Columna de La Reconquista | Los orígenes de la masonería (Parte XV): La Regencia de María Cristina

Mucho se ha censurado a Fernando VII por el rigor y la contundencia que empleó contra los liberales (masones por lo general todos). Hay que tener en cuenta que en su reinado comenzaba la guerra a muerte (que había de durar un siglo) entre la tradición y la revolución (carlistas y cristinos). Los liberales revolucionarios conspiraban continuamente en logias y cuarteles contra la España católica. Fernando VII, cuando les ganaba la partida, se defendía contra ellos a sangre y fuego; como ellos, cuando dominaban, se defendían asesinando curas, obispos y demás. Esa fue la esencia de la “Guerra Carlista”, esencia que pervive hasta nuestra historia reciente. No en vano la reflejaron las palabras de Gil Robles el 15 de abril de 1936 ante las Cortes, con uno de sus discursos parlamentarios de mayor calidad y más alta fuerza moral, cuando pronunció la célebre frase: “Desengañaos, señores diputados, una masa considerable de la opinión pública española que es, por lo menos, la mitad de la nación, no se resigna implacablemente a morir”.

Fernando VII se casa por cuarta vez, con María Cristina de Borbón. El rey, enfermo y castigado por las vicisitudes de un reinado lleno de altercados propios y ajenos, en sus últimos días padece de aturdimiento y cansancio mental. La nueva reina, sin conocimiento previo de la idiosincrasia del pueblo español y apoderándose del ánimo del rey, impone una nueva política de perdón y convence al rey para firmar una amnistía, consecuencia de la cual vuelven a España los liberales desterrados (masones), algo que no trajo la paz, sino la guerra.

Para el que escribe, definir lo que significa ser “buena persona” pasa por destacar uno de los ingredientes principales que contribuyen a que una buena persona lo sea. Este ingrediente es: la búsqueda de la verdad. Cuando se busca la verdad, por muy equivocado que se esté, es cuestión de tiempo acabar dentro del redil de la moral y de la justicia, ya que la verdad no es relativa, es absoluta. La masonería no busca la verdad, busca someterla (recordemos la célebre frase de Zapatero en contradicción total con la de Jesucristo, “La libertad nos hará verdaderos” en lugar de “La verdad os hará libres”). Por eso, cuando en una nación los masones toman el control, siempre, siempre, siempre, la guerra y la destrucción no tardan en aparecer.

José María Pemán, en su libro “La historia de España contada con sencillez”, dice lo siguiente: “Vuelven los liberales desterrados y perseguidos. Ya tienen aquí los acusadores del rigor de Fernando VII, la política que tanto querían. ¿Se ha resuelto por ello el problema de España?… No: el problema de España era más profundo que la inconstancia y el carácter del rey. Ya no es el rey el intransigente; ahora es una gran parte del pueblo español la que, tomando el nombre de “apostólicos”, se alarma de aquella tolerancia de la nueva reina y se agarra a la defensa íntegra de la tradición. El rey no tiene sucesión masculina, y los “apostólicos” levantan la bandera del infante Don Carlos, hermano del rey. Don Carlos, en efecto, parece totalmente inclinado a la defensa de la tradición sin concesión alguna a las ideas revolucionarias. Frente a ellos, los liberales, se agrupan en torno a la reina Cristina y defienden como sucesora en el trono, a la hija de esta, casi recién nacida, la princesa Isabel”.

María Cristina no comprende la hondura de la lucha política que desgarra a España. Cree que se puede curar con pomada la enfermedad que se ha establecido dentro de las entrañas de la nación. Su primer ministro publicó un manifiesto que, por querer contentar a todos, no contentó a nadie. A los liberales (masones) les ofreció algunas reformas políticas. Y a los “carlistas” intento asegurarles que no se atentaría contra la práctica católica. Fue inútil: los revolucionarios masones vueltos del destierro exigían mucho más de la reina, hasta el punto de tener que darle el control del gobierno a uno de ellos. Eligió uno de los que le pareció más moderado: Martínez de la Rosa. Pemán comenta lo siguiente sobre este personaje: “Martínez de la Rosa, pretende hacer una política de equilibrio, de transigencia. Y el pueblo, con certero instinto, le bautiza con el mote de “Rosita la pastelera”. Pero con “pasteles” (se vio entonces y lo hemos visto después), no se puede parar una revolución. La masonería, aprovechando una terrible epidemia de cólera que hay en Madrid, lanza la calumnia de que las fuentes públicas  han sido envenenadas por los frailes. Unos cuantos infelices lo creen de buena fe; otros, pagados por los masones, se unen a ellos: y pronto se reúne una mediana turba que, por primera vez en España, asalta los conventos y degüella a los frailes. Las escenas son idénticas a las que se presenciaron en la Segunda Republica española”.

