Columna de La Reconquista | “Los Caballeros de las Tristes Figuras…”

“Tiene vuestra merced la peor figura del mundo, por lo que muy bien podría llamarse el
Caballero de la Triste Figura”
, dice Sancho Panza a Don Quijote, al verlo revestido de muy diferentes piezas en su atuendo caballeresco, llevando incluso una bacía por yelmo. Estas palabras del capítulo XIX de la primera parte de la inmortal obra de Cervantes muy bien podrían aplicarse, sin acritud ni escarnio, a demasiadas personas de la esfera pública –por no hablar de la privada–, que pretenden forjarse una fama de expertos, entendidos, conocedores y sabios cuando, en realidad, solo pueden hilvanar –y a duras penas– frases, estrategias y herramientas que otros ha dicho, practicado o tenido.

Sin duda alguna, señor lector, triste cosa es hacer leña del árbol caído, a mi parecer, porque se incurre tanto en la falta a la caridad debida como en injusticia para lo bueno que hubiere alguien podido hacer. Sin embargo, lo anterior no obsta para que en un ejercicio de reflexión mesurada, podamos dilucidar algunas verdades –que, aunque duelan, no por ello dejan de ser lo que son, ni de servir para iluminar caminos a todos–. Permítame usted explicarme, antes de que temerariamente ponga rostros de uno u otro conocido…

Triste figura es, en efecto, la que muchos políticos tienen cuando olvidan que la política es servicio y no mandato (aunque se les confiera el mandato para servir), máxime cuando se creen «dueños» en lugar de «representantes». En todas las ramas del espectro político se han encontrado, se encuentran y –desgraciadamente– se encontrarán siempre simpáticos inútiles, desvergonzados crápulas, ignorantes vivales y otros de calaña similar, porque con apariencias y retales forjan una falsa imagen de virtud, sapiencia o mérito

Triste figura es, sin duda, la que otros muchos servidores públicos muestran cuando mienten como bellacos, hacen poses como figurines o remedan a oradores de prosapia –que no deja de ser vulgar plagio–, y tampoco estamos carentes de tales personajes en tierras tan nobles como las españolas. Personas sin moral, escrúpulos, dignidad ni decencia son las que pretenden ponerse como «modelos» de ecuanimidad, «arquetipos» de perseverancia o «adalides» de luchas sociales, cuando solo les motiva su propio interés, y son capaces de vender, cuales modernos “Iscariotes”, a quien previamente han seguido, venerado y adorado.

Triste figura es, en definitiva, la que nos presentan luchas internas en partidos políticos, comunidades autónomas, provincias, ciudades y pueblos, familias y personas, puesto que la riña y la división nunca son parte de la construcción armónica del bien común, sino demolición de principios, valores, tradiciones y honor.  Por eso, el Divino Maestro bien enseñó que “todo reino dividido contra sí mismo es asolado, y toda ciudad o familia dividida contra sí misma no se mantendrá” (Mt. 12,25), siendo evidente en la situación política actual, que brota de «partidos» y conforma «coaliciones», siendo tanto los primeros como las segundas burdos remedos de la auténtica unidad que construye y hace avanzar en el verdadero progreso a los pueblos y sus habitantes.

Sin embargo, es válido –y legítimo– tener opiniones diversas, gustos diferentes y actuaciones distintas, siempre y cuando no se olvide que la finalidad de todas ellas es alcanzar un bien verdadero. Si, como los antiguos abogados romanos, nos preguntamos: “cui bono?”, “¿quién se beneficia?”, la respuesta pudiera sorprendernos más de lo previsto, puesto que siempre alguien se aprovechará de la siembra de discordia, pretendiendo cosechar lo que no le pertenece en puridad. Por ello, ¿quién se beneficia del descrédito de unos, la dimisión de otros, la desaparición de algunos más o el final de un proceso? Sin duda, hay beneficiarios, tanto para relevar en lo bueno como para gozarse en lo malo. Esto es lo que hemos vivido en los últimos días respecto a un partido político que ha gobernado, legislado y es, en votos, en segundo en términos absolutos dentro de nuestro país.

No seré tan ingenuo como para alabar a unos o denostar a otros, puesto que, siguiendo la única frase de M. Rajoy que me gusta, igualmente afirmo que: “por lo que a mí respecta, las sentencias las acato; los periódicos los leo, y las habladurías las desprecio” (Sesión Plenaria número 58 del martes 13 de junio de 2017). Nadie gana con la división, con el «chisme» ni con el descrédito, excepto los enemigos de la unidad, de la verdad y de la justicia, que siempre serán los separatistas, nacionalistas y terroristas. Punto. Por ello hemos de abstenernos en sano actuar de emitir “profecías”, de adelantar “juicios” o de proferir “condenas”, puesto que podemos, ¡todos!, ser medidos por esa misma vara… Recuerden que “cuando veas las barbas del vecino pelar, pon las tuyas a remojar”, como sabiamente recomienda el Refranero.

No pertenezco al partido político que en estos días está “en candelero”, si bien tengo amigos diputados del mismo; comparto algunos de sus posicionamientos, siempre que defiendan la vida, la unidad de España y la consecución de justicia –como creo que debe hacer toda persona que se considere medianamente decente o inteligente–, pero no he alzado ni alzaré mi voz a favor o en contra, al menos por este medio. Pero triste figura haría yo si no hiciese lo posible para reflexionar sobre lo que juntos todos hemos de construir para que prevalezca, para que las próximas generaciones estén orgullosos de los que les precedemos, para que vean que los errores se corrigen, las injusticias se frenan y los delitos se castigan, así como los derechos se respetan, los deberes se cumplen y las virtudes se defienden.

Solo es mi opinión… para que no seamos usted y yo parte de esos caballeros de la triste figura, y tristes figuras en los anales de la historia y en los corazones de nuestros seres amados.

@CondestableDe

@LaReconquistaD

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