Columna de La Reconquista | Los orígenes de la masonería (Parte XII): La masonería en España

Tras describir de manera somera en los tres últimos capítulos la influencia de la masonería en Hispanoamérica, es hora ya de abordar el papel que tuvo la secta en los acontecimientos aciagos de la historia de España. Puede parecer exagerado decir que son muy pocos los sucesos fatídicos acaecidos en nuestro país en los que no hayan tenido nada que ver “los hijos de la viuda” (así se les llama también a los masones), desde que José I Bonaparte los introdujese en España; pero no es así. Es más difícil encontrar un acontecimiento perjudicial en el que no hayan participado que hallarlos tras cualquiera de ellos. Siempre con el traje de ilustrados y filántropos pero, en realidad, vestidos de los harapos de la desgracia. Algo que nos recuerda el refrán que dice: debajo de la mata florida, está la culebra escondida.

La grandeza que España llego a tener se la debemos a monarcas de gran talla como los Reyes Católicos, Carlos V y Felipe II. Reyes que, con sus virtudes y sus defectos, tenían algo en común: su adhesión a la Fe. Reyes que escogieron ponerse al servicio del Rey de Reyes. León XIII habló muy claramente en su encíclica Humanum Genus, citando a San Agustín, de los dos ejércitos que existen en este mundo: El género humano, después de apartarse miserablemente de Dios, creador y dador de los bienes celestiales, por envidia del demonio, quedó dividido en dos campos contrarios, de los cuales el uno combate sin descanso por la verdad y la virtud, y el otro lucha por todo cuanto es contrario a la virtud y a la verdad. El primer campo es el reino de Dios en la tierra, es decir, la Iglesia verdadera de Jesucristo. Los que quieren adherirse a ésta de corazón como conviene para su salvación, necesitan entregarse al servicio de Dios y de su unigénito Hijo con todo su entendimiento y toda su voluntad. El otro campo es el reino de Satanás. Bajo su jurisdicción y poder se encuentran todos lo que, siguiendo los funestos ejemplos de su caudillo y de nuestros primeros padres, se niegan a obedecer a la ley divina y eterna y emprenden multitud de obras prescindiendo de Dios o combatiendo. En nuestros días, todos los que favorecen el campo peor parecen conspirar a una y pelear con la mayor vehemencia bajo la guía y con el auxilio de la masonería, sociedad extensamente dilatada y firmemente constituida por todas partes”.

Gracias a los Reyes que se entregaron al bando de Dios, como los anteriormente citados, España prosperó. Y por causa de Reyes que se dejaron influir por la masonería, España empezó a sucumbir. Otro brazo espiritual e intelectual del ejercito de Dios que contribuyó poderosamente a esta prosperidad fue la “Compañía de Jesús”. A día de hoy no son ni una sombra de lo que fueron, pero se les debe mucho por la tremenda labor que les fue encomendada y que realizaron con tanta eficacia. Debido a esto se convirtieron en uno de los primeros objetivos a destruir de la secta masónica.

La masonería se extendió por toda Europa a lo largo del siglo XVIII, pero España se les resistía gracias a la catolicidad de los reyes españoles que tuvieron en cuenta la multitud de condenas papales a la secta, como “In Eminenti”, “Providas” etcétera. Más de doscientas condenas hasta nuestros días. Uno de los frutos masónicos importantísimos de ese siglo fue la Revolución Francesa (como ya hemos comentado en un artículo anterior). Pero ya en el siglo XIX se introduce en España de la mano de José I Bonaparte la masonería. En Madrid se implantan logias como “La estrella de Napoleón”, “Emperatriz Josefina” y “Filadelfos”. Ni que decir que el anticlericalismo se manifestó inmediatamente bajo su reinado (prueba indeleble cada vez que la masonería entra en escena). Prohibieron de momento las ordenaciones sacerdotales, suprimieron las órdenes masculinas, y los religiosos fueron exclaustrados miles de ellos, y puso en marcha una nueva desamortización de los bienes eclesiásticos. Para eso, José Bonaparte contaba con el apoyo de Napoleón y de la masonería. Se sirvió de los masones, como en Francia hicieran los Bonaparte, para controlar las instituciones, principalmente el ejército, la policía y la judicatura.

