Columna de La Reconquista | Los orígenes de la masonería (Parte XVII): Primera República y Cantonalismo

En el capítulo anterior analizamos por encima la llamada «Revolución Gloriosa» (que de “gloriosa” tuvo muy poco). Pocos episodios de nuestra historia han recibido un nombre menos apropiado. Los que la trajeron no fueron personas de orden; más bien lo que pretendían era cambiar el orden, un orden amasado a fuerza de siglos y que el pueblo había interiorizado de manera libre y sencilla a través del tiempo y que había sintetizado en tradiciones y costumbres. Como todas las revoluciones masónicas, ésta no fue diferente, lo que trajo fue caos, muerte y destrucción, sello indeleble de todo lo que promueve la masonería. En la actualidad estamos viviendo un proceso parecido, no obstante, con una puesta en escena diferente. Ya no lo hacen destituyendo reyes por la fuerza, ahora lo hacen dominándolos o amedrentándolos e incluso haciéndolos adeptos a la secta: CONVIRTIÉNDOLOS. Con técnicas muy elaboradas manipulan al pueblo (Ventana de Oberton), con la connivencia de políticos afines, medios de comunicación comprados e infiltrando todos los estamentos, incluida la Iglesia.

La Guerra Carlista se podía haber evitado. Hay un momento al principio del reinado de Isabel II en que pareció que se podía solucionar el problema de la lucha por el trono de España en una forma pacífica de taponar la brecha que la revolución logró abrir (el secuestro del trono): se habló de casar a la reina con el heredero del pretendiente Don Carlos, uniendo los derechos de las dos ramas combatientes, y de esa manera, terminar con la guerra civil. Y sobre todo, recobrar así la defensa de la tradición, poniendo freno a los revolucionarios masones. Algo que no estaban dispuestos a tolerar y no se pudo llevar a cabo. Esta postura la defendió con tesón el gran escritor católico Jaime Balmes.

El lema triádico del carlismo fue siempre “Dios, Patria y Rey”. El que escribe este artículo comulga con los dos primeros enunciados. En cuanto al tercero, dará igual si hay un Presidente, un Rey o una Limpiadora, siempre y cuando respeten a Dios, la Patria, y gobiernen de manera eficiente, teniendo como norte la verdad, la belleza y el bien. La historia nos demuestra que ni todos los Reyes fueron buenos ni todos los presidentes fueron malos (véase como ejemplo el caso del Presidente de Ecuador, Gabriel García Moreno). Cualquier sistema donde la masonería campe a sus anchas, será susceptible de ser envilecido, ya sea una Monarquía, una Democracia, una República o un bar de camioneros. Entendamos que el Carlismo no ponía su énfasis en el rey, ya que éste lo que representaba era la tradición católica del pueblo español. Por eso apoyaban a Don Carlos y no a Isabel II. Y no a Isabel porque fuese mujer, sino porque estaba atenazada por la masonería. Los españoles nunca tuvieron problemas porque reinase una mujer (esa fue una costumbre implantada por los reyes Borbones).

