Columna de La Reconquista | Los orígenes de la masonería (Parte IX)

Una de las perversiones más surrealistas del mal o del diablo o de sus seguidores, es la táctica de culpar a los demás de acciones que ellos mismos han cometido. Es como lavar la propia imagen ensuciando la ajena, o arrojar al inocente la culpa propia. Esto es un paradigma clásico de los inventores de la «Leyenda Negra». Esto requiere un alto grado de maldad o perversión (no avergonzarse del mal causado y encima culpar al inocente de eso mismo), pero es tan real como la vida misma. Negar el mal cometido es un acto corriente, pero acusar a otros de los delitos propios (y, de camino, ocultarlos) requiere una dosis mayor de maldad.

En este artículo analizaremos las causas de la pérdida de los virreinatos americanos que pertenecieron a España, y cómo su independencia no fue una petición de los habitantes de esas provincias, no surgió de la inquietud del pueblo, sino que (como era de esperar) fue por arte y obra de la masonería. La presencia española en América fue muy prolongada. Empieza con el Descubrimiento de América en 1492 y concluye con la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1898 (que supuso el fin de las posesiones de España en ultramar). España no colonizó aquellas tierras (la palabra «colonia» significa “territorio establecido por gente que no es de ahí”), podríamos decir que las “adopto” y se fusionó con ellas. El Virreinato sería una institución típica de la monarquía hispánica. Marcelo Gullo refiere lo siguiente en su libro “Madre Patria”: “En 2008, el primer ministro de Australia, Kevin Rudd, pidió perdón a los aborígenes públicamente, por vez primera en la historia del país, por el dolor y el daño causados en el pasado. Sus palabras asombraron al mundo, porque la mayoría de los habitantes del planeta desconocían tanto el hecho de que Australia estuviese poblada en el momento de la llegada de los ingleses, como el de que Inglaterra hubiera llevado a cabo una política de exterminio sistemático de la población originaria de Australia”.

No hace falta decir que la misma táctica se llevó a cabo en América del Norte con los indios. ESPAÑA CONSTRUYÓ UN IMPERIO, INGLATERRA UN IMPERIALISMO. Es una gran paradoja que los máximos responsables de la creación de la Leyenda Negra Española sean los que en realidad se comportaron de la manera que nos imputan con los territorios que ellos conquistaron. Dice Gullo lo siguiente: “No vamos a discutir ahora si Inglaterra cometió un genocidio en Australia, como todo hace suponer. Nos basta con remarcar que en Australia no hubo ni un Martín Cortés, ni un Garcilaso de la Vega, ni una Leonor Cortés; que no hay ninguna mujer indígena en la historia de Australia que se asemeje a Isabel Moctezuma, Leonor Yupanqui o Elvira de Talagante, y que Gran Bretaña no envió profesores a Australia, sino presos. En el caso español, no hay relación metrópoli-colonia –no hay imperialismo, sino imperio– cuando hay mestizaje y educación de altísima calidad, de excelencia, que permite a los mestizos llegar a ser destacados, reconocidos y admirados poetas, novelistas, historiadores, filósofos y militares. Por el contrario, las obras realizadas por Inglaterra en todos los territorios en donde pudo poner su mano demuestran que debemos hablar con propiedad de «imperialismo inglés» y no de «Imperio inglés»”.

España dio el estatus de provincias a los territorios americanos, y ya desde el principio los Reyes Católicos promovieron el mestizaje entre españoles e indígenas. España contribuyó a la civilización y evangelización de los indígenas americanos, mezclándose con ellos y aboliendo los asesinatos sacrificiales que se contaban por miles todos los años. Esta gesta llevada a cabo por España nunca fue perdonada por la masonería. España unió (en lugar de someter) a un continente, al contrario de la práctica masónica, que es desunir para vencer. En el nuevo proceso masónico de recuperar todo lo precolombino, no estaría mal preguntarse si también querrán recuperar los sacrificios humanos.

El lugar más destacado dentro del proceso “libertador” de los virreinatos lo tiene el criollo (nacido en el continente americano, pero de origen español) Sebastián Francisco Miranda, que desde Venezuela se traslada a la península para iniciar su carrera militar, estableciendo así un vínculo con la Corona de España y llevando a cabo exitosas campañas militares y obteniendo gran reconocimiento por su labor. Su conversión a la masonería se empieza a fraguar tras participar en la batalla de Pensacola, episodio clave para la independencia de Estados Unidos de Inglaterra y en el que España tuvo una gran relevancia.

