Columna de La Reconquista | “Muerte, vida y derecho (Parte II)”

Imagen titulada “Salvemos a los niños”, cortesía del diseñador gráfico y artista GRAPHIC NIN-J.A. 2020 para “La Reconquista”

En continuación con la columna de ayer, mi estimado señor lector, me permito llamar la atención de usted a este tema tan crucial, aunque a veces se sienta (y nos sintamos, en verdad) “saturados” e incluso “hartos” de estos temas en los que parece que nuestra opinión no es tomada en cuenta para la decisión que los que presuntamente nos “representan” en el Poder Legislativo actúen según los auténticos intereses de la sociedad: el bien, la vida, la justicia, el respeto, la dignidad.

Siguiendo con la exposición iniciada, amable lector, le recuerdo que la eutanasia ha sido utilizada a través de la historia con diferentes modalidades y fines. Baste con recordar el modelo social de la antigua Esparta –que, basado casi exclusivamente en la fortaleza corporal, imponía la necesidad de desechar a quienes adolecían de alguna deformidad física–. A nivel teórico, nos encontramos con diversas justificaciones de la eutanasia a través del pensamiento clásico. Ya Platón, en su diálogo La República, escribió: “Establecerás en el Estado una disciplina y una jurisprudencia que se limite a cuidar a los sanos de cuerpo y alma; se dejará morir a quienes no sean sanos de cuerpo”. También Aristóteles aprobaba la práctica eutanásica en caso de «utilidad pública» –si bien ruego a usted no inferir que esto tiene que ver con las “ideologías” nefastas que anegan la política española–.

Sin embargo, los clásicos también reconocieron el derecho a la vida, y más aún, le atribuyeron a éste un carácter sacro, entre ellos Pitágoras, Galeno, y, especialmente, Hipócrates (460 a. C.) –quien ha servido de base para la deontología médica de todos los tiempos, en cuyo juramento dice literalmente: “No me dejaré convencer por nadie, cualquiera que sea, para suministrar un veneno o dar un consejo en coacciones de este tipo”–.

En la antigua Roma era costumbre sacrificar a los niños deformes, arrojándolos desde lo alto de la Roca Tarpeya –costumbre que fue abolida por el emperador Valente, ya en el siglo III–. E igualmente los celtas –por citar un ejemplo coetáneo a Roma– aprobaban el  suicidio y el aceleramiento de la muerte de los ancianos y heridos de guerra. Los antropólogos modernos han descubierto formas de supervivencia de estas prácticas en sociedades de tipo tribal –como, por ejemplo, en Aracán (India), en Indochina, en Cachibas y Tupis (Brasil), etcétera–.

Ante ello, los historiadores del derecho concuerdan en que la difusión del cristianismo ha traído aparejada una renovación de las leyes, costumbres y pensamientos en la sociedad.

Realizando un relevamiento de los grandes pensadores posteriores a la Antigüedad, únicamente encontramos trazos de justificación de la eutanasia en Francis Bacon y John Locke. Sin embargo, a fines del siglo XIX y principios del XX, surge la filosofía de Nietzsche, que señala “la necesidad de liberar a la sociedad de todas las personas inválidas e incapaces”, constituyendo el precedente de la filosofía nacional-socialista –con partes de las teorías de Schopenhauer–. Por esas bases, Adolf Hitler ordenó: “Quedan  autorizados para disponer cuanto sea necesario, a fin de que a los enfermos considerados incurables, a tenor de los conocimientos actuales, se los pueda eliminar físicamente para poner fin a sus sufrimientos”. Este principio sirve de base, posteriormente, para afianzar socialmente la idea antisemita en el pueblo alemán y justificar así el abominable Holocausto.

Para quienes nos reconocemos seguidores de la corriente iusfilosófica del derecho natural –iusnaturalismo– es obligación el respetar la vida humana, existiendo, por lo tanto una prohibición estricta fundada en la ley natural de disponer de la vida por cuenta propia. Por ello, es aludible perfectamente la explicación que Juan Pablo II, en su encíclica Evangelium vitae (“Evangelio de la vida”) hace de la eutanasia como: “Adueñarse de la  muerte, procurándola de modo anticipado o poniendo así fin dulcemente a la propia vida o a la de otro”. Se considera esto como una «cultura de la muerte» que se ve en las denominadas «sociedades del bienestar» –caracterizadas por una mentalidad eficientista, que va en contra de los ancianos y los más débiles, al ser como algo gravoso e insoportable, aislados por la familia y la sociedad, según lo cual una vida inhábil no tiene ya valor alguno–. Por ello define a la eutanasia como la “acción u omisión que por su naturaleza e intensión, causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor”.

Para la teoría utilitarista del Derecho, sin embargo, la eutanasia se muestra como una  opción más práctica en el supuesto de una existencia marcada por el dolor y sin posibilidades de recuperación. Desde el punto de vista de esta concepción, la eutanasia constituye un método útil socialmente, dado que: 1) evita la prosecución de una existencia unida al sufrimiento sin esperanza alguna; 2) disminuye el daño social que produce el mantenimiento de una existencia improductiva y costosa; y 3) Termina con una carga familiar dolorosa sentimentalmente y gravosa económicamente.

Tomás Moro (o Thomas Moore, como prefiera usted) también hace referencia a la eutanasia en su obra Utopía, refiriéndose a los conceptos médico y moral de la misma: “Cuando a estos males incurables se añaden sufrimientos atroces, los magistrados y sacerdotes, se presentan al paciente para exhortarle, tratan de hacerle ver que está ya privado de los bienes y funciones vitales… y puesto que la vida es un puro tormento, no debe dudar en aceptar la muerte, no debe dudar en liberarse a sí mismo o permitir que otros lo liberen… esto es, la muerte no le apartará de las dulzuras de la vida, sino del suplicio, y se realiza una obra… piadosa y santa… este tipo de muerte se considera algo honorable”. Presupone la existencia de una enfermedad intolerable que legitima la muerte voluntaria, y tiene en cuenta los derechos de la persona, la responsabilidad moral y la libertad –considerando que los sacerdotes son intérpretes de la divinidad–.

El inglés Hume realiza una crítica a la posición moralista sobre el suicidio y la eutanasia, diciendo: “Nuestro horror a la muerte es tan grande que cuando ésta se presenta bajo cualquier otra forma distinta de la que un hombre se había esforzado en reconciliar con su  imaginación, adquiere nuevos aspectos aterradores y resulta abrumadora para sus pocas  fuerzas. Y cuando las amenazas de la superstición se añaden a esta natural timidez, no es extraño que consigan privar a los hombres de todo poder sobre sus vidas”. Se  manifiesta expresamente en contra de la existencia de un determinismo, exponiendo que: “Si el disponer de la vida humana fuera algo reservado exclusivamente al Todopoderoso, y fuese un infringimiento del derecho divino el que los hombres dispusieran de sus propias vidas, tan criminal sería el que un hombre actuara para conservar la vida, como el que decidiese destruirla”.

Por ello, justifica la eutanasia, alegando que: “Una vez que se admite que la edad, la enfermedad o la desgracia pueden convertir la vida en una carga y hacer de ella algo peor que la aniquilación… considero que ningún hombre ha renunciado a la vida si esta merecía ser conservada… Quien se retira de la vida no le produce daño a la sociedad, a lo sumo deja de producirle un bien”.

CONTINUARÁ…

@LaReconquistaD

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