Columna de La Reconquista | Los orígenes de la masonería (Parte XXIII): Artistas de la guerra

Tras la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús, y recibir Alfonso XIII, una representación de la masonería Internacional encabezada por el Doctor Simarro (gran maestro del Gran Oriente Español, el mismo que había reivindicado la figura de Ferrer Guardia), el mismo Rey dio un giro de tuerca más a la cuestión y al año siguiente (1920) llevó a cabo un acto similar; de menor trascendencia, desde luego, pero no menos propio del hombre de fe que fue siempre: la consagración de España a nuestro Santo Ángel Custodio. La imagen fue traída precisamente del Cerro de los Ángeles, y la ceremonia se celebró en la madrileña iglesia de San José, donde continúa entronizado.

Pero no crean que la masonería no actuaba en el exterior de España (hay que recordar que es internacional), ya que sus tentáculos se mueven a nivel mundial. Hagamos un pequeño paréntesis llegado a esta altura. Veamos por la ventana de España lo que acontecía en Europa, y cómo la masonería prendía pequeños fuegos en distintos sitios, enredándolo todo para llevar al mundo a la Primera Guerra Mundial, y cómo evito que la guerra acabase dos años antes.

La Primera Guerra Mundial cambió Europa para siempre. El poder de Europa en esta etapa era enorme, ya que tenía un desarrollo económico, comercial y militar muy superior al resto del mundo, siendo la razón por la que las potencias europeas controlaban a la mayor parte de éste. Existía una especie de acuerdo no escrito para no entrar en ningún tipo de guerra entre las naciones. Para que la paz fuera más duradera, los países europeos se unieron en grandes alianzas como la Triple Entente o la Triple Alianza, para con ello ser grandes poderes y que la entrada en una guerra atrajera a muchos países al mismo tiempo, siendo una especie de método para que nadie se atreviera a comenzar una guerra a gran escala.

Pero… ¿quién aprovechó esta tesitura para prender la mecha? Obviamente la masonería. Evidentemente, lo estamos explicando de manera muy rápida, pero no podemos hacer milagros. Todo el mundo sabe que el detonante de la Primera Guerra Mundial fue el asesinato del archiduque Francisco Fernando, heredero de la corona del Imperio Austrohúngaro, y de su esposa, la condesa Sofía Chotek, en Sarajevo, llevado a cabo el 28 de junio de 1914 por el nacionalista serbobosnio Gavrilo Princip. Comenta Bárcena: “El asesinato del archiduque Francisco Fernando, que no se debió solamente a las tensiones balcánicas, sino que buscaba eliminar a un hombre que mantendría católicos y unidos los Estados danubianos. Al Archiduque se le sabía condenado; él mismo lo sabía, y se lo dijo al sobrino que tendría que sucederle en el Trono a la muerte de Francisco José. El asesinado era el heredero de un Imperio que, tampoco por casualidad, acabó su trayectoria histórica gobernado por un beato, a quien el papa Benedicto XV animaba a recuperar, lo antes posible, el trono de Hungría. Naturalmente, para los diseñadores de la nueva Europa, aquella construcción política multisecular tenía que desaparecer; lo sabían de antemano. En su lugar crearon débiles repúblicas que nada contaban en el conjunto de las naciones”.

Solve et coagula. Es una frase en latín relacionada con la alquimia y que se ha convertido en un eslogan de la masonería. Significa “disolver” y “coagular” o “separar” y “unir”. Separar los grandes imperios o disolverlos, para después, poco a poco, conformar una unidad al estilo de la masonería (Naciones Unidas). Un ejemplo reciente de esto fue la disolución de Yugoslavia entre el 25 de junio de 1991 y el 27 de abril de 1992, que condujo a la formación de seis nuevas repúblicas soberanas (Eslovenia, Croacia, Bosnia Herzegovina, Montenegro, Macedonia del Norte y Serbia). No les quepa duda, que tras esta guerra se encuentran los intereses de las elites masónicas. De la misma manera que tras el auge del separatismo en España, también. Véase, si no, el libro de Juan Antonio de Castro “Soros Rompiendo España” o “La Red Secreta de Soros en España” de Joaquín Abad.

