Columna de La Reconquista | La tiranía de los nuevos «hombres grises»

Convencido estoy de que pocas personas en el mundo, o con un mínimo de curiosidad intelectual, han leído el libro “Momo”, de Michael Ende, que, sin temor alguno, y pese a tener 47 años desde su publicación, me atrevo a calificar como el moderno Don Quijote (por su significación para la historia de la humanidad, ya que al igual que el Hidalgo de La Mancha sigue siendo epítome por su lucha entre el bien y el mal, fantasía y realidad, lo mismo es Momo, la protagonista del libro). Desde luego, muchas personas consideran que “Momo” es un cuento para niños, como “La historia interminable” (del mismo autor, con el magnífico personaje Bastián Baltasar Bux), pero… ¡nada más lejos de la realidad! Claro que puede ser leído como un hermoso cuento, pero creo que es más todavía un libro para mayores (o, como en mi caso, los fanáticos de Ende lo leemos desde la niñez hasta la fecha en que Dios disponga). Porque “Momo” no es entretenimiento, ni siquiera solo una moraleja: es una lección de vida, una enseñanza que hemos de recordar cada momento, toda vez que siempre tendremos “hombres grises” mirando sobre nuestro hombro

Analizando la historia, en realidad, poco sabemos sobre quién es Momo (aunque ni siquiera ella misma sabe si ese es su nombre, porque ella misma se lo puso), de dónde viene, cuántos años tiene (cien, o “cientodos”, como ella señala), no tiene padres, ni siquiera tiene zapatos. Vive en un anfiteatro antiguo, según dice, en una ciudad que también es como cualquier otra. Pero lo curioso es que en esa ciudad –a la que casi podríamos llamar “Utopía”, como la de Santo Tomás Moore, o “Fantasía”, de la aludida historia interminable– toda la población vive feliz, con sus trabajos y actividades, sus gustos y juegos, sus familias y amistades. Hasta ahí, parecería que es un típico cuento infantil; sin embargo, lo que importa es qué hace y cómo vive Momo… Esa va a ser la auténtica lección de vida que nos deja a todos cada momento.

Personajes entrañables son Gigi Cicerone, la tortuga Casiopea o el Maestro Hora, todos los que acompañan en un momento u otro, sucesivamente, a Momo durante ese viaje que inicia en el anfiteatro donde ella vive. Y esto es una cosa a reflexionar muy cuidadosamente, puesto que en la antigüedad clásica en los anfiteatros eran, junto con el ágora y los templos, uno de los lugares más importantes de la ciudad: se iba para oír, escuchar, aprender, vivir –hoy en día los teatros casi ni existen o sirven para representar puestas en escena de «ideologías», las ágoras o plazas apenas se usan para circular, y los templos están más vacíos que cerebro de podemita o que intestino tras enema). Aun así, curiosamente, eso es lo que hace Momo, y es por lo que la gente le lleva cosas para ayudarla y le quiere: sabe escuchar, y por eso mismo ayuda, sin saberlo, a la gente, inspirándoles a hacer las cosas con tiempo, calma, dedicación, cariño, amor.

Pero no todo queda ahí tan entrañable. A todo protagonista corresponde un antagonista, y así, la pequeña y querida Momo se encontrará enfrentada a lo que Ende denominará los “hombres grises” (caracterizados en la obra con sombreros de bombín, con maletines en sus manos y cigarros en sus labios), quienes tienen como finalidad estafar a los habitantes de la ciudad para robarles lo más precioso que poseen: su tiempo (esto es algo recurrente en las obras de Ende, casi como un moderno Horacio, desde su tempus irreparabile fugit, aunque hoy podríamos pensar que quisieran robar nuestros ahorros o la salud, cuando es mucho más importante la vida de los niños, nacidos y sin nacer, su futuro, su bien). Así, cada vez las personas tendrán menos tiempo para convivir, para escuchar, para cuidarse unos a otros, para estar con los niños, para ser felices, en definitiva. Este es el gran trauma (y enseñanza) de la obra de Ende. Todos los habitantes de la ciudad, al estar cada vez más ocupados trabajando para ahorrar (viviendo para trabajar), acaban despersonalizándose (hasta sus propias casitas, cada una diferente a la otra, terminan siendo enormes edificios grises también, inmensos y fríos)… También los niños sufren esta despersonalización, porque tienen juguetes cada vez más caros (carros dirigidos, cohetes manejables, tanques, robots), pero cada vez también tienen menos tiempo dedicado a ellos por parte de sus padres (¿no es acaso lo mismo que sucede en el siglo actual, en las últimas décadas? No es coincidencia, sin que Ende sea profeta…).