Tras la «Revolución Gloriosa», se planteaba el problema de qué hacer con España, si instaurar la República, o buscar un nuevo rey. Al final, se decantaron por un nuevo rey. Los protagonistas de “La Gloriosa” no tardaron en enfrentarse por las personas que debían ocupar el trono: Prim consiguió traer a España un rey de ascendencia masónica, que pudo iniciarse en la Masonería en España. Se trataba de Amadeo de Saboya. Alberto Bárcena dice lo siguiente en su libro “Iglesia y Masonería”: “Serrano, sin embargo, apoyaba a Montpensier (Antonio de Orleans, duque de Montpensier, hijo del rey Luis Felipe de Francia, marido de Luisa Fernanda, hermana de Isabel II) en sus pretensiones. El resultado fue un crimen entre «hermanos» (masones); el asesinato de Prim, en la madrileña calle del Turco, parece claramente urdido por ellos; el Orleans, frustrado en su ambición (Montpensier), y su agente, el general duque de la Torre, que alcanzaba la jefatura del Estado –provisional, pero jefatura al fin– gracias a la revolución. Le encargarían la ejecución del magnicidio a otro masón. Entre las piezas principales del engranaje estaban el secretario de Montpensier, Felipe Solís Campuzano, y el jefe de la escolta de Serrano, José María Pastor, como han publicado los estudiosos del sumario. Otro crimen impune de la Masonería, cuya víctima, en este caso, era también masón (Prim). Pero el caso es que Amadeo de Saboya se quedó solo; muerto Prim, las logias se desentendieron de él por mucho que procediera de tan masónica familia; incluso aunque fuese él mismo masón. Había otros intereses en juego, defendidos por otros masones; los mismos, sin duda, que estaban detrás de la muerte de su valedor (Prim). Sobre el magnicidio echaron tierra hasta lograr la definitiva impunidad de sus autores. Un sumario de 18.000 folios, instruido por trece jueces y varios fiscales, durante diez años, y lleno de pruebas incriminatorias, quedó en nada. No hubo juicio, ni culpables, ni castigos. Con razón, diez años más tarde, hablando de crímenes masónicos, decía León XIII: «el asesino burla muy a menudo las pesquisas de la policía y el castigo de la justicia»”.

Tras un breve reinado marcado por la inestabilidad política, Amadeo de Saboya abdicó del trono español el 11 de febrero de 1873, cansado de la lucha constante que convertía el país en ingobernable. Al abandonar el país con sus hijos, el rey impidió la sucesión, dando paso así a la Primera República, un período convulso en el que numerosas facciones pugnaron por reformar las leyes e instituciones de una España en decadencia. Las elecciones que siguieron a la abdicación las ganó el Partido Federalista, el cual pretendía dar una mayor autonomía a las diferentes regiones del país, con el fin de crear un estado federal según el modelo americano.

El histórico republicano Emilio Castelar subiría a la tribuna para proclamarla solemnemente con un discurso histórico: Señores, con Fernando VII murió la monarquía tradicional; con la fuga de Isabel II, la monarquía parlamentaria; con la renuncia de don Amadeo de Saboya, la monarquía democrática; nadie ha acabado con ella, ha muerto por sí misma; nadie trae la República, la traen todas las circunstancias, la trae una conjuración de la sociedad, de la naturaleza y de la Historia. Señores, saludémosla como el sol que se levanta por su propia fuerza en el cielo de nuestra Patria” (vaya, como si la república no hubiese sido hija de las intrigas masónicas…).

Durante el mandato del federalista Pi i Margall  (del 11 de junio de 1873 al 18 de julio del mismo año 1873), se redactó la nueva “nonata” constitución federalista, que no se llegó a aprobar. El proyecto decía que las regiones eran estados soberanos. Pi y Margall defendía una república federal proclamada por ambas cámaras de las Cortes Constituyentes. Después de esta proclamación, la España Federal se enfrentó al caos total y estuvo a punto de su desintegración. Toda España se divide en «cantones» o pedacitos de tierra que se declaran independientes.

En Cádiz, el ayuntamiento, convertido en Gobierno, saquea conventos e iglesias. En Cartagena, con ayuda de unos barcos sublevados, se hace frente durante meses al Gobierno de Madrid. Cataluña habla de declarar como libre e independiente el “Estado Catalán”. En Andalucía el cantonalismo se inicia el 19 de julio; además del de Cádiz, se constituye el cantón de Sevilla y un día después, el 20, se proclama el cantón de Granada, el 21 el de Málaga y el 22 se declaran los cantones de Bailén, Andújar, Tarifa y Algeciras, y así por toda España. El populacho ha perdido el respeto a todo, y por las calles hace burla de los uniformes militares y sigue a los oficiales gritando con sonsonete de mofa: «¡Que baile!». Pasan por la Presidencia del Estado todos los republicanos más ilustres (Figueras, Pi y Margall y Salmerón), sin que ninguno logre atajar el mal. Estanislao Figueras, en un acto sublime de sinceridad, pronunció la siguiente frase: «Señores, voy a serles franco: estoy hasta los cojones de todos nosotros». La pronunció momentos antes de dimitir, coger los bártulos y exiliarse en Francia. Hay momentos en que el Gobierno de Madrid apenas manda más allá de las tapias de La Moncloa o de Chamartín. Por cierto: rescatamos una noticia del periódico “El País” que se hizo eco del homenaje llevado a cabo por la masonería en 2010 a estos tres presidentes: “El cementerio civil de Madrid fue escenario ayer de un homenaje cívico y masónico a Estanislao Figueras, Nicolás Salmerón y Francisco Pi i Margall, tres de los presidentes de la Primera República Española (1873-1874) allí enterrados, en el 127º aniversario de la proclamación republicana. Los tres Jefes de Estado reposan en sendos panteones pétreos de estilo decimonónico, ornamentados con profusión de simbología masónica. Su memoria se ha visto dañada por el olvido, la desidia histórica y la inquina de sus enemigos ideológicos, señaladamente el franquismo”.

