Columna de La Reconquista | Nada de educación, pero sí adoctrinamiento (Parte II)

Habíamos reflexionado, señor lector, la pasada semana, acerca del nauseabundo Real Decreto aprobado por el más “de-gobierno” que pretende la eliminación de la materia de Filosofía en la Educación Secundaria Obligatoria (ESO). La filosofía, como reflexión crítica, llega siempre a la conclusión de que es mejor saber que no se sabe que creer que se sabe sin saber (justo lo contrario a lo que los “comités de expertos”, “asesores” y “ministros” de tan aberrante coalición gubernamental reconoce y practica). Es decir, resulta mejor que conozcamos los límites de nuestro conocimiento (porque jugar a ser “Dios”, pese a muchas intentonas de “asaltar el Cielo”, jamás funcionará a pérfida mente alguna). Y ésta es también la tarea de la filosofía. El método socrático (sí, el de Sócrates, el famoso filósofo ateniense) no consistía en ir dando lecciones a los demás, sino en ir despertándoles al desconocimiento de cosas que creían saber.

La persona común, como usted y yo, amable lector, cree que conoce por dónde se mueve y qué es el mundo en que se encuentra, pero en realidad no tiene las claves de ese mundo, quizá porque no las podamos tener (muchas son las convergencias de “planificaciones de élites”, “agendas progresistas” y desvergüenzas absolutas), o quizá  porque el conocimiento de esas claves nos lleve toda la vida (en algunos temas, máxime de índole especulativa, porque conocer el quid del aumento recaudatorio, de la voracidad impositiva y del gasto desmesurado lleva poco tiempo para quien posee dos dedos de frente). Y saber qué es la libertad, los valores, la vida, la belleza, y la defensa de todo ello, es, en realidad, nuestra tarea, la tarea de ir enriqueciendo nuestra experiencia, nuestra autopercepción como seres humanos y así transmitirlo a las próximas generaciones (si es que quedan, con tanto aborto, eutanasia, suicidio juvenil, desempleo, confusión o «disforia de género» y tantas dolorosas realidades legislativas).

El filósofo alemán Hegel convocó a los lectores en una de sus obras a “pensar la vida”. Esa es la tarea: pensar la vida, pensar qué significa estar con vida para un ser humano que se sabe mortal. Todos sabemos, más o menos, qué es la vida. A un cierto nivel (teórico o práctico), todos sabemos lo que es engendrar, lo que es enfermar, lo que es trabajar, lo que es ganar dinero o morir –perdón, quizás habremos de excluir del “trabajar” a esa recua de ganapanes políticos que en su vida han dado “palo al agua”, coloquialmente hablando–. Pero lo que pide Hegel se refiere a qué podemos pensar de todo eso. Si yo sé que me pasan cosas como «nacer», «envejecer», «enamorarme», «trabajar», etcétera, quizá me pasará también «morir», por improbable que parezca, pero ¿qué tengo yo que pensar de todas esas cosas? Esa es la pregunta que hace la filosofía.

Sabemos lo que es vivir, porque de hecho estamos ya viviendo, pero ¿qué significa realmente vivir? Note usted que la pregunta filosófica se distingue de la del científico y también de la del poeta. El científico se coloca en el exterior del objeto que estudia. Me explico: si alguien escribe un libro de química o de matemáticas, lo escribe desde fuera. Es decir, el libro no se escribe como una experiencia personal, no se describen cosas tal y como se han sentido personalmente, sino que, al contrario, el científico se borra a sí mismo como sujeto y cuenta todo desde una tercera persona impersonal. No hay un sujeto que palpite detrás de esa visión de las cosas. En la ciencia el sujeto desaparee y el objeto queda convertido en la primera persona. Es la objetividad la que ocupa el escenario –y eso es lo único que quieren las actuales leyes educativas, reducirnos a máquinas sin reflexión, ejecutores aborregados y autómatas sumisos–.

Frente a eso, en el polo opuesto, el poeta lo que ofrece es su sentimiento, lo que ofrece es su experiencia, lo que siente de la vida, lo que experimenta más o menos ciegamente. Entonces, mientras que al científico en su objetividad podemos discutirle, es absurdo discutir con un poeta. Cuando Federico García Lorca escribió: «Pasa el jinete tocando el tambor del llano», sería inútil preguntarle: «Oiga, D. Federico, ¿y por qué el jinete va con un tambor y no con una trompeta, y qué es eso de que va tocando?». O sea, se trata de algo que en cierta medida funciona como un chiste (o lo entiendes o no lo entiendes), pero no se trata de algo que se pueda explicar.

En cuanto a la filosofía, está a medio camino entre esas dos formas de pensamiento. El filósofo –el que reflexiona la sabiduría– aspira a la objetividad, lo mismo que el científico, es decir, aspira a una visión respecto de la cual otro pueda hacer preguntas. De hecho, los diálogos platónicos, que inician la filosofía, están hechos de preguntas y respuestas. Sin embargo, tratándose de la filosofía el sujeto no desaparece. La filosofía no es mera objetividad, sino una objetividad narrada desde un sujeto. La filosofía también da cuenta del papel que tiene el sujeto dentro de una visión de las cosas.

