Columna de La Reconquista | Los orígenes de la masonería (Parte XIX): Restauración y atentado regio

En el capítulo anterior vimos cómo Pavía ponía fin a la locura de la Primera República. Tras la gobernanza de cuatro presidentes masones, España llegó casi a disolverse, la locura campaba a sus anchas en toda la península y los movimientos cantonales estuvieron a punto de conseguir el desmembramiento de España. Se volvió a instaurar la monarquía, y desde ese mismo momento la masonería, no habiendo aprendido nada de la experiencia republicana, se puso manos a la obra para llevar al país al próximo desastre: la Segunda República.

La monarquía fue restaurada (en la persona de D. Alfonso XII, hijo de Isabel II) tras este episodio caótico de nuestra historia. Pero la revolución no había sido vencida. El único periodo donde estuvo sometida fue durante la dictadura de Franco. José María Pemán dice lo siguiente: “El país recibe con júbilo la noticia y el Gobierno del general Serrano agacha la cabeza y cede. La Monarquía ha sido restaurada. Pero, ¿ha sido vencida la revolución? Entraba en España un rey joven, animoso, inteligente, pero entraba, desde el primer momento, en pacto con parte de la idea liberal y revolucionaria (masónica). Cánovas había entendido la restauración como una cuestión de gobierno, no como una cuestión más profunda, de victoria, a fondo, de toda aquella revolución política y social.

Don Alfonso XII alcanzó el bello nombre del «Pacificador». Al que añadió muchas pruebas de simpatía y buen corazón con su incansable afán de acudir en socorro de cuantas calamidades y miserias ocurrían en su reino. Así, con motivo de la terrible epidemia de cólera que afligió a Aranjuez, el rey, sin decir nada a sus ministros, se escapó una tarde, y se fue solo a visitar a los contagiosos enfermos que llenaban los hospitales. Pero el rey estaba herido de muerte. Una terrible enfermedad, la tisis, minaba su naturaleza. Era todavía muy joven cuando murió en El Pardo”.

Después de los seis años de caos que habían transcurrido desde la caída de Isabel II hasta el fracaso definitivo de la Primera República, Alfonso XII murió, víctima de sus excesos y de su grave tuberculosis, en 1885. Le sucedió como regente su segunda esposa, María Cristina de Austria, que estaba encinta de un niño que nacería rey, D. Alfonso XIII –serían sus padrinos el Papa León XIII (algo muy significativo) y la infanta Isabel, su tía–.

Poco antes de morir Alfonso XII, Cánovas había pactado con Sagasta una política convenida y artificial por la que disfrutarían del poder, uno tras otro, sus dos partidos: los conservadores y los liberales. Uno y otro subían y bajaban, como cunitas de feria, sin que el verdadero pueblo español interviniera para nada en aquel juego ni se interesase por él (cualquier parecido con la actualidad es para pensarlo).

Lo primero que hizo Sagasta, cuando tuvo el poder, fue devolver sus cátedras a quienes habían sido cesados por sus ataques a la religión. Tengamos en cuenta, que Sagasta fue durante cinco años claves (1876-1880) Gran Maestre y Soberano Gran Comendador del Gran Oriente de España. De hecho, Sagasta fue uno de los diez jefes de Gobierno español perteneciente a la masonería entre 1868 y 1936. Los catedráticos rehabilitados por Sagasta trajeron a las Universidades el krausismo con todo su ideario masónico.

Esta filosofía propugnaba un nuevo humanismo, sin dogmatismos y con un espíritu panteísta. Uno de sus representantes fue Karl Christian Friedrich Krause, cuyas obras fueron traducidas al español por un jurista, Julián Sanz del Río. A partir de este momento, el pensamiento de Krause se introdujo en los ambientes universitarios de Madrid. Entendamos que el panteísmo es una filosofía que piensa que el mundo es la única realidad verdadera: Dios, en este caso, queda reducido al mundo. Así también es el culto a la Pachamama, porque se le identifica como una representación de la madre naturaleza, pero no es solamente eso. La Pachamama es todo lo creado y es un ser personal con el que se puede dialogar, negociar, pedir protección, etcétera. El espíritu Krausista se lanzó desde ese momento a colonizar las universidades, afianzando el peso de la masonería en el mundo académico, que ya no abandonaría hasta nuestros días.

