Columna de La Reconquista | Los orígenes de la masonería (Parte X): La Guerra Cristera

En el anterior capítulo vimos el destacado papel que jugó la masonería en las revueltas americanas. Más que «destacado», pensamos que fue directamente «determinante» para el proceso de independencia que se llevó a cabo. Los principales próceres de la secesión de América fueron conspicuos miembros de logias masónicas. En 1810 la inmensa mayoría de los americanos querían seguir siendo españoles, pero los independentistas contaron con el apoyo de Inglaterra para conseguir sus fines.  El escritor José Antonio Ullate, autor de “Españoles que no pudieron serlo. La verdadera historia de la Independencia de América”, dice lo siguiente: “La estrategia de los independentistas no fue abiertamente anticlerical: No debemos llamarnos a engaño. La inmensa mayoría de la población era católica. San Martín y Bolívar, por ejemplo, implantaron normas que prohibían la blasfemia en sus ejércitos y hasta imponían la religión católica como oficial en algunas constituciones. Sin embargo, las políticas que instauraron fueron de secularización, particularmente en la enseñanza y el derecho civil. Se trataba de ahogar a favor de la corriente. El catolicismo que propugnaron los independentistas y que se afianzó desde entonces era fundamentalmente una intensa piedad privada, sin relevancia política. El poder revolucionario, adquirido con apoyo de la parafernalia y el culto católico, se convirtió en totalmente secularista y masónico en América”.

Fueron ahogando la práctica religiosa poco a poco, pero llegado el momento, la táctica cambió, y lo que empezó siendo una artimaña silenciosa y paulatina, dio paso a una estrategia directa y sin subterfugios; esto fue lo que aconteció en México. En ese país se pasó al ataque directo contra la religión, a prohibirla en sus más simples manifestaciones públicas. Toda esta represión sufrida por el pueblo mexicano fue la que derivó en lo que se ha dado en llamar “La Guerra Cristera”. Javier Olivera Ravasi en su libro “La Contrarrevolución Cristera” dice así: “El grito habitual de aquellos héroes: «¡Viva Cristo Rey!», les mereció el nombre sarcástico de “cristeros”, dado por sus enemigos; llegó a ser no solo una simple consigna o fórmula de reconocimiento, sino toda una definición. Cuando San Agustín trató de “Las Dos Ciudades”, no dejó de señalar que cada una de ellas tenían su propio rey: el de la ciudad de Dios era Cristo y el de la ciudad del mundo era Satanás. Nada, pues, de extraño que los dos ejércitos contendientes vivaran a sus respectivos «Capitanes». A la pregunta de los «federales», es decir, de los soldados del Gobierno perseguidor: “¿Quién vive?”, los cristeros siempre contestaban: “¡Viva Cristo Rey!”. Los adversarios, por su parte, no vacilaban en gritar: “¡Viva Satán!”. Tratóse, realmente, de una guerra religiosa”.

Comparte esta guerra dos características muy visibles con la Guerra de La Vendée (genocidio de católicos, perpetrado dentro del marco de la Revolución Francesa), y son: que se ha borrado de la memoria histórica, por un lado. Y por otro, que se llevó a cabo un genocidio de católicos con la idea clara de eliminar la fe que profesaba el pueblo.

La cultura mexicana tenía arraigada la Fe de manera muy profunda. Hernán Cortes, tras conquistar las tierras aztecas, vio la necesidad imperiosa de traer misioneros. Los trajo del mismo lugar de donde él había salido, que era Cuba. Pidió que vinieran los misioneros más santos que encontrasen y le mandaron a 12 franciscanos (se les conoce, como los “Doce Apóstoles” en la historia de México). Cuando llegaron, para hacerles ver a los indios la importancia de estos religiosos, Cortes se bajó del caballo y arrodillándose ante ellos, le besó la túnica al más cercano. Con ese gesto, Cortes les transmitió a los indios que los misioneros eran más importantes que él. Desde entonces, en lo que más tarde sería «México», quedó grabado en lo más profundo del pueblo un hondo respeto por los sacerdotes.

El asunto de la “guerra cristera” se empezó a gestar ya en el año 1856, con la “Ley Lerdo”, ley de desamortización de las fincas rusticas y urbanas de las corporaciones civiles y religiosas, expedida el 25 de junio de 1856 por el presidente Ignacio de Comonfort (masón del Supremo Consejo de Rito Escocés), y se llamó “Ley Lerdo”, por el papel relevante que tuvo Sebastián Lerdo de Tejada (masón también) en su formulación y ejecución. Esta ley tuvo como consecuencia que muchas de las fincas quedaran en manos de extranjeros y dieran origen a los latifundios o grandes extensiones de tierra en años posteriores.

