Columna de La Reconquista | La «memoria histérica» y la obsesión histórica

Le aseguro que en nada exageraríamos, señor lector, si calificamos como “fenómenos histéricos legislativos” las espurias leyes de «educación» (que no enseña), «seguridad nacional» (que nada asegura), «memoria democrática» (que ignora que la historia no es electiva), «trans» (que no transforma, sino que deforma, con pleno advertimiento, consentimiento y aplauso, aunque, bajo telón, se ría de ella hasta el tato), etcétera.

Que son “fenómenos”, no puede haber duda, puesto que este término hace referencia no solo a algo colosal (que en este caso también lo es, puesto que colosal es la estupidez de la mente cerrada y rencorosa), sino a su acepción más purista, “lo que se nos aparece” –díganle a Kant, que lo comenzó a popularizar en su filosofía–; que son “histéricos” lo razonaremos a continuación, pero aseguro a usted que cumple con cada rasgo psiquiátrico de la definición; y que son “legislativos” –aunque ilegítimos y lesivos– también se cumple, por desgracia, tras acudir al BOE para asegurarnos de que entran en vigor esas estupideces, producto de sustancias más dañinas que las que consumen los drogadictos más experimentados (porque la ideología, estimado lector, pervierte, corrompe, prostituye y daña más que nada en este mundo, a excepción de Satanás, si usted es creyente).

Acudiendo al Diccionario de la RAE (que todavía es de fiar, a mi leal entender), vemos que se define la «histeria» como “enfermedad nerviosa que se caracteriza por frecuentes cambios psíquicos y alteraciones emocionales que pueden ir acompañadas de convulsiones, parálisis y sofocaciones”.  Esto lo corrobora, con más o menos verbo (puesto que lo llama “proceso de somatización”), el Manual de Diagnóstico Siquiátrico en vigor (DSM-V). Caramba, caramba. No falla un solo punto, si lo aplicamos a la legislación emitida y adoptada en los últimos dos años, y de manera más específica a la malhadada, malnacida, alevosa, perversa, troglodita, inculta y rencorosa «ley de memoria democrática». Sin adentrarme en lo que en anteriores columnas he escrito al respecto (cuyo enlace le dejo, por si gustare usted leerlo), le expongo mi pensamiento –aunque no sé si podré tener la suficiente objetividad para no incurrir en dislates emotivos–.

Leer: Jamás la memoria puede ser democrática (Parte I)

Leer: Jamás la memoria puede ser democrática (Parte II)

El «histerismo» legislativo habría de ser comparado con una «histerectomía legislativa», puesto que también impide de manera inconcusa la generación de mejores leyes, por los candados ínsitos en los clausulados. Pareciere que todos estos participantes del “rodillo parlamentario”, tan “republicanos” ellos, son dignos hijos putativos de Luis XV de Francia –quien, en su sentencia poco antes de fallecer pronunció la famosa frase: Après moi le Déluge, “después de mí, el Diluvio”, en referencia a ese bíblico diluvio narrado en el capítulo sexto del Génesis, aunque también presente en las culturas sumerias, babilónicas y chinas–. Pero sí, en verdad: muy putativos y reputadamente acertados hijos del ilustrado monarca francés, ya que con sus actuaciones legislativas suscriben el mismo sentir: “que se acabe el mundo después de que nosotros hayamos gobernado”. Quizá de ahí la histeria por cambiarlo todo, romperlo todo, corromperlo todo. Quizá de ahí la obsesión histérica por acabar con la historia, la nación, la raza, la cultura, la belleza, la religión y la esencia del pueblo español. Quizá de ahí el histerismo fanático irracional por aniquilar a presuntos enemigos de su bochornosa, vergonzante e ignominiosa comunión ideológica, sin importarles en lo más mínimo el descanso de los difuntos ni el bienestar de los vivos (profanando a los primeros y aniquilando a los segundos).

Las pobres mentes de los legisladores siniestros, que apenas tienen una neurona más que los equinos (hecho científicamente probado, puesto que todavía no ha excretado ningún político en un desfile, acto, evento o presencia pública), no alcanzan todavía a intuir lo que los ciudadanos de a pie sabemos de forma muy cabal: que los malos acaban mal, que con un dedo no se tapa el Sol, que podrán creerse inmortales pero morirán (pese a su “inteligencia”, “resiliencia”, “ecosostenibilidad”, “transversalidad”, y “co-gobernanza”). Sin embargo, con paciencia y resignación (de momento, de momento), seguimos esperando algunos que termine su fúnebre danza de Marcabrú, rogando a la Divinidad que nos mantenga perseverantes en el bien, porque si permite que nos agarre su misma histeria, se nos pudiere olvidar el deber de “soportar con paciencia los defectos del prójimo” y acabar armando “la de Dios es Cristo” –con perdón de usted, señor lector, pero hago constar que no es blasfemia alguna, sino una referencia histórica al Concilio de Nicea, en el siglo IV, por las discusiones que tuvieron los padres conciliares respecto a la divinidad de Jesucristo–. 

Si en verdad quieren “memoria” (porque parece que no la tienen y la necesitan implementar por ley los falsos “demócratas”), ha de bastarles con acudir a las hemerotecas, filmotecas, bibliotecas y análogas, y verse, escucharse, leerse a sí mismos, cambiando una y otra vez de bando, de pensamiento, de “chaqueta”, de gustos, principios, acciones y palabras. Ciertamente, no se les puede caer la cara de vergüenza, porque el requisito previo es que tengan conocimiento de qué es la vergüenza, pero quizá (¡quizá!) esa neurona extra por encima de los equinos que aludíamos pudiere iluminarles medio fotón y hacerles captar la incoherencia en la que viven, el mal que hacen y lo repugnantemente traidores que son a toda sana ética, recta política y honrada vida (para qué hablar de la Patria, la ciudadanía y el bien común, toda vez que solo tienen una neurona “extra-equina”).

Finalmente, unas palabras sobre la “obsesión”. Por supuesto, es, según el mismo DRAE, una “idea, palabra o imagen que se impone en la mente de una persona de forma repetitiva y con independencia de la voluntad, de forma que no se puede reprimir o evitar con facilidad”; es decir, una fijación, un “mantra”. Se hace enfermiza cuando se convierte en compulsiva (que lleva a obrar), y se declara como trastorno (TOC) cuando afecta a toda la realidad, percepción y pensamiento de la persona (DSM-V). Díganme ustedes ahora si no corresponde la definición con la absoluta, total, omnímoda, absurda y patológica forma de actuación que guardan todos los políticos de las siniestras izquierdas, que prefieren destruir a construir, quemar a sembrar, humillar a respetar. Creo que queda todo dicho en los prejuicios legislativos citados. Y si nos ceñimos a la historia (la plasmada en hechos y palabras, no la inventada por inescrupulosos canallas), es enfermiza su obsesión por deformar, denigrar, mentir y pervertir. Simplemente, tienen el cien por ciento de puntaje para residencia vitalicia en el nosocomio…

En fin, señor lector, nos ha correspondido vivir estos tiempos. Y demos gracias a Dios por ellos, no crea usted que no, porque solo en los momentos críticos destacan los actos valientes y heroicos. Suponiendo que nosotros seamos esos seres (no “de luz”, sino de heroísmo y valentía), no tengamos nostalgias ni tristezas, sino aprestémonos a la defensa de lo bueno, bello, santo y justo. Lo demás llegará por sí solo. No somos histéricos, ni estamos obsesionados, al contrario, pero se acaba la paciencia…

@CondestableDe

@LaReconquistaD

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