Columna de La Reconquista | “Muerte, vida y derecho (Parte I)”

Imagen titulada “MUERTE O VIDA”, cortesía del diseñador gráfico y artista GRAPHIC NIN-J.A. 2020 para “La Reconquista”.

Como aspiración, mi estimado lector, el ser humano, desde el inicio de los tiempos, ha intentado tener el poder sobre la vida y la muerte. Jugar a «ser Dios» le llevó a conocer y ejercer el poder de arrebatar la vida de otro ser humano a través de las armas –y las guerras, matanzas y persecuciones no han cesado ni aún hoy, en el siglo XXI, a pesar de los avances tecnológicos, del teóricamente mayor nivel cultural actual y de una supuesta «humanización»–.

Aunado a la destrucción, también ha de mencionarse que desde hace unas seis décadas, logró el ser humano crear vida donde Dios no la otorgaba, inventando y descubriendo los métodos de «fecundación artificial», dando así la posibilidad de ser padres a quienes la naturaleza había negado ese derecho.

Fue a partir de este momento cuando el ser humano comenzó a «competir» con la divinidad, arrogándose en su orgullo el derecho a determinar quién vive y quién muere, y así también a establecer razones «lógicas» –para los dominantes– que fueran «aceptables»… para matar.

Y así, aun cuando se esté o no de acuerdo con los motivos de los conflictos bélicos que tanto horror han producido, muy pocos se atreven a cuestionar las razones de Estado que lo motivaron y menos aún a juzgar como criminales a quienes en el frente de batalla arrebataron vidas de hombres, mujeres y niños –y no me referiré ya a conflictos locales y terroristas, como los de la ETA o Terra Lliure, aunque aplica perfectamente, porque fue una salvaje, desgraciada y abominable actuación durante décadas por bandas así–.

Provocar la muerte, privar del esencial derecho de la personalidad, el derecho a la vida, ¿puede constituir un acto de amor? Los motivos por los cuales privamos a otro ser humano de ese derecho ¿hacen que el acto sea por ello menos aberrante? ¿son legítimas las leyes que lo promueven y consienten? ¿dónde quedaron la sacralidad de la vida, el respeto a la condición y dignidad humana –sí, sé que el término «dignidad» a muchos políticos y legisladores les queda muy grande, pero quizá lo hayan escuchado…–, la incansable defensa y tutela del Estado por los más sufrientes, débiles, indefensos e inocentes?

Francis Bacon, ya en el siglo XVIII, consideraba como un derecho del ser humano el de morir dulcemente, sin sufrimiento, y denominó a esta muerte «eutanasia». Etimológicamente, «eutanasia» significa «buena muerte» –proveniente del griego eu, “bueno”, y thanatos, “muerte”–, y, por extensión, se entiende que ésta es dulce, libre de sufrimientos. Así, médicamente, la eutanasia implica el hecho de provocar una  muerte fácil y sin dolor a un paciente en estado terminal (en principio y en teoría).

La eutanasia puede ser provocada por el mismo paciente sin colaboración de terceras personas –en cuyo caso se denomina «suicidio»–, o ser provocada por un tercero –en cuyo caso debemos distinguir si se realizó con el consentimiento del enfermo o sin él, siendo en el primer caso «eutanasia voluntaria», en el segundo «eutanasia involuntaria».

El  acto  por  el  cual  se  le  quita  la  vida  a  una  persona,  puede  ser  positivo –como  por ejemplo, sobredosis de píldoras para dormir, o una inyección de cloruro de potasio, que causa una muerte casi instantánea e indolora– o puede consistir en una omisión –como, por ejemplo, no brindar el tratamiento médico que prolongaría su existencia física a través de avances tecnológicos como el respirador artificial, quimioterapia, radiaciones, etcétera–,encontrándonos así con la «eutanasia activa» y la «eutanasia pasiva».

La eutanasia activa implica una actuación directa para acortar la vida del paciente, mientras que la eutanasia pasiva –o de omisión– constituye el equivalente a dejar que el proceso de la enfermedad prosiga su curso natural, no aplicando medidas extraordinarias ni experimentales, sino limitándose a aliviar el dolor, sin intentar la curación.

En la que hemos denominado «eutanasia activa» pueden darse tres situaciones: que sea    eutanasia activa directa –la que responde a una voluntad expresa del enfermo–, que sea eutanasia pasiva directa –la que no responde a la voluntad del enfermo– o que sea eutanasia  activa  indirecta –en  cuyo  caso,  el  objetivo  esencial  no  es  el acortamiento  de la vida sino la disminución del sufrimiento, que apareja como consecuencia secundaria no buscada deliberadamente, la muerte–. En este caso, la administración del medicamento tiene como finalidad el alivio del dolor. Si ésta constituye la única vía para aliviar al agonizante, el riesgo del acortamiento de la vida puede ser asumido por el médico –y ser denominado así «cuidados paliativos»–.

Existen otras clasificaciones, según algunos autores, como, por ejemplo:

A.- Eutanasia agónica –consiste en provocar la muerte sin sufrimiento a un enfermo ya desahuciado–.

B.- Eutanasia lenitiva –el empleo de ciertos fármacos con la finalidad de aliviar el dolor físico causado por una enfermedad terminal, y que secundariamente, puede conllevar al acortamiento de la vida–. Ésta no debería denominarse «eutanasia», debido a que dicho procedimiento –aliviar el dolor– es médicamente lícito, y a que la muerte no es la consecuencia directa y querida del acto.

C.- Eutanasia  suicida –la que se produce cuando el mismo sujeto recurre al uso de medios letales con el fin de acortar su vida–. Puede concurrir la actuación de terceras personas que coadyuven al desenlace, sin ser consideradas por ello como autoras principales.

D.- Eutanasia  homicida, que puede tener dos formas motivacionales: el denominado «homicidio piadoso» –que consiste en el acortamiento de la vida de otra persona para liberarla de las taras de una enfermedad terminal, o de una deformación física, o de la senilidad–, y la eutanasia de tipo económico-social –cuya finalidad es eliminar vidas improductivas económica y  socialmente, es decir, que se consideran gravosas para la sociedad–.

El procedimiento opuesto a la eutanasia es la «distanasia», denominado  por  los  autores  franceses como «encarnizamiento terapéutico», y que conjuga aquellas técnicas y procedimientos tendientes a mantener con vida a un enfermo terminal, sin que exista ninguna expectativa de alivio.

CONTINUARÁ…

@LaReconquistaD

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