Expropiar los bienes de la Iglesia viene siendo el primer paso en toda revolución de corte masónico, junto con expulsar a las órdenes religiosas y eliminar la religión de los centros escolares. Tenemos el caso de las de Godoy, Mendizábal y Madoz en España (masones, por supuesto): nunca solucionaron nada con ellas, sino que crearon mayor pobreza. Jamás  acabaron estos bienes en manos humildes. En el caso de Madoz, él mismo compró muchas de esas tierras que mando expropiar.

Nos centraremos ya en el tema mexicano. La masonería aparece en México hacia el año 1806. José María Mateos, fundador del Rito Nacional Mexicano, en su libro titulado “Historia de la masonería en México desde 1806 hasta 1884”, publicado con la autorización del Supremo Gran Oriente del mismo rito, comenta lo siguiente: “¿Desde cuándo fue introducida (la masonería) entre nosotros? (…). Desde el año 1806. Desde esa época sola data la masonería en México, pues no hay constancia alguna de que antes de ella se hubiera establecido ninguna logia. La vigilancia que se establecía por el gobierno y la absoluta prohibición de toda reunión que pudiera infundir sospecha tenía a los mexicanos en un completo aletargamiento”.

En 1858 llega al poder el indio Benito Juárez, que pertenecía a la secta masónica. Juárez es el presidente que iniciará una campaña para acabar con la religión católica. Su mandato duró unos catorce años, y le sucedió Porfirio Díaz, que, aunque masón también, frenó un poco dicha persecución pensando, con buen criterio, que perseguir a la Iglesia en México, donde el cien por cien del pueblo era católico, era perseguir al pueblo. Durante los treinta años que duro su mandato la Iglesia disfrutó de cierta paz, ya que contuvo a los grupos más anticlericales. En 1917 subió al poder Venustiano Carranza (masón, cómo no), partidario de la importancia de reformar la Constitución de 1857 para formalizar y estructurar un gobierno liberal que retomase principios masónicos de organización en el gobierno. En ese año se modificó la Constitución, y la nueva pasó a conocerse como “Constitución de Querétaro”. La anterior era ya bastante anticatólica, pero esta nueva la superó.

Con la Constitución de 1917, la famosa “Constitución de Querétaro”, el ala liberal y más radical comenzará un movimiento ascendente hacia el socialismo que culminará con una persecución hacia la Iglesia Católica como nunca antes se había visto en Hispanoamérica. Citemos algunos párrafos extraídos del libro de Ravasi para comprender mejor el «espíritu» de la famosa Constitución de Querétaro; en una de las intervenciones, cierto político dijo: “Señores diputados: Si cuerdas faltan para ahorcar tiranos, tripas de fraile tejerán mis manos. Así empezaba yo mi discurso de debut en la tribuna de Méjico hace algunos años, y he citado esto para que la asamblea se dé cuenta de mi criterio absolutamente liberal… Yo aplaudiré desde mi curul (silla que ocupa un diputado) a todo el que injurie aquí a los curas… Todos sentimos odio contra el clero… Sí, en este punto, todos estamos conformes, liberales y radicales; sí, todos, si pudiéramos, nos comeríamos a los curas”.

Esta Constitución se plasmó en leyes muy concretas, como por ejemplo en el Estado de Tabasco: para ser sacerdote, se debía ser tabasqueño, mayor de 40 años, con estudios en la escuela oficial, ser casado y de “buena moralidad”. Estaban en contra de toda práctica religiosa, incluso de la confesión. Decían lo siguiente: “Cada mujer que se confiesa es una adúltera y cada marido que lo permite es un alcahuete y consentidor de tales prácticas inmorales”.

La confesión no sería el único símbolo del catolicismo en atacarse. México, que se declaraba 99% católico y 100% guadalupano, sufriría enormemente si algo le sucediera a la tilma dejada por la aparición milagrosa del Tepeyac: la imagen de la Virgen de Guadalupe, como sucedió. El 14 de noviembre de 1921, Juan M. Esponda, funcionario de la secretaría particular de la presidencia de la República, se acercó hasta el Santuario de la Virgen de Guadalupe, en el Distrito Federal, y depositó en medio de un ramillete de flores un cartucho de dinamita, al pie de la venerada imagen. Luego de la explosión, el desdichado Esponda intentó huir y, si salvó la vida, fue gracias a un grupo de soldados que evitó su linchamiento. Según las fotos de la época, los daños fueron considerables, sin embargo, por un fenómeno inexplicable, el vidrio que cubría la imagen no se había roto, mientras que el crucifijo de bronce que se encontraba sobre el altar de la Virgen quedó arqueado como si hubiese defendido a Su Madre de la explosión.