El Archiduque Francisco Fenando visitaba Bosnia con su mujer, a fin de estabilizar una zona de gran presencia eslava, en la que se temía una revuelta apoyada por Rusia. Muchos jóvenes que querían ser serbios habían pasado a colaborar con “la Mano Negra”, organización dirigida desde Belgrado por el jefe de los servicios secretos de Serbia, cuyo nombre en clave era Coronel Apis, que alentaba las acciones terroristas de sus agentes en Viena. Apis organizó un grupo de siete jóvenes, de ascendencia serbia, pertenecientes a la Mano Negra, y entrenados en Belgrado, para atentar contra el heredero del Imperio, el 28 de junio, aprovechando su visita a Sarajevo.  La trama masónica ciertamente existió: en primer lugar, la Mano Negra fue una sociedad secreta y Gavrilo Princep, el instrumento de Apis para la comisión del magnicidio, era anarquista y masón; como Mateo Morral y Ferrer Guardia. Y segundo: el archiduque era un obstáculo para los planes de la Masonería, tanto de la europea como de la americana. Él lo supo; y supo también que iba a morir muy pronto, como hizo saber a sus sobrinos Carlos y Zita.

En su libro sobre Carlos, Herbert Vivien, historiador inglés, cuenta que, a lo largo del año 1913, Francisco Fernando había asegurado al conde Czemin que se sabía objeto del odio implacable de los masones, que le habían condenado a muerte. Según Michel Dugast Rouillé (biógrafo del último emperador), la destrucción de la católica monarquía austro-húngara era un objetivo reconocido de la Masonería; la guerra había sido vaticinada, y deseada, por la Revue International des Sociétés Sécrétes (Revista internacional de sociedades secretas), como el medio de conseguir la desaparición del Estado danubiano; la misma publicación, en su número de 15 de septiembre de 1912, anunciaba la muerte de Francisco Fernando, revelando, al parecer, conclusiones de la Convención masónica.

Manuel Guerra, a su vez, resume así la Gran Guerra: “La Primera Guerra Mundial se inició tras un atentado contra el archiduque Francisco Fernando y su asesinato en Sarajevo; terminó con la desintegración del imperio austrohúngaro de signo católico. Este crimen fue decretado, anunciado en los dos años anteriores, y ejecutado por la Masonería. Los principales culpables fueron en su totalidad masones. Esto no es suposición, sino hechos judicialmente comprobados, que se silencian intencionadamente”.

No es casual que Carlos (sobrino del asesinado Francisco Fernando) recibiera proposiciones idénticas a las recibidas por su primo (Alfonso XIII) en Madrid: entrar en la masonería para asegurar su posición: si aceptaba, le aseguraban la salvación de su Imperio y la de su familia. La situación era desesperada pero el emperador rehusó. Posteriormente llegaron a proponerle algo todavía más difícil: recuperar el trono; pero si consentía en introducir en sus Estados la escuela laica y el matrimonio civil, a lo que se había negado categóricamente. Todo ello era como un calco de lo vivido por Alfonso XIII, casi en las mismas fechas

Todo esto en cuanto al inicio de la Guerra. Pero hay un dato mucho más curioso que nos puede aclarar un poco más la complejidad del pensamiento masónico, y cómo en esa gran partida de ajedrez que siempre juegan, son expertos en conseguir más de un resultado favorable a la vez para sus intereses espurios. La Primera Guerra Mundial pudo terminar en 1916, pero la secta se encargó de que eso no ocurriese: ¿Por qué?: ahora lo veremos, pero antes tenemos que retroceder algunos años, para ponernos en situación.

