvidar el pasado» proyectando un «idílico futuro» –agendas hasta 2030, 2040, 2050…–. ¡Necios somos! Aquel que olvida la historia está condenado a repetirla, tanto en sus hitos como en las aberraciones (reflexión atribuida por unos al poeta y filósofo estadounidense de origen español, Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana y Borrás, y por otros al abogado, periodista, político, estadista argentino y Presidente de Argentina entre 1874 y 1880, Nicolás Avellaneda). Mucha ley sobre «memoria histórica» o «memoria democrática» o como quieran llamarle, pero los infames ocultan que se trata de un proceso de “lavado de cerebro” para lograr la «desmemoria histórica», con la perversa finalidad de que nos sintamos culpables hasta de nuestro pasado colectivo, de nuestros logros conjuntos, de nuestra identidad nacional, de la grandeza y luces de nuestra amada Patria –también algunas sombras, sin duda alguna, las hay–, en nombre de ilusiones, especulaciones, demagogia y aborregamiento popular…

¡Cómo duele! Yo soy, como usted, estimado lector, parte de este pueblo. Espero ser de la parte que no olvida, y no de los aborregados y silentes ovinos, pero… no por ello deja de doler. Y como no hay nada nuevo bajo este Sol, solo me queda elevar votos al Altísimo (porque apelar a la inteligencia política, la prudencia y los valores sociales ante los ungulados de poltrona azul y sus compinches es una pérdida de tiempo) para que nos conceda que no se repita la historia, que no deje que sucumbamos a la tensión y crispación «guerracivilista», porque, conociendo el gen celtíbero, cuando nos montamos en la mula, no hay quien nos baje… más que muertos. Aprendamos. Exijamos mantener la verdad –¡es también uno de los derechos que tenemos! ¿o solo nos acordamos de los derechos económicos e ideológicos?–, y preparémonos para que quienes transitan por esas sendas no solo liberticidas sino «hispanicidas» puedan ver su error… antes de que sea demasiado tarde.

Le dejo una frase más para su reflexión, esta vez de George Orwell, el autor de “1984”: “Y cuando ya todos aceptaban la mentira impuesta por el partido –cuando todos decían lo mismo–, entonces la mentira se introdujo en la historia y se hizo verdad” (George Orwell, 1984).

@LaReconquistaD

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