Columna de La Reconquista | Los orígenes de la masonería (Parte XIII): El gran triunfo masónico de la expulsión de los jesuitas

Como ya dijimos en el capítulo anterior, la masonería entra en España de manera oficial con el reinado de José I Bonaparte. Pero esto no quiere decir que algunos masones chanchulleros y muy bien situados no anduviesen enredando desde tiempo atrás a favor de la secta y en contra del orden y del bien. En virtud de la aplicación de la Pragmática Sanción de Carlos III de 1767, la expulsión de la Compañía de Jesús de España y de sus dominios (1767-1814) afectó a más de 5.000 jesuitas (2.740 en España, y 2.606 en Hispanoamérica), casi una cuarta parte del total de miembros de la Compañía de Jesús. En la obsesión constante de la masonería por acabar con la Iglesia Católica, los jesuitas fueron un objetivo primordial.

La campaña contra la Compañía de Jesús comenzó en 1754, con la caída del marqués de la Ensenada, todopoderoso ministro de Fernando VI, que dio como resultado el ascenso al poder del llamado segundo equipo ministerial de Fernando VI, significativamente anti-jesuítico y masónico.

Hasta los Reyes Católicos, España luchó por la unidad. Luego, durante los dos siglos de la Casa de Austria, combatió por mantener su grandeza. Con el reinado de los Borbones pasó a protegerse a sí misma con mucha debilidad. Los reyes de la Casa de Austria, terminaron por ser totalmente españoles, pero Felipe V (primer rey Borbón), trae consigo “otras maneras”. España va a sufrir, por lo menos, en las llamadas “clases altas”, una larga temporada de influencia francesa. La masonería, a partir de ese momento, irá tomando posiciones en la corte e influenciando, poco a poco, a los reyes Borbones.

La primera alarma que se dio en España vino de un jesuita: el padre Rábago, confesor de Fernando VI, a quien venía aconsejando desde hacía tiempo, que prohibiera la secta en sus dominios. Expuso sus temores, además, en un memorial dirigido al rey: “Este negocio de los francmasones –decía– no es cosa de burla o bagatela, sino de gravísima importancia […] Casi todas las herejías han comenzado por juntas y conventículos secretos”.

Los Papas muy pronto dieron muestras del conocimiento que tenían de la secta. A la altura del reinado de Fernando VI, ya habían sido publicadas dos encíclicas condenándola: In Eminenti Apostolatus Specula (de Clemente XII en 1738) y Providas Romanorum (de Benedicto XIV en 1751). Las consecuencias de estas dos encíclicas no se hicieron esperar, la masonería ya había puesto a causa de ellas el punto de mira en la Iglesia Católica, y mucho más en la Compañía de Jesús; el máximo baluarte del catolicismo. Alberto Bárcena comenta lo siguiente en su libro “Iglesia y Masonería”: “Al igual que en su día los rosacruz, la Masonería, desde su nacimiento, contemplaba a los jesuitas como el primer escollo que debían sortear para conseguir sus fines; la Compañía seguía siendo entonces el gran baluarte del Papado a nivel universal; entre otras razones por su nivel científico que convertía sus centros de enseñanza en ejemplos de excelencia y modernidad. Solo ella podía dar la batalla a la Ilustración anticristiana con sus mismas armas: ilustración. Además, su obediencia al cuarto voto era tan firme como en los tiempos de su fundación; los jesuitas seguían siendo el «Ejército del Papa». La cuestión se complicaba por la extensión de su presencia en América, el continente en el que Inglaterra buscaba expandirse, utilizando en ocasiones las posesiones portuguesas como base de operaciones”.

