Columna de La Reconquista | “Maestros, ministros y menestras: el mundo del revés”

¡Vaya que sí, estimado lector! Tenemos no solo un mundo distópico, sino que además está «de patas arriba» –perdón por el coloquialismo–. ¿Se imagina usted la cantidad de decepciones que todos nos hubiésemos evitado simplemente si hubiéramos aprendido algo más de latín? Latín, sí, esa materia que llevábamos “a la fuerza”, junto con las etimologías y la gramática (y que parece ser que “la educación oficial” va a arrojar al ostracismo, como la verdad, los valores, los principios y los derechos). Hubiese servido, ¡se lo aseguro!

He aquí la razón: la palabra «maestro» en latín es magister, que tiene como prefijo el adverbio magis, que significa “más” o “más que”. Esto es porque en la antigua Roma el magister era el que estaba por encima de todos los demás, fuese por sus conocimientos, por sus habilidades o por sus capacidades –incluso el segundo al mando de un dictador era el Magister Equum, el “jefe de la caballería”–. En definitiva, la persona más capaz que hubiese para afrontar cualquier situación. Claro, eso era en la antigua Roma, y lo es en la etimología… Falta que en verdad el «maestro» o la persona que desempeña tal labor –llámesele «docente», «educador», «facilitador», «profesor», como guste y mande– sea auténticamente ese experto conocedor (que hay veces que lo dudo, puesto que soy docente y ni le cuento con qué “ganado” hay que lidiar, además de la dificultad inherente a los alumnos).

A su vez, el vocablo «ministro» proviene del mismo latín, esta vez del término minister, que incluye como prefijo el adverbio de cantidad minus (“menos”, o “menos que”). Por lo general, se utilizaba el término «ministro» en referencia al sirviente, al subordinado que tenía capacidades más pequeñas –vaya, que tenía menos capacidades y punto–. Por eso, el minister era el servidor del magister, al igual que lo era de sus dueños –en caso de no ser sui iuris–.

¿Ve usted, dilecto lector, cómo con un poco de latín sabríamos (en teoría) la razón por la que cualquier imbécil, lambiscón, metiche, hocicón o analfabeto funcional puede ser “ministro”, pero no puede ser “maestro”? Porque es “a dedo” la designación ministerial, mientras que son “a escote” las oposiciones para lograr plaza base en el magisterio. Y aquí llega el mundo del revés: el ministro manda a los maestros –si prefiere, sería más o menos como si las escopetas disparasen a los patos, o el petiso declamase como Demóstenes–, el constatado necio a los presuntos sabios. Por eso estamos en una menestra (¡raro que no hayan cambiado el nombre de tan sabroso y tradicional alimento hispano por cuestiones «de género» –o de degenere– por «menestre» o «menestro»!)…

Se nos antoja la menestra, quizá dependiendo la hora en la que cada uno guste leer estas pobres líneas –en caso de su servidor, más propicia no podría ser–. Este sabroso manjar –que significa en italiano “sopa”, al provenir de la palabra minestra (que, por cierto, es también aquello servido por el minister)– en principio se elabora con verduras selectas, hortalizas frescas y quizá algún compango leve –quizá jamón, quizá tocino–. Sin embargo, al igual que ha pasado con la exquisita valenciana paella o con la deliciosa itálica pizza, a la menestra hoy en día le pasa como al Ejecutivo del Reino de España: es una mezcla de todo con todo, menos de algo bueno. Así, añadimos carne, pescado, marisco, fruta, salsas y aderezos, trocando la original delicia por un “sácame del apuro” exprés con las “sobras” remanentes en el frigorífico.

Lo mismo sucede con quienes deben mandan –mandando bien, claro está, no con su «expertitud» sino con auténtica experticia– y con quienes deben obedecer –sin apatía, coerción o desgana, con vocación y entusiasmo–: hemos echado a perder una menestra (la gobernabilidad, la paz, la convivencia, la Patria, España), puesto que hemos preparado un engrudo intragable para el bien común, la tolerancia, igualdad, respeto y convivencia armoniosa so pretexto de elecciones, votaciones, mayorías y coaliciones. ¿Tan difícil será conocer (al menos teóricamente) las capacidades de los candidatos, sus habilidades, su vocación y preparación para ser capaz de representarnos? No. No es difícil. Meramente, nos da acedia, pereza, flojera… Ah, pero eso sí: si un maestro de cualquier escuela dice algo que podamos siquiera interpretar como «discriminatorio» o «franquista» (ya ven que hasta las matemáticas deben serlo, con las noticias que recibimos en la LOMLOE), ¡no se la acaba en críticas, rescisión laborar y hasta proceso judicial!  

Maestros, ministros y menestras. Ahora es turno de pensar: ¿cómo quiero mi menestra? ¿Preparada por el que sabe o por el que ni la conoce? ¿Con la sencillez tradicional o con rebuscados acabados desnaturalizantes? E igualmente: ¿Quién sería un buen funcionario público en tal categoría ministerial: el que en verdad va a servirme bien: el “agachado sopla nucas”, el “rodillas desgastadas”, el “íntimo amigo de prestigio” o una persona quizás anodina, pero preparada, formada, forjada, experimentada y al mismo tiempo entusiasta de lo que es legítimamente bueno para todos?

Nuevamente, estimado lector, el balón está en su cancha… Y todos tenemos derecho a exigir a nuestros gobernantes rendición de cuentas… ¿o quiere usted seguir “tragando” las minucias de este Gobierno, con alioli y sin aceite ni pan que resbale, sentado desde casa, esperando a tener permiso para salir? Porque entonces así estará hasta las próximas elecciones, donde veremos si la diferencia entre el que sabe, el que aparenta, el demagogo y el vendehúmos, aparece en los cargos electos… Todo depende de nosotros…

@LaReconquistaD

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