La “colonización” del Estado de Palestina por el pueblo judío no fue una iniciativa de personas individuales y religiosas que quisieron volver a su tierra ancestral (algo que, de ser así, no hubiese sido posible porque fueron necesarios mucho dinero y muchos recursos políticos para conseguirlo). A partir de 1882, Edmond James de Rothschild empezó a comprar tierras en la Palestina otomana con el objetivo a largo plazo de crear un país de propiedad Rothschild. En 1897, los Rothschild organizan el primer Congreso Sionista (movimiento político nacionalista que propuso desde sus inicios el establecimiento de un Estado para el pueblo judío). Este primer congreso se tendría que haber celebrado en Múnich, pero debido a la oposición de los judíos locales que estaban bien establecidos y no quisieron que se les relacionara con esta organización, tuvo que ser trasladado a Basilea (Suiza).  Dicha reunión fue presidida por un personaje llamado Theodor Herzl, judío asimilado (aquellos que, aun siendo judíos, según las leyes religiosas, han abandonado todas sus señas de identidad: ni religión, ni idioma, ni cultura, ni empatía grupal), quien afirmaría en uno de sus diarios: “Es esencial que los sufrimientos de los judíos empeoren, esto ayudará a la realización de nuestros planes. Tengo una excelente idea: voy a inducir a los antisemitas a liquidar la riqueza judía. Los antisemitas nos ayudarán, y con el propósito de apropiarse de sus riquezas reforzarán la persecución y la opresión de los judíos. Los antisemitas serán nuestros mejores amigos”.

Dicho proyecto consistía en fundar el Estado de Israel, pero en vista de que los judíos estaban asentados en sus respectivos países y no colaboraban con la idea de dejarlo todo y mudarse a Palestina… se le ocurrió que, si eran perseguidos, la idea de trasladarse no les parecería tan mala. Como así fue. Herzl fue elegido presidente de la Organización Sionista, adoptando dicha organización, como símbolo, el hexagrama rojo (símbolo de la casa Rothschild), que años más tarde terminaría formando parte de la bandera de Israel.

Los judíos que se habían instalado en Palestina empezaron a darse cuenta de que no había ningún altruismo patriótico ni religioso tras la intención de los Rothschild de crear un Estado judío, y es en 1901 cuando los colonos judíos que ya estaban establecidos envían una delegación para solicitarle a Edmond James de Rothschild lo siguiente: “Si quiere que se mantenga el Yishub (judíos que comenzaron a asentarse en el territorio desde 1882 hasta el establecimiento del Estado de Israel en 1948), en primer lugar, saque sus manos de allí y permita a los colonos corregir por sí mismos lo que sea necesario corregir”.

A lo que Edmond James de Rothschild contestó: “Yo creé el Yishub, solo yo. Por lo tanto, ningún hombre, ni colonos, ni las organizaciones, tienen derecho a interferir en mis planes”.

Tras la primera guerra mundial, Mosul, Palestina y Transjordania, pasaron a manos británicas (este fue otro objetivo, además de destruir el gran imperio católico austrohúngaro), algo que podemos conectar con un episodio bastante curioso que ocurrió en 1916. En ese año, Alemania estaba ganando la guerra y ofreció el armisticio (acuerdo que firman dos o más países en guerra cuando deciden dejar de combatir durante cierto tiempo con el fin de discutir una posible paz) a Gran Bretaña sin exigir reparaciones de guerra, cosa que los británicos estaban considerando.

Pero es entonces cuando los Rothschild entran en acción y, a través de un agente suyo, Louis Brandeis (miembro activo del movimiento sionista), envían una delegación sionista desde Estados Unidos a Inglaterra con la promesa de involucrar a los americanos en la guerra en apoyo de los británicos, si estos se comprometían a darles la tierra de Palestina a los Rothschild. Si unimos este detalle al hecho de que Edmond James de Rothschild empezó en 1882 comprando tierras en esa zona y posteriormente al comentario de Theodor Herzl en su diario, y sumamos el ofrecimiento de paz de los alemanes a los ingleses… podríamos plantearnos como hipótesis que, sin la interferencia de los Rothschild, la Primera Guerra mundial podía haberse parado dos años después de su comienzo. Eso sin contar, que también maquinaron su inicio.

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