La destrucción de los jesuitas fue preparada por los gobiernos de tres naciones católicas: Portugal, Francia y la propia España. Y fue el gran éxito de tres ministros ilustrados: Pombal, Choiseul y Manuel de Roda. Tres ministros masones, que habían sabido manipular y embaucar a los reyes de sus respectivos países y conseguir, de manera magistral, con mil argucias y artimañas, convencerlos de expulsar a los jesuitas de sus dominios. El primero logró su expulsión del imperio portugués en 1759, acusándoles del atentado sufrido por José I de Portugal, “el Reformador”, con el supuesto fin de crear en América un “imperio jesuítico”; Choiseul hizo prácticamente lo mismo: otro atentado, en este caso contra Luis XV de Francia, fue el pretexto para expulsarles de Francia en 1764. En el caso de España, también había que culparlos de algo. A falta de atentado real se decidió culparles del “Motín de Esquilache”. Francisco Franco, gran experto en masonería, como veremos en los capítulos siguientes, dice lo siguiente sobre este particular: “Hay, sin embargo, en nuestra Patria quienes, obedeciendo a una consigna masónica, intentan presentarnos a la masonería como una asociación filantrópica o cultural, inofensiva, ajena a las actividades políticas, la masonería en España, constituida por una exigua minoría de varios miles de afiliados, fue, siempre eminentemente política y nació entre la nobleza y elementos políticos aristocráticos para bajar luego, a través de la burguesía, a algún que otro elemento de alpargata. Un rey, dos infantes y varios duques, marqueses y otros nobles ejercieron altas jerarquías y hasta el cargo de gran comendador al correr del siglo XIX; rodean el Trono en el reinado de Carlos III bajo la sombra del todopoderoso conde de Aranda, de triste recordación. Un duque de Alba, contemporáneo de aquel Monarca, fragua el motín de Esquilache, que luego achaca, hipócritamente, a los padres jesuitas. A su muerte se retracta de sus yerros con el obispo de Salamanca, ante quien se declara autor del motín, que había organizado por odio que confesó tenía a la Compañía de Jesús. Participaron con atrevimiento en la maniobra el masón francés duque de Choiseul, el conde de Aranda, el de Campomanes, Azara y el entonces ministro de Estado don Ricardo Wall. En el expediente secreto contra los jesuitas intervinieron igualmente masones tan sólo, bajo la dirección y estrecha relación de Alba, como fueron don Miguel María de Nava, don Pedro Rodríguez Campomanes, don Luis del Valle Salazar y don Pedro Rico Egea, miembros todos destacadísimos de la gran logia española”.

La expulsión de los jesuitas fue la operación represiva de mayor escala y más compleja que jamás se había practicado hasta entonces en todo el mundo occidental. Viendo los ministros que aconsejaban al rey, no es de extrañar que, con más culpa suya o menos, sucediese lo que pasó con la orden de San Ignacio. Recogemos parte del texto de la Pragmática Sanción del rey Carlos III de 2 de abril de 1767: “SABED, que habiéndome conformado con el parecer de los de mi Consejo Real (estos son, todos los masones anteriormente citados, y es muy significativo, que diga que se había conformado con ellos, que acabaron convenciéndolo de la supuesta maldad de los jesuitas), he venido en mandar extrañar (en este contexto, significa «expulsar», no solo prohibir la orden, echar de sus dominios a los jesuitas), de todos mis dominios de España, e Islas Filipinas, y demás adyacentes a los Regulares de la Compañía. Así, sacerdotes, como coadjutores o legos que hayan hecho la primera profesión, y a los novicios que quisieren seguirles; y que se ocupen todas las temporalidades de la Compañía en mis dominios; y para su ejecución uniforme en todos ellos, he dado plena y privativa comisión y autoridad, por otro mi Real Decreto, de veinte y siete de febrero, al Conde de Aranda, Presidente de mi Consejo, con facultad de proceder desde luego a tomar las providencias correspondientes”.

Véase texto de la Pragmática Sanción.

En la película La Misión se puede ver un reflejo de la dramática expulsión de los jesuitas en Paraguay. En los virreinatos americanos, la debacle causada por dicha expulsión fue tremenda, ya que los jesuitas regentaban la práctica totalidad de escuelas, dispensarios, hospitales, universidades y muchos pueblos fundados por la orden que quedaron sin su valiosa orientación. A pesar de la orden del rey de que no hubiese muertos, José Gálvez, cuando entró en Valladolid (México), en pocos días ahorcó a 13 jesuitas. En la campaña, que duró cuatro meses, concurrieron 5000 hombres armados para defender a los religiosos y se condenaron a prisión a más de 600 personas, ejemplo claro de la popularidad que gozaban los religiosos en todo el Nuevo Mundo. Esta fue la tónica en todos los virreinatos. Entre los criollos, el dolor y la indignación fue generalizado, ya que veían marchar al destierro a sus benefactores (médicos, enfermeros, maestros y científicos) sin ningún motivo justificado.

Véase película La Misión

La expulsión de los jesuitas no era misión encomendada por el gobierno a José de Gálvez (masón), pero, buscando Carlos Francisco de Croix quien le ayudase a ello, no encontró persona más de su confianza que el visitador y sus colaboradores. De Croix, publicó un bando donde decía de los jesuitas: “Pues de una vez para lo venidero deben saber los súbditos del gran Monarca que ocupa el trono de España, que nacieron para callar y obedecer y no para discurrir ni opinar en los altos asuntos del gobierno”.