Y para que quede constancia de su peculiaridad luciferina, los asaltantes, a la vez que degollaban frailes, gritaban: “Muera Carlos viva Isabel. Muera Cristo viva Luzbel”.

A esto nos referimos cuando decimos que la masonería no busca la verdad. La mentira para ellos siempre ha sido una herramienta para conseguir sus fines sin ningún tipo de límites. La expulsión de los jesuitas se fundamentó en una serie de bulos ideados por la secta. En este caso hemos visto que acusaron a los frailes de envenenar las fuentes, y durante la Segunda Republica, los días previos a que se desatara la barbarie, se hizo correr el bulo de que las monjas y los frailes, ayudados por las mujeres de Acción Católica, repartían caramelos envenenados a los hijos de los obreros para “acabar con la simiente marxista”.  Esta secta miente sin ningún tipo de remordimiento, y educa a sus participantes en el odio al católico. No olvidemos tampoco, como ya dijimos en el artículo anterior, que Martínez de la Rosa (Presidente del Consejo de Ministros) declaró solemnemente, antes de morir, que la matanza de frailes fue preparada y organizada por las logias masónicas. Lo dijo en un apunte autógrafo, entregado por él a don Pedro J. Pidal. Martínez de la Rosa sabía lo que estaba hablando, pertenecía al Supremo Consejo del Grado 33, figurando entre los principales masones del moderantismo.

No nos cansaremos de reiterar que muchos masones de los grados inferiores no son conscientes del grado de maldad profunda que habita dentro de la secta masónica, y podemos citar en ese sentido el testimonio de Serge Abad Gallardo, que después de 25 años en la logia francesa Derecho Humano, abandonó la masonería y se convirtió al catolicismo. Recomendamos la lectura de su libro “Porqué dejé de ser masón”. Esto no es óbice para condenar a esos “sumos sacerdotes” que sí son conocedores de lo que se fragua dentro de las logias y que han desarrollado una pedagogía magnífica para atraer a muchos e ir dirigiéndolos poco a poco de manera magistral hacia su perversa doctrina. Ejemplo de esto también es el ritual de grado 29 del Rito Escocés Antiguo y Aceptado que cita Alberto Bárcena: “De modo que en este momento de su recorrido iniciático el masón se encuentra cara a cara con esta representación del «Portador de la Luz», para continuar el ritual: es ahora cuando debe escoger entre la cruz cristiana, «símbolo de muerte y destrucción» y la de «la Luz y la Vida», en forma de X, asociada a Baphomet, dios de la Luz. «La elección se manifiesta “pisando la cruz [cristiana] con el pie izquierdo y con el derecho en este orden”. […] A continuación, el candidato recita la fórmula del juramento “con los brazos en forma de X sobre el pecho, el derecho sobre el izquierdo” ». ¿Serán conscientes todos los que pasan a este grado de que se están consagrando al demonio? Puede que no.

El ritual sigue exponiendo la ceremonia. «Baje las manos… Coja la cruz, tírela al suelo delante del altar, cruce los brazos (el derecho sobre el izquierdo) en el pecho en forma de X con el mallete (mazo) en la mano derecha y exclame: ¡Que esta cruz, como símbolo de la muerte y de la destrucción, desaparezca del mundo! ¡Que la luz de Baphomet (Lucifer) la suplante! ¡Gloria a ti, Dios verdadero, Baphomet, el dios de la luz y de la iniciación…!”.

