Columna de La Reconquista | Los orígenes de la masonería (Parte XI): Consagraciones y Gabriel García Moreno

En las dos últimas entregas hemos abordado la cuestión de la masonería en América del Sur. Hemos tratado el papel decisivo que tuvo la masonería en la independencia de los virreinatos americanos (a pesar de la oposición del pueblo llano), y, por otro lado, el nivel de responsabilidad que se les puede asignar en el estallido de la Guerra Cristera (que es básicamente del cien por cien), paradigma moral de guerra justa. No podemos terminar esta serie americana sin tratar el asesinato de Gabriel García Moreno (Presidente de Ecuador), víctima del odio masónico y primer mandatario que consagró un país al Sagrado Corazón de Jesús. Asunto éste (de las consagraciones) que trataremos en primer lugar.

Un episodio de la historia de Francia hace que nos tengamos que plantear la influencia que tiene el Cielo en la tierra cuando nos alineamos con la voluntad de Dios: las revelaciones de Santa Margarita María de Alacoque, una monja visitandina (es una orden religiosa católica fundada por san Francisco de Sales y santa Juana Francisca Frémyot de Chantal), que vivió en el convento de Paray-le-Monial durante la época del Rey Sol, y que recibió gracias místicas singulares, en particular con respecto al Sagrado Corazón de Jesús.

El asunto de las consagraciones siempre ha sido una empresa arriesgada. Esto quiere decir que todo gobernante que ha tomado la determinación de consagrar su país al Sagrado Corazón ha sido observado muy detenidamente por la masonería. Cosa curiosa, porque si ellos no creen en estas cosas, no se entiende la razón de su odio visceral a este tipo de prácticas (es ironía, sabemos que practican el satanismo). El movimiento de la devoción al Corazón de Cristo lo inició el Papa Inocencio XIII a raíz de las apariciones a la religiosa francesa Santa Margarita María de Alacoque (1647-1690), que había contemplado el Divino Corazón: “En un trono de llamas, más brillante que el sol, y transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado de una corona de espinas y significando las punzadas producidas por nuestros pecados, y una cruz en la parte superior”.

En 1689 Jesús encargó (a través de una revelación particular) a Santa Margarita que pidiera a Luis XIV la consagración de Francia a su Corazón, y, aunque ella fue personalmente a la Corte el rey hizo caso omiso (algunos historiadores observan que, justo a los cien años, se inició la sangrienta Revolución Francesa).

Los sucesivos reyes de la Casa de Borbón tampoco la llevan a cabo, y Luis XVI, ya prisionero en plena Revolución Francesa en el Temple (una fortaleza medieval de París, situada entre  los actuales distritos parisinos III y IV, célebre por haber servido como prisión a Jacques de Molay, último Gran Maestre de los Templarios), formula el voto de consagrar el reino, si vuelve a recuperar la libertad. Esto no llego a ocurrir, porque como todos sabemos, murió guillotinado. No se entiende muy bien porqué reyes tan piadosos (algunos) no realizaron este acto, aunque, por otro lado, sí es comprensible, por lo que este tipo de ceremonias pueden llevar aparejados para dichos mandatarios. Un exponente claro del peligro que encierran las consagraciones es el caso de Gabriel García Moreno (Guayaquil, 24 de diciembre de 1821-Quito, 6 de agosto de 1875, estadista, abogado, político, periodista, escritor, militar y poeta que ejerció como Presidente de la República del Ecuador). García Moreno es el primer presidente que realizó este acto en la historia de las consagraciones. La llevó a cabo en 1873, y dos años después lo asesinan justo delante de la Catedral de Quito (asesinato por encargo de la masonería). Lo llevaron a morir bajo el altar de Nuestra Señora de los Dolores, y lo último que dijo a sus asesinos fue: “Dios no muere”, porque sabía muy bien a qué se debía su asesinato. Lo asesinaron a golpes de machete y de balazos (catorce machetazos y seis balazos), con mucha saña.

Aparte de la consagración, este presidente había mantenido un trato de protección a la Iglesia durante todo su mandato (dos mandatos). Había firmado un concordato con la Santa Sede, y en pocas palabras, se había involucrado con la defensa de la Fe. La guinda para “ganarse esa muerte” fue la consagración, algo que ya no le perdonó la masonería, que lo tenía “enfilado” hacía tiempo. Fue perfectamente consciente del peligro que corría y supo de antemano, que querían asesinarlo. Prueba de ello son dos cartas que escribe, una a un amigo y la otra al Papa Pío IX, donde a los dos les dice que las logias masónicas están planeando su asesinato.

Después de ser elegido para un tercer mandato, García Moreno escribió inmediatamente al Papa Pío IX para pedirle su bendición antes de su investidura el 30 de agosto (hubiese sido la tercera investidura): “Deseo obtener su bendición antes de ese día, para tener la fuerza y la luz que tanto necesito para ser, hasta el fin, un hijo fiel de nuestro Redentor y un sirviente leal y obediente de Su infalible vicario. Ahora que las logias masónicas de los países vecinos, instigadas por Alemania, vomitan contra mí todo tipo de insultos atroces y calumnias horribles, ahora que las logias están organizando en secreto mi asesinato, tengo más necesidad que nunca de la protección divina para que pueda vivir y morir en defensa de nuestra santa religión y de la amada república que una vez más estoy llamado a gobernar”.