Para hacernos una idea de cómo Alfonso XIII estuvo rodeado de masones desde su nacimiento (cosa que, a la postre, le costaría el exilio y casi la vida, por no sucumbir a los deseos de la secta), como anécdota curiosa, pero muy ilustrativa, transcribimos unas palabras de Barcena de su libro “La Pérdida de España”: “El 17 de mayo de 1886, al sonar la salva número 16 en el Campo del Moro, la Plaza de Oriente era un clamor jubiloso de adhesión a la dinastía, y, concretamente, al recién nacido: eran l5 salvas para una infanta, luego acababa de nacer un rey. Poco después, Sagasta, como Jefe del Gobierno, presentaba, sobre un almohadón, al nuevo rey católico, que sería bautizado con los nombres de Alfonso, León (por su padrino, el papa), Fernando (nombre de su antepasado, el rey santo), Santiago, por el Patrón de España, e Isidro, por el de Madrid. Todo conforme a la tradición, salvo que quien traía en sus brazos al continuador de la dinastía histórica era un grado 33 ¡Y no cualquiera!”.

Otro ejemplo claro, que ilustra muy bien la farragosa acción de la masonería y cómo, por muy adepto que parezca un gobernante masón al régimen establecido (como es el caso de Sagasta, portando al rey recién nacido) es el siguiente: Ruiz Zorrilla, antiguo camarada de Sagasta en conspiraciones anti borbónicas, exiliado en Francia y creador de una consistente red de antimonárquicos masones, desde París, conspiraba y creó también una secreta Asociación Militar Republicana, contando para ello con la ayuda de Manuel de Villacampa, un militar que había participado en la Gloriosa (la revolución tras la que fue desposeída del trono Isabel II). Villacampa también era masón. En la noche del 19 de septiembre de 1886, cuando Alfonso XIII contaba solo con cuatro meses, el General, marioneta de Ruiz Zorrilla (Villacampa), al frente de dos compañías, tomaba la estación de Mediodía. Esta acción la llevo a cabo a instancias del masón Ruiz Zorrilla, para evitar que se afianzara la regencia de María Cristina (madre de Alfonso XIII). Los sublevados fusilaron en plena calle de Alfonso XII a un coronel y a un general. El levantamiento fue sofocado por el general Pavía (el mismo que dio el golpe incruento que acabó con la nefasta I República), Villacampa huyó y fue apresado, y, tras ser juzgado, fue condenado a muerte. Pero “sorpresa”: Sagasta lo indultó. Había prometido al gobierno que se cumpliría la sentencia, pero acto seguido, le concedió el indulto.

Este indulto fue claramente una exigencia de la masonería a Sagasta. Prueba de ello, es el homenaje que la logia “Comuneros de Castilla, nº 289”, le otorgó a Sagasta por causa de ese acontecimiento:

  1. “Que habéis sabido cumplir dignamente como masón, con los deberes que os imponen vuestros juramentos al ingresar en la Orden.
  2. Consignar en acta vuestro nombre como digno miembro de la masonería española, juntamente con el de nuestro querido hermano Moret”.

Y otros honores más que no mencionamos. De Moret, hablaremos más adelante.

Damos un gran salto (por no alargarnos más), aunque dejamos atrás multitud de enredos y manejos de la masonería en este periodo histórico, y pasaremos a comentar el atentado perpetrado por estos incansables enemigos de la paz y la libertad (aunque se jactan de pacíficos y libertadores) al Rey D. Alfonso XIII. Comenta Barcena: “Fue un atentado completamente masónico; sus dos autores, Francisco Ferrer Guardia y Mateo Morral, pertenecían a la Masonería, y el encubridor, José Nakens, también. El primero fue, indudablemente, el cómplice y colaborador necesario; el segundo, el cerebro y ejecutor material. Y el resultado, veintitrés muertos y sesenta heridos ensangrentando la calle Mayor de Madrid el día de la boda de los reyes; 31 de mayo de 1906.

El proceso contra Morral, Francisco Ferrer y José Nakens empezó a sufrir sospechosas demoras en medio de ocultas y crecientes presiones. En los debates parlamentarios sobre el regicidio quedó demostrada la culpabilidad de Ferrer y de Nakens. […] La sentencia absolvía increíblemente a Ferrer pese a reconocer su culpabilidad en los considerandos […]”.

Un diputado radical, muy próximo a la Masonería, reconocía que el desenlace del proceso por el atentado se debió a «presiones de todos conocidas». Presiones de la masonería, que no permitía el castigo de un indudable crimen masónico. Se pueden comparar estas circunstancias con las acaecidas últimamente en España y los indultos a los golpistas catalanes: ¿Por qué? Porque la masonería gobierna hoy como nunca en nuestro país. Nada nuevo bajo el sol.

En el siguiente capítulo veremos cómo la masonería le propone al Rey su adhesión a la misma, y al no aceptar se desencadenó todo un proceso de erosión que terminó con la salida de Alfonso XIII de España. Tras instaurarse la Segunda República, que fue aceptada por todo el mundo, ellos mismos la demolieron para intentar implantar en España el comunismo.  Fueron los responsables de la Guerra Civil.

@LaReconquistaD

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