Eso, por si tenían alguna duda de a qué confesión religiosa o secta pertenecían los tres presidentes. Como buena república hija de la masonería, no faltó el ingrediente que siempre llevan todos los guisos masónicos. Una sopa de tomate puede cocinarse con unos ingredientes o con otros, pero el que no puede faltar es el tomate. En toda revolución cocinada por la masonería, el ingrediente por antonomasia es siempre la persecución religiosa, y ésta no fue menos. Dice Bárcena: “Naturalmente, todo aquel lamentable periodo vino acompañado de persecución religiosa: a pesar de que la Iglesia, en general, trató de adoptar en los primeros momentos una actitud posibilista ante el nuevo régimen. La toma de Berga, sin ir más lejos, motivó que en Barcelona se asaltaran los templos. Hubo reacciones más explícitamente anticristianas, como el asesinato de sacerdotes en varios puntos de Cataluña o la prohibición de llevar el viático a los moribundos en la misma región. En Orihuela, a mediados de noviembre, a la una de la madrugada, el alcalde, acompañado de la Guardia Civil, se presentó en el colegio de los jesuitas, los detuvo y les dio “doce minutos para marchar”. En Málaga, fueron derribados los conventos de los capuchinos y la Merced. En Cádiz, ante los atropellos planeados por el alcalde, Fermín Salvoechea, se produjo una reacción ciudadana que trató de impedirlos sin éxito”.

Bárcena muestra con pelos y señales muchas más tropelías contra la Iglesia, que no podemos reflejar en este artículo. Se quejan los defensores de esta república de la cantidad de problemas a los que se enfrentaron (la Guerra Carlista, el movimiento cantonal, etcétera), pero no dicen que todos los causaron ellos mismos. No se nos olvide la frase de Figueras: «Señores, voy a serles franco: estoy hasta los cojones de todos nosotros». Nunca temen al caos los masones, ya que uno de sus eslóganes dice (debidamente traducido del latín): “al orden por el caos”. Crearon un caos tan grande que fueron ellos mismos los que hundieron la Primera República, cosa que les volvió a ocurrir durante la Segunda República, solo que ésta fue aún peor y tuvo consecuencias catastróficas. Durante dicha república y la Guerra Civil Española, tuvieron el “privilegio” de llevar a cabo la mayor persecución religiosa de la historia de la cristiandad.

En nuestros días, el panorama no es muy distinto al que estamos reflejando en este artículo. Tenemos a la masonería introducida en el gobierno, tenemos a la masonería introducida en el sistema judicial, tenemos a la masonería controlando los medios de comunicación. Tenemos la constancia de que José Luis Rodríguez Zapatero es masón. Tenemos la constancia de que Mariano Rajoy también perteneció o sigue perteneciendo a la masonería. Tenemos la constancia de que sometieron a Franco a un ritual masónico cuando exhumaron sus restos. El aborto, la ideología de género, la destrucción de nuestra industria y el auge que tienen en estos momentos los independentismos… No les quepa ninguna duda que, de manera directa o indirecta, son la consecuencia de la acción masónica.

@LaReconquistaD

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