Columna de La Reconquista | “Muerte, vida y derecho (y Parte III)”

Finalizando, estimado y amable lector, la columna que en tres entregas he ido realizando sobre este tema tan duro, difícil y controversial, es menester presentar unas conclusiones una vez que hemos visto juntos los conceptos –lenitiva, agónica, etcétera–, historia y desarrollo de la «eutanasia», el deber médico –no sólo el juramento hipocrático, que es meramente formulario– y la auténtica dignidad del ser humano, basada en la naturaleza, sin disfraces ideológicos ni matices partidistas.

En mi muy humilde opinión, le presento, para su juicio y ponderación, las siguientes reflexiones que considero concordes con el espíritu de la ley –que no olvida su origen y legitimidad–, con la dignidad humana –desde el mismo inicio de la vida en el momento de la concepción hasta su extinción natural– y la teleología del ser humano –o sea, la aspiración que la persona tiene siempre, en toda época y lugar, de ser feliz–.

  • Ningún ser humano debe ser privado o privarse de su vida, ya que tiene deberes que cumplir para consigo mismo y para con la sociedad. Aun cuando se encuentre en tal estado en que le sea imposible cumplir con tales deberes –ya que diría el «progrerío» que se ha transformado en una carga tanto para sí mismo como para la sociedad–, e incluso estando sin esperanzas de recuperación, nunca existe justificación para poner fin a su existencia –ya sea por su propia cuenta o con la ayuda de terceros–.
  • Es un principio de Derecho y de justicia que ante la posibilidad de producción de un mal, siempre debe elegirse el mal menor, pese a que suene, en cierto modo, “utilitarista” y “cosificador”. Dicen los mismos “siniestros” autores de la vigente Ley de Eutanasia que en caso de una enfermedad terminal, la prolongación del sufrimiento es un mal mayor que al procurarse una  muerte inmediata y sin dolor, que de todas maneras pronto sobrevendría. Es falso. El mal menor no es la eutanasia, puesto que tal cosa no es sino deshumanización, ya que para tal circunstancia están los cuidados paliativos hasta la extinción natural, donde no sufre el enfermo terminal (ni se da oportunidad a que alguien cometa una abominación).
  • Afirman igualmente algunos osados que resulta inhumano prolongar la existencia de un paciente terminal cuando éste ya no desea continuarla, y una inyección pondría fin a su lamentable estado, sin dolor. Nuevamente se juega con la percepción, el sentimiento y la manipulación, ya que la lógica nos dicta que algo que no es mío en propiedad absoluta (puesto que yo no me he dado la vida a mí mismo) no queda a mi libre disposición (como de manera capciosa expone el entimema).
  • Recordemos, señor lector, que, si bien es cierto que la libertad es un derecho del ser humano –más aún, es una facultad inherente a su naturaleza–, y que éste no debe ser restringido si no se produce un conflicto con los derechos de los demás, el poner fin a la vida por sí mismo o con ayuda de terceros en caso de una enfermedad terminal, no pertenece al derecho a la libertad, sino al abuso de la misma, pues “cosifica” a la persona, haciéndola un medio y no un fin, tratándola como “objeto de muerte” en vez de “sujeto de vida” (hasta que llegue el tránsito, que a todos nos tocará).
  • La «eutanasia voluntaria positiva» –ya ve usted que acuñan conceptos increíbles desde este “des-gobierno” sin conciencia ni corazón– afirman que es un acto de “delicadeza” para con la familia y la sociedad, ya que dicen que el enfermo terminal decide no seguir siendo “oneroso” para ellos, prolongando su enfermedad, con los consiguientes costos. Para ello, además, afirman con insólita desvergüenza que es mejor liberar los escasos recursos médicos y financieros para que se empleen en curar a aquellas personas que pueden llevar una vida útil. Es aberrante. Ahora ya la dignidad y la vida humana queda sujeta por la ideología y el “derecho” –que está muy torcido, puesto que al ser “injusto” se invalida a sí mismo legítimamente– a su tiempo de “utilidad”, como si fuese la duración de unas pilas o la fecha de caducidad de la lata de sardinas.
  • Quienes creemos en un Ser Superior, transcendente, consideramos que éste nos dio la vida, y también el libre albedrío para conducirla en busca del bien propio y de nuestros semejantes, para alcanzar nuestra finalidad, la felicidad. Somos hijos de Dios, y Él, como cualquier padre humano, no desearía ver sufrir innecesariamente a un hijo, sin posibilidades de recuperación. Pero ello no significa en absoluto que poner fin a una vida en estado terminal sea buscar ni realizar la voluntad de Dios, que siempre es de vida y felicidad, pese a las cruces y sinsabores del camino, que es, en definitiva, “un valle de lágrimas”…
  • La tradición cultural y jurídica del mundo occidental se ha manifestado en contra de la eutanasia y el suicidio, considerando que Dios es el único dueño de la vida de los hombres, siendo éstos sólo administradores de las mismas. Así como el ser humano no puede decidir sobre el comienzo de su existencia, tampoco puede determinar su final. ¿Tan difícil de entender es ello para las mentes “siniestras” de ideologías de muerte? Claro que lo es… porque solo buscan sus fines ideológicos, pero no el bien mayor –ni el de la persona ni el de la sociedad–.

No. No me “cuela” esa ley. Imposible sustentarla bajo un régimen de Sistema Internacional de los Derechos Humanos –salvo incurriendo en el absurdo, como lo están haciendo, hablando del supuesto «derecho a una muerte digna»–. Además de las razones ya expuestas, tampoco podemos obviar que existen posibilidades muy reales de abusos, dado que puede utilizarse la eutanasia como un medio de quitar la vida a personas adultas o cuasi seniles que ocasionen gastos o trastornos familiares –y que nadie diga que se escandaliza por ello, puesto que con esos toros ya hemos lidiado, si me permiten la taurina expresión–.

No olvidemos, estimado señor lector, que hasta el siglo VI a. C, el médico cumplía una  doble función: una era la de curar al enfermo, la otra la de matar. En el siglo VI a. C.,  Hipócrates realiza una contribución a la medicina que pervive en la historia, como ya lo hemos analizado, y que lo convierte en el “Padre de la Medicina”: El juramento hipocrático inserta en primer lugar el principio primordial: no hacer daño, no dañar –lo que, como principio general del Derecho se recuerda como el alterum non ladere, no dañar al otro–.  Dicho juramento fue prestado durante siglos por los médicos al graduarse, y en muchísimos países siguen haciéndolo… pero son palabras vacías para un demasiado extenso número de “profesionales” de la “salud”…

Actualmente, con la legalización del aborto, de la eutanasia, de leyes transgénero y otras de la misma calaña y catadura moral, dicho juramento queda sin sustento alguno, y produce una regresión en la función del médico a las primitivas etapas que precedieron a Hipócrates, puesto que tal enseñaba principalmente que: “No daré una droga mortal a nadie, aun cuando me lo solicitaren, ni sugeriré este efecto”. ¿Cómo les queda el ojo? Igualmente, el Código Internacional de Deontología traduce a un lenguaje “actual” las expresiones del juramento hipocrático, conservando el espíritu de sus preceptos, al decir: “guardaré máximo respeto hacia la vida humana desde el momento de su concepción».

Suficiente. Las incoherencias, incongruencias y abusos son notorios, palpables y actuales. ¿No exigiremos el respeto a nuestra dignidad y derecho a la vida? ¿No queremos reaccionar? Entonces sí, quizá merezcan algunos –o muchos– ser candidatos a la aplicación de leyes que claman al Cielo…

@LaReconquistaD

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