No consigue arraigarse la secta en España debido al carácter de guerra total en la que estaba envuelta y que luchaba por su independencia. La aportación de los guerrilleros fue decisiva; en algunas zonas llegaron a organizarse estructuras muy sólidas: el pueblo reaccionó defendiéndose del invasor, y se puede decir, que existía el espíritu de estar protagonizando una «cruzada». José Bonaparte llegó a decir a su hermano Napoleón: “no controlo más que el suelo que piso”. Pero tras acabar la guerra en 1814, ya se empezó a dibujar el boceto de las “dos Españas”, algo que se irá consolidando poco a poco hasta nuestros días. Dos Españas, que en el fondo son dos posturas ante la vida. Una, religiosa (o, como mínimo, impregnada de cultura cristiana) y la otra, manejada por la masonería (y cuyo objetivo es destruir a la primera).

Napoleón propició la creación de logias masónicas en todo su imperio, utilizándolas como un instrumento político favorable a sus propios intereses. Aunque nunca perteneció a la Orden, todos los miembros de su familia se iniciaron en la masonería y llegaron a alcanzar puestos preeminentes. Una vez expulsados los franceses de España, se restableció el reinado de Fernando VII y se desarrolló un intenso combate contra la “incipiente” masonería española.

Con el pronunciamiento de Riego de nuevo recobró vigencia la masonería española. Durante el Trienio Liberal, funcionaron en España cuatro logias: una en Madrid (“Los Amigos Reunidos de la Virtud”, dependiente del “Grande Oriente de Francia”), otra en Rubí y dos en Cádiz (una de estas, “La Esperanza”, bajo los auspicios de “La Gran Logia Unida de Inglaterra”). El 1 de enero de 1820 el teniente Rafael del Riego se pronunció en Las Cabezas de San Juan a favor de la Constitución. Contaba con varios batallones del Ejército acantonado en Andalucía para marchar hacia América con la intención de sofocar el proceso independentista, pero en lugar de hacerlo, decidió rebelarse contra la monarquía y dar un golpe contra Fernando VII.

España había enviado anteriormente una expedición a las provincias americanas para frenar el proceso independentista, liderado por el general Morillo, que tuvo bastante éxito, pero que no llegó a sofocar la rebelión por completo. Éxito relativo pero contundente, porque hasta los “libertadores” se estaban planteando desistir de su intento. Para rematar el asunto, Fernando VII se dispuso a enviar otro contingente para cerrar la cuestión y sofocar definitivamente el levantamiento. Esta era la misión del Teniente Riego, pero éste, en lugar de cumplir con lo encomendado, se le ocurrió (en lugar de embarcar para el Nuevo Mundo) dar un golpe militar a la Corona en vez de ayudar al primer contingente que definitivamente hubiese puesto fin al levantamiento.

Sin la menor de las dudas podemos decir que este desacato perpetrado por Riego vuelve a ser una traición masónica. Los principales organizadores del levantamiento llevado a cabo en Las Cabezas de San Juan –Riego y Quiroga– eran masones. A Riego, por llevar a cabo esta acción, lo ascendieron a Gran Maestre de la Logia Nacional. Tras estos dos militares (Riego y Quiroga) se encontraba también Don Juan Álvarez Méndez (más conocido como Mendizábal), un hombre entregado a los intereses británicos toda su vida y masón perteneciente al supremo consejo del grado 33. Don Alberto Barcena, en su libro “La Pérdida de España”, apunta lo siguiente sobre este personaje: “Entre los principales propagandistas del motín, aparte de Alcalá Galiano, estaba otro masón, entregado a los intereses de Inglaterra; amigo de Nathan Rothschild desde su exilio londinense; gaditano y tan judío, por su madre, como los que, desde Gibraltar, les financiaban”.