Todo lo que he expuesto anteriormente es con la finalidad de llegar a los tres puntos que considero que son los fundamentales en “Momo” (y en el pensamiento de Ende, que, como afirmé, hizo casi proféticamente en 1974, y en sus otras obras). En lo particular, considero que esta historia hace reflexionar cuidadosamente en tres cosas: la pérdida de valores y moralidad, el cada día mayor consumismo y materialismo, y el terror que tenemos a perder el tiempo y a la muerte. Con cada lectura cada vez descubro algún detalle más, gracias a Momo (con su gran abrigo de hombre, con sus coderas grandes), al Maestro Hora o a Casiopea, o a Nino. Pero prefiero exponer separadamente los puntos que, a mi juicio, son los que hemos de reflexionar en la lectura de Momo.

Pérdida de valores y de moralidad: Cuando comienzan a aparecer los “hombres grises”, también se crean los “depósitos para niños” (que en tiempos actuales serían casi inexistentes, debido a la abominable práctica del aborto, por muy legal que la quieran promover, siendo ilegítima in se). ¿Por qué? Porque no hay tiempo para dedicarles. Prefieren, como le comentaba en otra columna, señor lector, tener “perrhijos” que hijos, y eso es consecuencia del cambio de paradigma de las mentalidades de las personas: como tienen un nuevo lema y una nueva visión (ahorrar, trabajar, tener), ya pierden toda reflexión y consideración a lo que es hermoso, bello, justo, de calidad, de cariño, de amor. Por eso se pierde el cariño a los niños (sea dándoles juguetes más caros o dejándoles en esos “depósitos para niños”), se olvida compartir un rato con los amigos, se abandona la vida familiar, se despersonaliza la propia vida (ya no hay privacidad, solo hay actividad). Aquí es donde Momo representa lo contrario: como no quiere nada, ni nada necesita, tiene tiempo, que es la inocencia, la verdad, lo más hermoso, y podrá contemplar incluso a la muerte como algo hermoso, un personaje que no es lúgubre ni triste, sino un encuentro feliz en medio de juegos y adivinanzas (como lo vemos en la Casa de Ninguna Parte, del Maestro Hora).

Crítica al consumismo y al materialismo. Creo que no es necesario que seamos Orwell o Taylor para darnos cuenta de que Ende ve, vive y anuncia a futuro que uno de los males mayores de la sociedad es una absoluta crítica a la sociedad “moderna”, plenamente consumista y materialista (los “hombres grises” son la gran tentación para ello, y los nuevos “hombres grises” son los falsos expertos y políticos falsarios). Esto es un círculo vicioso con la pérdida de valores, puesto que van una con la otra, dado que, al olvidar la individualidad, la personalidad, la familia, el cariño, la risa y la alegría, se incentiva el criterio que diríamos “calidad de vida” (que es el materialismo). Ya vemos cómo hasta los niños se ríen de Nino –otro personaje del libro–, diciéndole que es “bondadoso” (porque ya la bondad no es algo bueno, es una pérdida de tiempo y producción). Por eso se compran los juguetes más caros a los niños, pero no se les da tiempo ni amor; por eso se trabaja mucho más y se produce constantemente, pero no se está con los que eran amigos ni con la familia. La misión de los “hombres grises” de fomentar el consumo (una especie de marketing) es el anuncio del capitalismo más salvaje, donde ya la vida no vale nada, sino el trabajo, tener, la productividad. Y esto es lo contrario a vivir, a ser, a la esencia de la persona humana que tiene como finalidad la felicidad.