El odio y el temor de la masonería a la Compañía de Jesús, era muy grande. Temor no porque fueran beligerantes en el sentido de la guerra, sino más bien por sus grandes capacidades para transmitir al pueblo conocimientos de todo tipo. Un pueblo bien educado jamás caería en las redes de la mafia masónica, y eso no podían permitirlo.En el siglo XVI México ya tenía la Real y Pontificia Universidad, a la altura de la Sorbona de París o la Universidad de Salamanca.  Gozaba de escritores como Sor Juana Inés de la Cruz o Francisco Javier Alegre. Con todo eso había que acabar.

En España procedieron de manera parecida aunque no fue tan sangriento como en los virreinatos, pero el trato a la compañía fue brutal. Todos los masones involucrados en esta trama se congratulaban tras la épica victoria obtenida. Comenta Bárcena: “El secretario de Gracia y Justicia, Manuel de Roda, de cuya impiedad baste decir que, consumada la destrucción de la Compañía, se retrató escribiendo a su cómplice, el ministro Choiseul: “La operación nada ha dejado que desear: hemos muerto al hijo, ya no nos queda más que hacer otro tanto con la madre, nuestra Santa Iglesia Romana”.

No existe constancia de que Carlos III fuese masón, pero verdaderamente estaba totalmente rodeado de ellos y tampoco parecía importarle mucho. Con la masonería hay que estar atento y no se le puede ceder ningún terreno. Franco comenta lo siguiente: “La influencia que los masones llegaron a tener en la Corte española de Carlos III fue igualmente decisiva. Poco importaba que el rey no hubiera llegado a ser masón si consentía que sus ministros y consejeros obedecieran a las inspiraciones y los dictados de las logias. La prueba de su influencia sobre la persona real nos la da el hecho de que el rey hubiera nombrado ayo (persona que en una casa acomodada se encargaba del cuidado y educación de los niños) de su hijo, el príncipe Fernando, al príncipe de San Nicandro, francmasón reconocido que, naturalmente, había de enseñarle poco y pervertirle mucho. Si fecundos, pudieran considerarse en el orden material y constructivo los dilatados años del reinado de Carlos III, en cuyo periodo la Administración pública se distinguió por activa y eficaz, como lo pregonan las obras públicas nacionales acometidas en aquella época, sin embargo, en el orden espiritual para nuestro destino histórico no pudieron ser más dañinos”.

El mundo no ha tenido peor enemigo en toda la historia que la secta masónica. Tratan de blanquearse constantemente con la piel de oveja de la filantropía, no descansan en su lucha contra todo lo que es bueno, aunque cierto es que mantienen una red de beneficencia para pasar desapercibidos. Por desgracia, a día de hoy, siguen más operativos que nunca, y no dude el lector que la mayoría de las desgracias que acontecen a nivel mundial tienen la firma masónica. Cierto es que, como decía Don Ricardo de la Cierva, “no todos los masones son satánicos, aunque todos los satánicos son masones”. Disponen de una red amplia de asociaciones “pantalla”, y muchos se inician en pequeños seminarios o clubes como el Rotary Club y Los Leones.

Bien es verdad, que la mayoría de miembros de estos grupos acuden a ellos para promocionar profesionalmente y aprovechar esa especie de “directorio de empresa”, donde se pueden encontrar todo tipo de profesionales (que llegado el momento pueden sacar de un apuro). Juegan con la ambición y la buena voluntad de la gente porque muchos se acercan con buenas intenciones y atraídos por las buenas obras que también hacen. No hay que dejarse engañar, son lobos con piel de oveja. Aunque la gran mayoría no sean conscientes de donde se meten… No les quepa la menor duda, de que los que dirigen el “cotarro” no son gente de bien. Son adoradores de Lucifer, y esto, aunque no se entienda a la altura de esta serie, se comprenderá perfectamente cuando acabemos de exponer todo lo que pretendemos que se exponga. La masonería es la iglesia del diablo. Por eso no es de extrañar que le moleste tanto lo sagrado. Terminamos este artículo con una frase del refranero que ilustra bien lo que habría que contestar a todo aquel que nos invite a participar en algún grupo masónico o en alguna de las sociedades que controlan: “QUIEN NO TE CONOZCA, QUE TE COMPRE”.

@LaReconquistaD

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