Tras este episodio, Miranda conoce al Marqués de Lafayette, y será éste quien lo apadrine en su ingreso en la masonería en 1783, donde desarrolla una carrera importante dentro de la secta. A partir de ese momento, Miranda deja de ser un fiel oficial español para convertirse en un conspirador contra la Corona. Creó organizaciones masónicas, que son fundamentales para entender la independencia americana, y llegó a participar en la Revolución Francesa. Poco a poco se va granjeando amistades de altos masones ingleses, y en esa misma medida va desarrollando un odio visceral a España.

Estableció una logia llamada La Gran Reunión Americana, que dependía de la Gran Logia de Inglaterra, donde iban de la mano los intereses ingleses con los de la masonería española, fundamentalmente compuesta por criollos como Bernardo O’Higgins Riquelme, hijo de un virrey del Perú. La astucia de esta secta es, como poco, admirable, pues siempre han ejercido la táctica de captar miembros destacables del organismo que quieren destruir.

Véase película de 1943 sobre como capta la masonería a personajes de interés

La logia Gran Reunión fue captando a todo criollo que se involucraba con el sentimiento independentista (aunque también lo que atraía era la ambición de poder), y todo se dirigía desde Inglaterra (hecho nada casual). En 1806, Miranda intenta un primer desembarco en las costas de Venezuela con intenciones golpistas y con una flotilla de ingleses y americanos que se ponen a su disposición. Contaban, para llevar a cabo el golpe, con el apoyo popular, el cual no tuvo ningún éxito, razón por la cual se tuvo que retirar refugiándose en Jamaica que, obviamente, era territorio inglés. Por aquella época (y gracias a la intervención de Miranda y O’Higgins) empiezan a surgir una serie de logias con el mismo nombre: las logias Lautaro. Pequeñas logias de cinco grados, creada la primera de ellas en Cádiz, y que llegan a tener representación en toda América del Sur con el apoyo manifiesto de las logias de América del Norte y de Inglaterra.

A todo esto, el pueblo permanecía al margen de todo el proceso. Simón Bolívar se inició en la masonería en 1805, y ya en 1825, cuando está en el poder, la prohibió. Es decir, que se sirvió de ella para poner en marcha el proceso independentista, pero conocedor de la peligrosidad de ésta, cuando alcanza el poder, la prohíbe, y lo hace utilizando las siguientes palabras: “Porque es una sociedad secreta que sirve especialmente para preparar los trastornos políticos, turbando la tranquilidad pública que oculta todas sus actividades con el velo del misterio”.

Por un lado, la masonería conspiraba en las colonias, pero por otro, también los masones de la península ibérica pusieron su granito de arena para lograr que se llevase a cabo la independencia de éstas. El 1 de enero de 1820 el teniente Rafael del Riego se pronunció en Las Cabezas de San Juan a favor de la Constitución. Contaba con varios batallones del ejército acantonado en Andalucía para marchar hacia América con la intención de sofocar el proceso independentista, pero en lugar de hacerlo, decidió rebelarse contra la monarquía y dar un golpe contra Fernando VII.

España había enviado anteriormente una expedición a las provincias americanas para frenar el proceso independentista liderada por el general Morillo, que tuvo bastante éxito, pero que no llegó a sofocar la rebelión por completo. Éxito relativo pero contundente, porque hasta los “libertadores” se estaban planteando desistir de su intento. Para rematar el asunto, Fernando VII se dispuso a enviar otro contingente para cerrar la cuestión y sofocar definitivamente el levantamiento. Esta era la misión del Teniente Riego, pero éste, en lugar de cumplir con lo encomendado, se le ocurrió (en lugar de embarcar para el Nuevo Mundo), dar un golpe militar a la Corona en vez de ayudar al primer contingente que definitivamente hubiese puesto fin al levantamiento.

Sin la menor de las dudas podemos decir que este desacato perpetrado por Riego vuelve a ser una traición masónica. Los principales organizadores del levantamiento llevado a cabo en Las Cabezas de San Juan –Riego y Quiroga– eran masones. A Riego, por llevar a cabo esta acción, lo ascendieron a Gran Maestre de la Logia Nacional. Tras estos dos militares (Riego y Quiroga) se encontraba también Don Juan Álvarez Méndez (más conocido como Mendizábal), un hombre entregado a los intereses británicos toda su vida y masón perteneciente al supremo consejo del grado 33. Ni qué decir que el trienio liberal que vino tras estos episodios se caracterizó, como no podía ser de otra forma, por la desamortización de los bienes eclesiásticos (que no fueron a parar a manos de los campesinos sino de la burguesía), y por una atroz persecución religiosa, sello indeleble de la masonería en todas sus revoluciones.

Se podría contar mucho más sobre este proceso de “liberación masónica” de los virreinatos americanos, pero no queremos convertir el artículo en un libro. Metidos ya en el tema de la influencia de la masonería en Hispano América, en el próximo artículo trataremos el asunto de cómo la masonería fue responsable directa o provocadora de la guerra “Cristera” mexicana.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.