Curiosamente, apunta a Alemania como centro masónico donde se ha tomado la decisión de asesinarlo, y concretamente habla del “Gran Maestre Bismarck” (Otto von Bismarck de Alemania, masón de grado 33, con quien contó Albert Pike para unir a todos los grupos masones en la antigua orden del Consejo Soberano de la Sabiduría), y comenta textualmente en la carta: “Las logias están empeñadas en hacer caer el gobierno de esta pequeña república”.

Posteriormente mataron también al Arzobispo de Quito, José Ignacio Checa y Barba (en la mañana del 30 de marzo de 1877), mientras celebraba la misa del Viernes Santo en la Catedral de Quito: cayó violentamente fulminado al beber el vino del Cáliz Sagrado, que había sido envenenado con estricnina). Tras su muerte, se generó una reacción anticatólica fuerte, pero para eso había que quitar de en medio al Presidente primero, porque no lo hubiese consentido. Beatriz Margarita Conte de Fornés, en un estudio titulado “GABRIEL GARCÍA MORENO: LA HISTORIA Y LA HISTORIOGRAFÍA”, dice lo siguiente: Sin duda no lo mataron solamente por su obra católica. Hubo algo de venganza personal en Rayo (Faustino Lemus Rayo, el asesino que le asesto los machetazos) y mucho de romántico amor a la libertad en Montalvo (Juan Montalvo, escritor que escribió incitando a su muerte), autor moral del asesinato. Pero tampoco hay duda de la participación de la masonería en el crimen. Todo el Ecuador, el de ese tiempo como el de ahora, tiene la certeza de que García Moreno murió por su Fe. Y así lo han creído Pío IX y León XIII, y ya sabemos que no existen en el mundo entero hombres mejor informados que los Papas”.

El Diccionario de la Real Academia Española define al mártir como a la “persona que muere o sufre grandes padecimientos en defensa de sus creencias o convicciones”. Bajo esta compresión del término no cabe la menor duda del martirio de Gabriel García Moreno. El presidente ecuatoriano fue asesinado por sus creencias y por cómo ellas habían impregnado la gobernanza del país, en beneficio de la moral y en menoscabo de la corrupción, en todas sus manifestaciones. Todo su gobierno estaba impregnado esa moral cristiana que tanto enfurecía a la masonería.

También consagró el Rey D. Alfonso XIII España al Sagrado Corazón. Fue un acto heroico el que llevo a cabo el rey, ya que lo hace en tiempos muy convulsos; la masonería le ofreció conservar el trono a cambio de ciertas condiciones, cosa a la que el rey se negó. Gobernaba por aquel entonces José Canalejas, que estaba considerado como un representante del ala moderada del Partido Liberal (y quien, sin embargo, se vio obligado a llevar a cabo una política laicista y antirreligiosa para compensar el haber cortado sus alianzas con los revolucionarios). Una de las cuestiones por las que más se recuerda a Canalejas como presidente del Gobierno fue la famosa “Ley del Candado”, por la cual se impedía el establecimiento de nuevas órdenes religiosas en España y se limitaba la capacidad de las existentes para la enseñanza. Por lo tanto, se ponían las bases para una enseñanza estatal laica y no religiosa.

Además, permitió por primera vez que los protestantes pudieran llevar a cabo su culto público en España. Todo esto provocó una gran respuesta cívica y social por parte de los sectores religiosos y conservadores, que estaban apoyados por el Papa San Pío X y la jerarquía episcopal española, que entonces se mantenía muy fiel a la Doctrina. Las relaciones entre España y el Vaticano quedaron rotas. Esta historia la abordaremos con más detalle en un próximo artículo.

Como vamos viendo a través de esta serie (y todos los datos son comprobables), la masonería lleva siglos intentando cambiar la moral cristiana por una moral diabólica (aunque muchos de sus miembros no lo sepan). No entienden de derechas ni de izquierdas, su objetivo es hacerse con todo y con todos. El sacerdote Manuel Guerra Gómez, en uno de sus trabajos, nos cuenta el desmesurado poder de esta organización secreta. Ante la pregunta: ¿Es correcta la identificación de masonería e izquierda política en España? Contesta lo siguiente:Los presidentes de la Segunda República eran masones, y muchos de los ministros también. Casi todos los líderes históricos de la Esquerra Republicana de Catalunya lo son y el anterior presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, también. Tradicionalmente en la derecha española no ha habido masones, pero en el Partido Popular de ahora sí los hay. Están infiltrados en la cúpula directiva del partido, y en concreto en Galicia, Canarias y también en el PP vasco desde que Iturgaiz, Mayor Oreja y San Gil dejaron de liderarlo”. Quizás esto explique por qué en ocasiones PP y PSOE van tan de la mano y apoyan a “El País”.

@LaReconquistaD

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