Ni qué decir que el trienio liberal que vino tras estos episodios se caracterizó, como no podía ser de otra forma, por la desamortización de los bienes eclesiásticos (que no fueron a parar a manos de los campesinos sino de la burguesía), y por una atroz persecución religiosa, sello indeleble de la masonería en todas sus revoluciones. El gobierno rompió relaciones con la Santa Sede y expulsó al nuncio en 1823. También fueron desterrados ocho obispos, otros cinco huyeron y uno, el de Vich, fue asesinado. No lo asesinaron delincuentes comunes, fue fusilado por las tropas de Espoz y Mina, recién nombrado capitán general de Cataluña. El ataque a la Iglesia no se producía solamente a golpe de leyes; en la prensa y en el parlamento se la difamaba a diario. Anteriormente, se había decretado la expulsión de los jesuitas; ya la segunda, y no sería la última. Comenta Bárcena en su libro: “Se cerraron 1701 conventos, que eran la mitad de los que había en España; y los frailes fueron exclaustrados, como en el reinado de Bonaparte, o en la Francia revolucionaria; el programa era el mismo: primeramente, los bienes del clero regular, luego se expulsaba a dicho clero, dejándolo en la indigencia. Porque el Estado se apropiaba, sin indemnización de ninguna clase, de todas sus propiedades, siguiendo las directrices de las Cortes de Cádiz. Además, quedaban prohibidas nuevas fundaciones: así, la total desaparición de frailes, monjes, y monjas era solo cuestión de tiempo”.

Durante todo el Trienio Liberal hay dos conceptos que van totalmente unidos: masonería y liberalismo.  El Partido Liberal funcionaba a las órdenes de las logias. Todas las variantes que se dieron dentro del liberalismo español (progresistas, demócratas y republicanos) fueron variantes que anteriormente se habían dado dentro de la misma masonería. Por lo tanto, el golpe de Riego sin duda ninguna fue fruto de una conspiración masónica, llevada a cabo por masones. Tras el golpe de Riego, se desencadena una guerra civil. De nuevo se crea una situación parecida a la de la Guerra de la Independencia. Partidas de guerrilleros se echan al monte a defender el antiguo régimen.

Entre estos guerrilleros cabe destacar la figura del “cura Merino” (Jerónimo Merino Cob (Villoviado, Burgos, 30 de septiembre de 1769Alenzón, 12 de noviembre de 1844, sacerdote y líder guerrillero español durante la Guerra de la Independencia Española), que habiéndose rebelado contra los franceses, también lo hizo contra los golpistas del masón Riego. Fernando VII se encontraba cautivo en Cádiz (había sido llevado allí por los liberales). Es entonces cuando entran en España “Los Cien Mil Hijos de San Luis”. La caída de Napoleón supuso un movimiento de recuperación del absolutismo en toda Europa. Francia no estaba dispuesta a que cayese el Antiguo Régimen, y puso todo su empeño en restaurar la monarquía borbónica en España. Luis XVIII declaró: “Cien mil franceses están dispuestos a marchar invocando al Dios de San Luis para conservar en el trono de España a un nieto de Enrique IV”. El monarca francés –que se había sumado a la Santa Alianza con Prusia, Rusia y Austria– estaba decidido a acabar con el liberalismo del General Riego, que había restaurado la Constitución de Cádiz de 1812.

Los primeros movimientos para acabar con el gobierno liberal surgieron en Navarra y Cataluña, pero el ejército realista fue derrotado por las fuerzas del gobierno. En enero de 1823, Francia retiró a su embajador y comenzaron a planificar la acción militar que llevarían a cabo en España unos meses después. El mariscal Bon Adrien Jeannot de Moncey lideró las tropas que tenían como misión llevar a Fernando VII de nuevo al trono. En total, los franceses eran poco más de 90.000 soldados, a los que se sumaron los realistas españoles que habían perdido en su primer enfrenamiento. El ejército oficial sumaba 120.000 combatientes, mal preparados y desmoralizados, que solo ofrecieron resistencia en algunas ciudades de Andalucía y fueron incapaces de hacer frente a los Cien Mil Hijos de San Luis. La última plaza en rendirse fue Cádiz, que acabó haciéndolo en el mes de octubre. 

La monarquía quedó restablecida, pero la masonería quedó más operativa que nunca. Tras la muerte de Fernando VII y durante el reinado de Isabel II la masonería vuelve a la carga, pero esto lo explicaremos en el próximo número, ya que es un deber para nosotros no solo decir la verdad, sino mostrar la causa de la falsedad.

@LaReconquistaD

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