Hay pruebas directas de que este ritual se lleva a cabo de la manera expresada anteriormente en la actualidad. A don Alberto Bárcena le ocurrió una anécdota que, según nos cuenta, fue determinante para disipar cualquier duda sobre la práctica de este ritual de castigo a Cristo y su Cruz, ya que albergaba alguna duda de que fuesen ceremonias de tiempos pasados y superadas al día de hoy. Transcribimos parte de una entrevista realizada a Bárcena por InfoCatólica: “Un día tuve una conversación con el nieto de un masón de grado 33 que quería iniciarle. Le hablé de los rituales y me respondió: ‘Esta parte ya me la sé, Lucifer es quien trae la sabiduría al hombre en el paraíso y Dios es quien expulsa a los dos’. Para ellos Lucifer es el aliado del hombre. Le cuento otra anécdota. Durante una conferencia en la que participé con un antiguo gran maestre de la Gran Logia de España, Tom Sarobe, leí el ritual masónico con pelos y señales (se refiere al ritual en el que se pisa el crucifijo) porque me lo pidió una señora del público. Y al acabar, Sarobe, que se había presentado como masón, no dijo ni una palabra. Ahí supe que aquello que leí era verdad. Él había ido en representación de la masonería y si no dijo nada tras oírme suponemos que lo da por bueno”.

Véase entrevista completa

Los 35 años del reinado de Isabel II fue la época “dorada” de los pronunciamientos y sublevaciones militares, aparte de motines y algaradas varias, protagonizados casi siempre por generales masones o instigados desde las “sociedades secretas”, como las llama Alcalá Galiano. Los grandes espadones de aquel tiempo (Espartero, Narváez, O’Donell, Serrano, Prim, etcétera), todos masones menos Narváez, se disputaban el poder. Isabel II, como su madre, se vio obligada en muchas ocasiones a ponerse en manos de la venerable fraternidad, porque los carlistas no cejaban en su empeño de encender la hoguera de la guerra civil para entronizar a su pretendiente, arrastrando consigo a buena parte del clero y a no pocos feligreses de a pie, entre otras razones, porque aquellos gobernantes con mandil no perdían ocasión de atacar a la Iglesia. Álvarez Méndez, que se hizo llamar Mendizábal, radical, conspicuo masón, dispuso (1837-1841) la extinción de las órdenes religiosas y la incautación, sin compensación alguna, de sus bienes por el Estado, que vendió a muy bajo precio para favorecer o crear una “burguesía” que le fuera agradecida y adicta.

El modelo no ha dejado de repetirse hasta nuestros días. El énfasis que el PSOE ha puesto de un tiempo a esta parte en derribar cruces y denostar a la Iglesia Católica no es algo casual ni de nuevo cuño. A nadie se le escapa que, desde la entrada en el gobierno de España de José Luis Rodríguez Zapatero, el tufo masónico que se viene arrastrando solo es inadvertido por los que no conocen el proceder de la secta. Zapatero es masón, y el gobierno de Pedro Sánchez, obedece a la masonería. No en vano Antonio Hernández Espinal (socialista de Sevilla que se ha instalado en el palacio de La Moncloa) es el jefe de estrategia de Pedro Sánchez. Hernández Espinal ha declarado públicamente que es masón.

En el llamado “expediente Royuela” queda claro y clarificado cómo nuestros máximos representantes a nivel gubernamental siguen las consignas de la Logia de Miami. Se podrá cuestionar la autenticidad de dicho expediente, pero para cualquier sabueso que sepa detectar el olor pútrido de la masonería no cabe ninguna duda que el Expediente Royuela encaja perfectamente con la trayectoria de la secta desde que José I la introdujese en España. El olor a “bicho muerto” es inevitable percibirlo, y el olor de la secta masónica cuando opera dentro de una nación, es aún más fuerte. El proceso de la descomposición en su conjunto, más allá de sus etapas visuales, destaca por ser rico en sustancias de olor pestilente. Muchos no perciben este pútrido olor porque el “Ministerio de Perfumería” realiza un trabajo magnifico, y ha conseguido gobernar de manera magistral a todos los medios de comunicación. Medios estos que se dedican día y noche a “perfumar” a la sociedad con ingentes cantidades de mentiras que contrarrestan el nauseabundo olor de la realidad.

@LaReconquistaD

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