De modo que en la filosofía hay esa combinación. Tiene parte de la ciencia, en cuanto aspira a la objetividad, pero, por otra parte, el sujeto nunca desaparece. Es decir, lo que el filósofo cuenta no es la experiencia del mundo misma, sino la experiencia de un ser humano que está en el mundo de una manera determinada –ni somos “tecnócratas” a sueldo, ni somos “sentimentalistas” fanáticos y adoctrinados–.

A mi humilde opinión, señor lector, el problema de la filosofía es exige una condición de diálogo y de palabra entre los humanos. No es una revelación. No es el sabio zen o el maestro hindú que de pronto lanza una frase incomprensible –como un “perrosánchez” cualquiera– que a los demás no queda más remedio que acatar o rechazar –aunque haya axiomas, tanto lógicos como morales, que sean absolutos–. Al contrario, al filósofo siempre se le puede preguntar por qué ha dicho esto o lo otro. Y, de hecho, el filósofo, si tiene un mínimo de honradez, reconoce la obligación no de ser enigmático, sino de explicar el porqué de sus planteamientos y de soportar el bombardeo inquisitorial de quien le está haciendo preguntas para averiguar por qué dice lo que dice. El filósofo no puede cerrarse y bloquear la posibilidad del diálogo (que proviene de la reflexión y la crítica).

Tratándose de la filosofía, no vale aquella actitud, referida en una anécdota por Bertrand Russell, de un maestro hindú, que preludiaba la New Age, y que fue a Oxford y dio una conferencia ante un público ávido de revelar los secretos del universo que él pretendía conocer. Ese maestro dijo: “El mundo está apoyado sobre el lomo de un gigantesco elefante y este elefante apoya sus patas sobre la concha de una inmensa tortuga”. Ante lo cual una señora que estaba en el público pidió la palabra para preguntar: “¿Y la tortuga?” “La tortuga se apoya sobre la espalda de una monstruosa araña”, dijo el maestro. Y la señora, implacable, preguntó ahora: “¿Y la araña?” “La araña se apoya sobre una monstruosa roca”. Naturalmente, la señora insistió: “¿Y la roca?”. Y entonces el maestro dijo: “Mire, señora, hay rocas hasta abajo”.

En ese episodio el filósofo es la señora, puesto que las preguntas que hacía eran las preguntas filosóficas. Lo que ella quería decir es que no puede contarse algo cuyas fuentes no se explican –algo así como si pretendieran contarnos una presunta enfermedad sin que se hayan analizado, diagnosticado, pronosticado y evaluado los efectos de la misma y de su cura–. Si el conferenciante hubiera sido un poeta interesado en narrar en una poesía como veía el mundo, entonces no hay problema. Él podría hablar del elefante, de la tortuga y de todo lo demás, y tendríamos que aceptar las licencias poéticas que utiliza. Pero si el que habla dice que está haciendo filosofía, entonces tiene que explicar por qué la araña estaba allí y no en otro lugar, y dónde se apoyaba ella y dónde se apoyaba todo lo que no se apoyaba en la araña –¿visiona usted a nuestros jóvenes en este plan “inquisitivo”?, si lo que les interesa muchas veces es solo el dinero que se les va a dar, con quién van a salir y qué fiestas tendrán…–.

Lo anterior quiere decir que la filosofía no puede negarse a dar cuenta de lo que dice, a pesar de que lo vasto y asombroso de su proyecto desborda evidentemente todo lo que un ser humano puede alcanzar. Porque ¿cómo un simple mamífero puede comprender el Universo? El proyecto de la filosofía es excesivo y de ahí entonces que, desde un comienzo, el filósofo sea un personaje risible –y algo trágico, la verdad–. Desde la historia que protagonizó Tales de Mileto, el primer filósofo –al menos del que tenemos noticia, si bien todo ser humano lleva ínsito en su naturaleza el cuestionarse–, que cayó a un pozo mientras caminaba mirando las estrellas y provocó la risa de su criada. Desde ese incidente, los filósofos siempre han sido, o hemos sido –aunque su servidor no se considera filósofo, sino profesor de filosofía– unos personajes cómicos que pretenden alcanzar nada menos que el conocimiento de las preguntas cuya respuesta resolvería el enigma del mundo, contando para ello con la pequeñez de los medios que cada uno de nosotros tiene para contestar esas preguntas.

Pero esa comicidad, esa especie de sonrisa que despierta la ambición del filósofo –que, por lo demás, nunca logra colmar–, es, por otra parte, la propia ambición del empeño humano, es decir, del intento de los seres humanos que no podemos vivir la vida sin cuestionarnos. Porque una vida sin cuestionamientos no merece la pena de ser vivida. Y me refiero a observar la vida no para una cuestión práctica, no para resolver nada en concreto, sino simplemente para ver qué es, cómo es, en qué consiste, y en dar razones de esa realidad. Justo lo que no hace –ni puede hacer, ni hará– la desvergüenza irreflexiva de las autoridades educativas.

(Continuará…)

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