Columna de La Reconquista | “Los concebidos, ¿no tienen derechos?”

Día sí y día también, dilecto lector, escuchamos muchas “voces” –en término educado, porque en verdad muchas veces son auténticos “relinchos”, por decirlo amablemente– pidiendo la total liberalización del aborto, como un «derecho de la mujer». Ante estos pronunciamientos, hay que decir con toda claridad que no sólo las mujeres embarazadas tienen derechos: también los tienen los no nacidos.

Somos muchos los que los defenderemos, aunque nos tilden de «retrógrados» y «antifeministas», que en verdad no considero que lo seamos. Al contrario, quizá somos los que más defendemos derechos humanos, de ellos –los concebidos no nacidos– y de ellas –las mujeres–; por eso, tampoco las hemos de criminalizar, sino que hemos de tratar de comprenderlas y apoyarlas para que salgan adelante, ellas y sus recién concebidos. Porque, por decirlo llanamente, existen muchas instituciones, tanto civiles como religiosas, que con amor reciben a sus criaturas, en el caso de que estas mujeres –no me atrevo a designarlas con el amoroso sustantivo “madres”, discúlpeme– quisiera deshacerse de ellas (pese a las circunstancias extremas que quieran o puedan aludir respecto de su concepción).

Reitero: somos muchos los que apoyamos la dignidad de todas las mujeres y respetamos su derecho a ser libres –hasta incluso el “derecho” a abusar de su libertad para hacer lo que quieran con su cuerpo, aunque sea “libertinaje”, fruto de los tiempos que nos tocan vivir–, pero lo que llevan en su seno, desde el momento de la concepción, es un verdadero y auténtico ser humano. ¿Este no tiene derechos? ¿No tiene derecho a la vida? Aunque no puede salir a marchar por las calles, ni votar en la Cámara de Diputados o realizar recogidas de firmas, es una vida humana en gestación. No se trata sólo de un “conjunto de células”, un “producto”, una “excrecencia” –ya que tales cosas solo son las neuronas de quienes proponen las leyes anti-vida–, sea mórula, blástula, cigoto, embrión o feto, según la etapa del desarrollo, sino una persona que tiene vida, y vida humana. Se está gestando otro ser, que exactamente para la mujer es –quiéralo o no– un hijo. Antes de las 12 semanas se mueve, se van conformando sus órganos, se escucha su corazón. Deshacerse de él de la forma que fuere (generalmente en forma violenta) no es quitarse un tumor maligno, sino destruir un ser humano. ¿Se puede legítimamente eliminar un ser humano? Eso sería matar, asesinar a un inocente –y ya tipifíquese como se guste, en homicidio o infanticidio, incluso feminicidio, si la criatura nonata es de sexo femenino–.

Las reacciones proabortistas se van recrudeciendo, y los silencios y omisiones legislativas y judiciales ya son del estilo “lavarse las manos”, como Pilato, en vez de asumir su responsabilidad de poderes del Estado que han de defender la vida incipiente, inocente e indefensa. El derecho a la vida de todo ser humano no está a discusión, ni depende de opiniones, votaciones ni consultas amañadas y parciales, fácilmente manipulables.

Aunque gobernantes, legisladores, comunicadores y organizaciones feministas defiendan el falso «derecho al aborto», la ciencia ha demostrado que el recién concebido es un ser humano. No es una cuestión meramente religiosa o moral: es ciencia. Yo no sé cuántas de las mujeres que defienden ese falso derecho a abortar, en el fondo es porque ya se practicaron abortos, y quieren de alguna manera tranquilizarse a sí mismas y pensar que actuaron bien. Esto no es obrar con criterios objetivos ni buscando el bien, sino actuar movidas por un subjetivismo individualista y relativista.

Permítaseme aludir a lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica:

“La vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde el momento de la concepción. Desde el primer momento de su existencia, el ser humano debe ver reconocidos sus derechos de persona, entre los cuales está el derecho inviolable de todo ser inocente a la vida” (n. 2270).

“Desde el siglo primero, la Iglesia ha afirmado la malicia moral de todo aborto provocado. Esta enseñanza no ha cambiado; permanece invariable. El aborto directo, es decir, querido como un fin o como un medio, es gravemente contrario a la ley moral” (n. 2271).

“El derecho inalienable de todo individuo humano inocente a la vida constituye un elemento constitutivo de la sociedad civil y de su legislación: Los derechos inalienables de la persona deben ser reconocidos y respetados por parte de la sociedad civil y de la autoridad política. Estos derechos del hombre no están subordinados ni a los individuos ni a los padres, y tampoco son una concesión de la sociedad o del Estado: pertenecen a la naturaleza humana y son inherentes a la persona en virtud del acto creador que la ha originado. Entre esos derechos fundamentales es preciso recordar a este propósito el derecho de todo ser humano a la vida y a la integridad física desde la concepción hasta la muerte.  Cuando una ley positiva priva a una categoría de seres humanos de la protección que el ordenamiento civil les debe, el Estado niega la igualdad de todos ante la ley. Cuando el Estado no pone su poder al servicio de los derechos de todo ciudadano, y particularmente de quien es más débil, se quebrantan los fundamentos mismos del Estado de derecho… El respeto y la protección que se han de garantizar, desde su misma concepción, a quien debe nacer, exige que  la  ley  prevea  sanciones  penales  apropiadas  para  toda  deliberada  violación de  sus  derechos” (n. 2273).

Somos muchos los que abogamos por la vida. Por ello, estimado lector, le ruego que luchemos denodadamente por defender el derecho a la vida de los concebidos, y que también escuchemos con paciencia, comprensión –en lo posible– y respeto a las mujeres que viven situaciones complicadas, así como ayudémosles –en nuestras posibilidades– a enfrentarlas en forma positiva para ellas y para sus hijos. Ellas y ellos tienen derechos que se deben respetar, al igual que los tiene usted y los tengo yo, los tiene la sociedad y los tiene la Patria (aunque muchos lo olvidaren). Olvidarnos de esto es, en definitiva, una absoluta falta de amor, y tristeza da que se aplauda, consienta y aumente, porque es nuestra propia tumba la que cavamos.

@CondestableDe

@LaReconquistaD

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