Temor a perder el tiempo y miedo a la muerte. Es uno de los temas que creo que quedan muy claros en la historia (aunque quizá no sea lo primero que puedan percibir los lectores más niños, pero queda en la memoria en cierto modo). El tiempo es oro. Así se dice a todas horas, y no hay que perder el tiempo en nada más que en tener, producir, hacer. Como en esa sociedad angustiada y cansada de Hen, aquí también subyace una total angustia por aprovechar el tiempo en sentido material, pero no se tiene en cuenta la calidad del tiempo en sentido espiritual, que es el que da paz, felicidad, comunicación, empatía, bondad, fraternidad. Fijémonos en un detalle: Momo ni siquiera sabe su edad, no cuantifica el tiempo, no lleva cómputo de eso ni tiene reloj (¡al igual que yo jamás lo uso!), y por eso mismo puede escuchar, sabe animar, incentivar, animar, motivar. Pero contra ello los “hombres grises” interponen su ansia de “robar” el tiempo a todas las personas bajo motivo de producción y ahorro, fabricación y tener. Contra esto, también está el Maestro Hora y su péndulo que cuelga del vacío, viendo cómo cuando va de extremo a extremo una hermosa flor se marchita y muere, mientras que en la otra esquina surge y florece. Aquí el miedo a la muerte que la historia pretende disipar. La muerte no es un final, es un paso más, es una etapa de la vida, es el ciclo natural de marchitarse, pero que volverá a surgir. No creo ver una tendencia oriental de reencarnación (ni siquiera la metempsícosis de Platón), sino más bien una resurrección. No solamente de la vida en sí, sino también de la belleza, de la verdad, de lo que es en sí cada momento (el Salmo diría: “como hierba que florece en la mañana y por la tarde la siegan y se seca”). La muerte no es algo que ver con miedo, sino con optimismo, con ansia incluso (hasta Santa Teresa de Jesús así lo expresa: “¡cuán triste es, Dios mío, la vida sin ti! / ¡ansiosa de verte deseo morir!”, en su “Ayes del destierro” o “¡véante mis ojos, dulce Jesús bueno / véante mis ojos y muérame yo luego”, en su Copla).

En resumen: cada vez que leemos “Momo” somos Momo… Volvemos a ser criaturas con ojos de inocencia que se extrañan en que las personas pierdan su vida en tener, en hacer y en trabajar, olvidándose de cosas tan pequeñas (¡y maravillosas!) como una hermosa conversación, ver un atardecer, reír con los amigos, observar una hormiguita caminando o la lluvia cayendo… También así deberíamos seguir siendo cada día, porque nos interioriza y al mismo tiempo nos hace transcender, y proyectar a los demás cosas tan hermosas como el tiempo (el mayor regalo que podemos dedicar a alguien, desde la oración hasta un café). Las críticas a las concepciones materialistas y capitalistas extremas son duras, y ciertas, aunque tampoco podemos ser tan ingenuos como para ver que es inevitable la sociedad económica en la que vivimos. Por eso, hemos de compaginar ambas cosas: ser y hacer, tener y compartir, vivir y convivir. Así lo deseo de corazón para ustedes, estimados lectores, para nuestra amada Patria (¡que logre arrojar al olvido a los «nuevos hombres grises» que nos gobiernan!) y para el cuidado que hemos de poner en que lo bueno, justo y bello, la vida, alegría y felicidad prevalezcan. Lean “Momo”, más que Orwell; Platón más que Lenin o Marx; la Biblia, más que revistas sensacionalistas o canales televisivos… Cambiarán ustedes, estimados lectores, cambiaremos todos y cambiará España, ¡todo para bien!

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