Columna de La Reconquista | Nada de educación, pero sí adoctrinamiento (Parte I)

El Real Decreto aprobado el día de ayer por el más nefasto “gobierno” de la historia del Reino de España acaba de dar la puntilla al pensamiento crítico y su desarrollo, con la eliminación de la materia de Filosofía en la Educación Secundaria Obligatoria (ESO), por no profundizar en el resto de aberraciones académicas que especifica tan abyecto Real Decreto, como la supresión del aprendizaje cronológico de la historia, el «sentido socio-afectivo» de las Matemáticas, contenidos abundantes de «memoria democrática», «ecofeminismo», «ideología de género con énfasis en los derechos LGTBIQ+», etcétera.

Permítame, amable lector, centrarme en el primero de los puntos: el gobierno “ha suicidado” la materia que más puede ayudar a forjar un pensamiento crítico –puesto que eso es la Filosofía, al fin y al cabo, aunque algunos lerdos ignorantes la quieran reducir a la “historia de las doctrinas filosóficas” (que sería como comparar una orquesta sinfónica con la esquila de un bovino), pero… así nos “luce” el pelo–. No es mi intención aburrir a usted, mas debo recordarle que toda definición simplifica y reduce a caricatura lo definido, siempre mucho más complejo. No otra cosa ocurre con la filosofía. En su concepción más simple –muy simple, casi al alcance de cualquier mente normal–, la Filosofía es una reflexión crítica, acerca de los fundamentos, los métodos y las perspectivas cuanto nos rodea y lo que somos y hacemos.

Aunque nos cueste trabajo reconocerlo, en la medida en que nuestro poco o mucho saber, y en medio de duros o suaves haceres, nuestros anhelos y expectativas, la filosofía deviene así a ser la autoconciencia crítica de una cultura en un momento histórico dado. Por ello, ante el desprestigio que ha sufrido y el olvido ante el que es relegada, la filosofía es una actividad que agudiza tanto la capacidad crítica del hombre, o lo que es igual, su capacidad de habérselas reflexivamente con el mundo, de clarificarse sus propios condicionamientos y los objetivos que dan sentido a su conducta y, en concreto, a sus conocimientos, como su capacidad autocrítica.

Habría, pues, que hablar –como bien sabía Kant– más del «filosofar» que de la «filosofía», puesto que el imaginario popular sobre la filosofía nos presenta una serie más o menos interminable de teorías incomprensibles para los “mortales”, y no recuerda la realidad subyacente: pensar, reflexionar, admirarse, discernir, contrastar, elegir y actuar.  Por ello nunca se ha de olvidar que la filosofía ha dado de sí a lo largo de los siglos aportaciones sin las que nuestra vida, pensamiento y cultura serían las que son, de manera especialísima –sin duda alguna– los resultados de la secular búsqueda filosófica de lo justo y de lo bueno, lo verdadero, lo bello.

Pero hoy la filosofía tiene las horas contadas…

Hay una innegable fuerza actuante –sin ambages, todo ese “nuevo orden mundial” o todas las corrientes “siniestras”, “zurdas”, “izquierdistas” o “izquierdosas”, llámense como gusten– que tiene mucha prisa por obligarnos a creer que lo importante es la rentabilidad de nuestros esfuerzos y no que reflexionemos en la pregunta acerca de quiénes somos, a dónde vamos, qué sentido tiene nuestro ser y actuar. Sin embargo, en algún momento tenemos que afrontar la vida sin una mentalidad puramente instrumental. Hay ocasiones en que es importante saber para qué estamos haciendo nuestros esfuerzos, nuestro trabajo, nuestro empeño, y eso es lo que nos relaciona con lo que somos.

En una novela de Salvador de Madariaga había un personaje andaluz que cada vez que alguien hacía proyectos y propuestas, decía: «y too pa’qué». Sin duda, señor lector, todos nosotros sentimos también la necesidad de esa pregunta. Cuando uno se apresura y se entrega a actividades de diverso tipo, siempre hay momentos en que uno se pregunta: «y todo esto, ¿para qué?». Es decir, ¿para qué queremos conquistar el mundo si de alguna manera no tenemos claro todavía ni lo que somos ni lo que hace verdaderamente que algo sea importante para nosotros?

Hay una anécdota famosa, que fue luego glosada en un libro de Simone de Beauvoir, acerca de un filósofo cínico que vivió largo tiempo en la Corte del rey Pirro. Pirro, que era un conquistador, una especie de Alejandro de los persas, estaba constantemente haciendo planes de invasión y de conquista. Un día llegó donde el filósofo, quién se encontraba tumbado a la sombra de un árbol en el jardín del palacio, y  le dijo: “He hecho un plan y mañana mismo salgo con mi ejército. Vamos a cruzar el estrecho y a conquistar toda Grecia, todo el Peloponeso”. A lo cual respondió el filósofo: “Muy bien, ¿y después qué?”. “Después continuaremos adelante, hacia Italia”, respondió Pirro. “¿Y después?”, interrogó nuevamente su interlocutor. “Pues seguiremos y procuraremos llegar hasta el final del mundo”. “Bueno, muy bien, ¿y después?”. “Bueno, ya después habré conquistado todo el mundo”. “¿Y entonces qué?”, volvió a preguntar el filósofo. Y dijo Pirro: “Entonces podré descansar”. Ante lo cual el filósofo concluyó: “Bueno, si de lo que se trata es de descansar, ¿por qué no te sientas aquí conmigo bajo este árbol y empezamos directamente, sin tanto trajín?”.

En el fondo, en nuestra vida a veces nos ocurre algo parecido, o sea, que nos concentramos tanto en los proyectos que perdemos de vista la reflexión acerca de aquello que haría necesarios o meritorios tales proyectos. Esto quiere decir que si no sabemos lo que somos, muy seguramente todos los esfuerzos que estamos haciendo en un momento dado se queden en el vacío.

Nuestro ineficaz y vacuo «sistema educativo» forma personas atareadas, poco eficaces, quizá llenas de conocimientos puntuales –desde la «energía verde», «feminismo», hedonismo, filias y fobias, hasta la «modernidad líquida», la «monomarentalidad» y cosas igualmente “chulis” al tenor del pensamiento, tan profundo como un charco, del “des-gobierno de coalición” actual– pero la mayoría de las veces, por desgracia, forja personas incapaces de una reflexión general acerca de su propia condición, de su propio ser humano, del vínculo que las une con los demás seres humanos, del sentido que tiene la comunidad humana sobre la tierra. Y estos son, precisamente, los temas que la filosofía ha desarrollado a lo largo de los milenios de su existencia, para “fallecer” ahora (seguro que la culpa es de la guerra en Ucrania, de Putin, del virus tal o cual)…

(Continuará…)

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