Ante este estrepitoso atentado, los socios de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, junto con demás organizaciones, planearon una serie de actos de desagravio, tales como marchas y protestas en sitios públicos; la mayor de ellas se llevó a cabo el 18 de noviembre, en el espacio del centro histórico de la Ciudad de México, en el cual se encontraron con los bomberos de la ciudad, quienes fueron bloqueados por los mismos manifestantes. Ponemos este ejemplo, porque después intentaremos demostrar que los mexicanos cumplieron perfectamente con todos los pasos requeridos moralmente para organizar la defensa armada.

En este ambiente de represión, en 1924 llega al poder Plutarco Elías Calles. Era masón grado 33 y, en premio a su implacable campaña de persecución nacional contra el catolicismo, le fue impuesta el 28 de mayo de 1926, de manos del supremo gran comendador del Rito Escocés, Luis Manuel Rojas, la medalla del Mérito Masónico. Calles nacionalizó la Iglesia, y buscó un sacerdote díscolo (“El Padre Pérez”) y lo puso al frente de su «iglesia», dándole el título de «Patriarca de México». Sea como fuese, todo el odio religioso que se mostraba de parte del gobierno no hacía sino aumentar la devoción y el enojo de las masas. Cometieron todo tipo de sacrilegios en las Iglesias. Jean Meyer (historiador francés naturalizado mexicano en 1979, distinguido por sus investigaciones y obras acerca de la Guerra Cristera), que no es justamente un hombre «de Iglesia», relataba en su juventud no sin cierto asombro: “Los sacerdotes reconocían al diablo en aquellos militares que oficiaban poniéndose los ornamentos al revés, que leían al revés libros puestos al revés, con gafas opacas, y en aquellos soldados que se entregaban a comilonas y bailoteos en las iglesias, organizando aquelarres, bailando con las vírgenes, desnudando a las santas, fusilando a los Cristos, haciendo el amor, orinando y defecando sobre los altares”.

El gobernador Ambrosio Puente decretó en Morelos: “Toda persona que pida algún sacramento a los sacerdotes será pasada por las armas”. Y el general R. González, en Michoacán: “Toda persona que facilite alimentos, dinero a los rebeldes, así como presentar hijos a que se los bauticen o presentarse a verificar matrimonios o escuchar sus prédicas, serán pasados irremisiblemente por las armas”.

Todos estos desmanes llevaron al pueblo a levantarse en armas. Una guerra que cumplió con los principios morales para llevarse a cabo. El Padre Ravasi comenta lo siguiente en su libro: “Es en San Agustín donde la reflexión de los Padres encuentra su expresión más madura. En ella, la guerra aparece como una lamentable realidad que, para ser lícita, necesita cumplir una serie de características, algunas de las cuales han pasado hasta nuestros días como condiciones indispensables para que se pueda justificar una reacción armada ante una grave injusticia. Extraídas de fragmentos recogidos en obras diversas, estas condiciones establecidas por el obispo de Hipona son cinco: a) una causa justa; b) que tenga como finalidad la paz; c) rectitud de intención al pelear; d) agotar antes el recurso del diálogo y e) que sea una autoridad legítima quien la declare”.

Podemos resumir el concepto de la “Guerra Justa” en tres pasos fundamentales: Resistencia pacífica legal (recopilación de firmas, manifestaciones, etcétera); resistencia pacífica ilegal (paros, boicots, etcétera), y resistencia armada (defenderse). Estos pasos se dieron perfectamente en la Guerra Cristera. Este asunto daría para mucho más, pero habiendo excedido ya los límites de un artículo, en un futuro haremos una serie. Siempre se repite el mismo formato en los disturbios creados por la masonería: el odio a la Iglesia y su devoción diabólica. Esta última se manifiesta de manera recurrente en todas las revoluciones masónicas contra la Iglesia. En este caso recordemos que el grito habitual de los “Cristeros” era: “¡Viva Cristo Rey!”. Y Los adversarios, por su parte, no vacilaban en gritar: “¡Viva Satán!”. Tampoco hay que olvidar que en las primeras persecuciones religiosas de España tras la muerte de Fernando VII, los que mataban a los sacerdotes coreaban unos versos que decían lo siguiente: “Muera Carlos, viva Isabel. Muera Cristo, viva Luzbel”. Y no olvidemos nunca que siempre tras este tipo de soflamas…, siempre, está la masonería. Habrá que preguntarse: ¿por qué?

@LaReconquistaD

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