Columna de La Reconquista | “La violada Europa es ahora violadora”

Pocos, quizá, recuerda, estimado lector, que, según la mitología griega, Europa (cuyo nombre significa “la de ancho rostro”), bellísima princesa hija del rey Agenor de Tiro, estaba un día recogiendo flores cerca de la playa cuando vio un hermoso toro blanco que se acercaba a ella (y que no era otro sino Zeus, el olímpico padre de dioses y hombres, siempre lascivo). Se acercó Europa al noble bovino y comenzó a acariciarle los flancos (que el toro Zeus permitió, para eso de “ir cogiendo confianza”). Convencida la bellísima Europa de que ese noble animal era manso, se subió a su lomo, y ¡oh, sorpresa!, el blanco semental corrió hacia el mar y la llevó a nado a la isla de Creta, donde el Padre del Olimpo “consumó” su “hazaña” (parece ser que con pleno consentimiento de la doncella, por eso de que el «sí es sí», ya que de lo contrario, cierta ignorante ministra hubiese exigido furibunda la destrucción de la obra de Rubens)…

¿Por qué traigo este mito a colación, se preguntará usted? Desde luego, lejos de mí entrar a analizar la conducta de Zeus (que bastante fama cosechó en toda la mitología como estuprador consumado, en una conducta que hoy condenaríamos taxativamente, sin duda alguna). Más bien es para centrar la atención en cómo la secuestrada Europa de la mitología tiene mucho parecido con la Europa pasada y actual, tanto en belleza como en sufrimientos, así como se olvida de su historia y generación para transformarse, metamorfosearse o convertirse en el toro blanco… ¡Vamos, que ha pasado de ser raptada a raptora, la violada hecha violadora!

La historia de Europa, rica, compleja y llena de sustratos que han maravillado al mundo, ha presentado las glorias del conocimiento –desde los inicios de la filosofía hasta el suizo CERN–, la literatura o las artes –iniciando con el invidente Homero hasta el llamado “boom” latinoamericano, pasando por las maravillas del mundo antiguo y llegando al Siglo de Oro y los premios Nobel–, la política o la religión –desde la democracia originada en Atenas, los grandes imperios romano, carolingio, español o británico, hasta el triunfo de la religión del amor, el Cristianismo (que, si bien nacido en Asia menor, desde el siglo I tuvo su epicentro en la Ciudad Eterna)–, e incluso el deporte –puesto que el fútbol nació en este Viejo Continente, así como el balonmano–. También, por supuesto, ha tenido sus desgracias y tristezas en todas las mismas áreas –para qué evocar las guerras médicas, las púnicas, o civiles, religiosas como las de Reforma, o las dos guerras mundiales–, pero siempre el resultado fue la superación del mal para la consecución de un bien.

Sabido por todos es, amable lector, que nada perdura para siempre –excepto la Divinidad–, y que a los estados de paz y tranquilidad suceden los de guerra y turbación (preséntense como se presenten, cruentos o incruentos en su forma física). Así como la mitológica Europa recogía flores con sus amigas, también la geográfica Europa cosechó glorias y galardones. Pero también como aquélla fue secuestrada, ésta lo ha sido –la antigua, por el “toro” Zeus, la actual por el “toro” Adoctrinamiento–, y con tanto gusto ha aceptado el ultraje, que la doncella ahora se prostituye y la bellísima está ya ajada –no solo de las hermosas arrugas propiciadas por la edad, sino por las incrustadas proporcionadas por el sufrimiento, la angustia y el sometimiento–, y así es desde el 1 de noviembre de 1993, por el Tratado de Maastricht.

No le digo a usted nada nuevo si le recuerdo que la actual Unión Europea (derivada de las antiguas CECA y CEE, entre otras) es, según se define, “una comunidad política de derecho constituida en régimen sui géneris de organización internacional nacida para propiciar y acoger la integración y gobernanza en común de los Estados y los pueblos de Europa”. A ver: ya comienza reconociendo que es sui generis (es decir, una mezcolanza inmiscible de sal, azúcar, agua y aceite), pero su finalidad es clara: un orden continental supranacional (eso de la “gobernanza en común”, que en el Reino de España hemos escuchado más como “co-gobernanza” por boca de nefastos políticos y peores gestores). Esto comporta olvidar las glorias de cada estado en su historia –igual que sus errores, de los cuales se aprende– para someter en un falso “contrato social” a quienes no tienen ni la misma familia jurídica, ni comunes idiomas, ni costumbres similares –aun cuando innegable es que toda Europa tiene raíces cristianas, pese a querer desenterrarlas actualmente a toda velocidad–. Ésta es la violadora Europa, que prostituye ahora la historia, la cultura, la fe y la justicia, la que nos «adoctrina» y nos obliga a “sumarnos” a un proyecto que no es sino ruina.

Al mismo tiempo, los objetivos que se marca son “la cohesión económica, social y territorial y la solidaridad entre los países de la Unión, así como el respeto a la riqueza de su diversidad cultural y lingüística, para establecer una unión económica y monetaria con el euro como moneda”. Suena bonito, pero es el canto de sirenas que mató a los compañeros de Ulises en la Odisea Tentador, pero falso, malvado y perverso. ¿Cómo “cohesionar” diferencias tan insalvables en todos los órdenes? ¿De qué forma se promueve un “respeto a la diversidad cultural” cuando se persiguen las muestras de esa misma, especialmente la cultura cristiana, en pro de todo lo que llegue allende las fronteras? ¿No se ha entendido aún que, tras más de veinte años con una “moneda común” solo se han beneficiado los países económicamente más fuertes, mientras que ha traído la ruina adquisitiva y social a los menos favorecidos (díganme qué ha sucedido en Grecia, Portugal o Italia, y qué está sucediendo en España)? Ésta es la secuestrada y prostituida Europa, que mancilla y destruye ahora, a las órdenes de sus fomentadores (“chulos”), todo aquello que nos distingue en la bondad y nos diferencia en la verdad (sin hacernos malvados ni injustos, solamente pretendiendo ser quienes somos).

No. No debe mantenerse un estado de las cosas que solo comporta sometimiento, pobreza y uniformidad. La unidad en la diversidad para alcanzar fines legítimos es correcta, buena y justa, sin duda alguna, pero para ello no es necesaria esa “Unión” (más bien, vergonzosa cópula) que despersonaliza y quiere borrar la verdad y la justicia de la diferencia (que no implica ser malvados o injustos, sino el principio general del derecho, dar a cada quien lo que le corresponde, suum cuique tribuere). ¿Cómo respetar leyes “supranacionales” que no defienden lo propio, lo amado, lo valioso, sino que lo destruyen, vejan y desprecian? ¿Cómo buscar justicia en instancias que no consideran las circunstancias concomitantes, sino solo la frialdad de sus intereses?

Estos «amoríos» –ahora ya “uniones”, fíjese– son de tan absoluto y pleno, descarado y rapaz interés interesado que no pueden durar más que el agua en una cesta… Ejemplo de ello han sido antaño la desintegración de los imperios continentales –romano, carolingio, austro-húngaro…– y lo es reciente el Brexit, como lo serán los sucesivos -exit que no han de tardar en llegar, porque terminar con los estados, los pueblos y las culturas (con pátina de legalidad) es desnaturalizar la unidad imponiendo la unicidad de un globalismo férreo y destructivo. Al tiempo…

@CondestableDe

@LaReconquistaD

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *