Columna de La Reconquista | La inocencia asesinada (Parte I)

Excelente apunte de mi gran amigo Juan, presidente y alma mater de LA RECONQUISTA. Cuando lo leí se despertó el duende curioso que todos llevamos dentro, y me puse a reflexionar… y Juan, como siempre, tenía razón. ¡Bravo, Juan, por el apunte!

Al igual que la importancia de las leyes aprobadas en España (la mayoría por Decreto Ley) tienen su relevancia según la memoria económica que la acompaña, cierto es que la importancia de los Ministerios son proporcionales al presupuesto destinado a los mismos. Ejemplo: El Ministerio de Consumo pinta menos que un dos de bastos, pues el presupuesto del que está dotado es prácticamente para el consumo personal del ministro Garzón.

No es baladí que el Ministerio de Igualdad disponga de un presupuesto de más del doble que el Ministerio de Defensa. ¿Por qué? Porque es la probeta en donde se experimentan todas las pruebas de ingeniería social iniciadas por el globalista de infausto recuerdo José Luis Rodríguez Zapatero, ese producto de marketing, con siglas (ZP) e icono (el dedo índice doblado en la ceja). Pura gaseosa.

Siempre he sostenido que las grandes obras y los grandes pecados comienzan en la cajita mágica que llamamos “cerebro”. Desarrollada y madurada la idea, se plasma en palabras. La manipulación del lenguaje es una de las más poderosas armas de ingeniería social existente en la actualidad. Uno de los mayores asesinos de la historia –Stalin– fue el iniciador de la manipulación del lenguaje.

Podemos denominar al color amarillo como «azafrán puesta de sol en Singapur», o a la cama como «equipo de descanso». Pero cuando al aborto se le denomina «interrupción voluntaria del embarazo» –como si se pudiera reanudar más tarde– y se consagra como un derecho por la vía legislativa, pasamos de la comedia a la tragedia. Sería como sostener que a J. F. Kennedy le produjo la muerte un derrame cerebral con orificio de salida.

Si hasta hace bien poco el tejido humanista de la sociedad española –con todas sus tradiciones– entendía que “el aborto es un crimen”, hemos pasado ahora a considerar y, lo que es peor, a aceptar, “la interrupción voluntaria del embarazo como un «derecho sexual y reproductivo» de las mujeres”. Todo un giro copernicano en tan sólo una generación.

A esa tiranía sin tensiones llamada “democracia” (como bien apuntaba Ortega), se la ha definido como “el imperio de la Ley”, así como “el gobierno de las mayorías con el respeto a las minorías”. Lo que estamos presenciando en España es justo lo contrario. A la Ley se la pasa el Ejecutivo por el arco del triunfo, sometido “Juan Pueblo” a la tiranía de las minorías con el absoluto desprecio a la mayoría.

Todos los derechos conseguidos –en ocasiones con más pena que gloria– se están viendo conculcados sistemáticamente, porque todos ellos emanan de los dos principales e inalienables derechos de un ser humano:

Primero, el derecho a la vida, sin el cual no existe derecho alguno aplicable. Ya decía Cervantes en boca de Alonso Quijano: “A menos que sea la muerte, para todo hay remedio”.

Y segundo, la Libertad (sí, con “L” mayúscula). Volviendo al Quijote: “La libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar. Por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”.

Estamos en las manos de un Gobierno indecente e inmoral, contrario a nuestras tradiciones (sin duda confunden “tradición” con “traición”) y buenas costumbres, arrastrado por la AGENDA 2030, en la que muerte, esterilidad y sexo anti natura están en el objetivo para la consecución del “invierno demográfico” que nos atenaza. Dato actual: la tasa de reposición mínima o fecundidad de reemplazo se cifra en 2,1 hijos por mujer como promedio, cuando en España está en 1,19 hijos, es decir una sociedad destinada a su desaparición en menos de dos generaciones.

Esto ya se inició cuando, ya ni recuerdo los lustros, se eliminaron de la carrera de Derecho dos de sus pilares capitales: El Derecho Natural y el Derecho Romano. El primero, fundamental, dado que el derecho natural es el más natural de los derechos. Y ¡qué podemos decir del Derecho Romano! Nuestro actual marco jurídico, toda nuestra estructura legislativa, emanan del Derecho Romano y del códice napoleónico (o lo que quedó tras la Guerra de Independencia española). Por lo tanto, la carrera de derecho se ha limitado, prácticamente, al derecho mercantil, laboral, penal e internacional, deshumanizando cualquier atisbo de moralidad en lo sucesivo. La presunción jurídica de que el nasciturus se tiene por nacido (es decir, por persona) para todos los efectos que le son favorables, viene desde el derecho romano. Sin embargo, la RAE define al nasciturus como “concebido pero no nacido, como fase de la vida humana interna o en formación”.Salta a la vista la gran diferencia.

En apenas dos generaciones, los modelos estereotipos pedagógicos han experimentado una metamorfosis cualitativa y regresiva. Se ha pasado de los arquetipos santo-sabio-héroe a la degradación de famoso-rico-poderoso. A esto, cabe añadir que en las escuelas de enseñanza y en las Universidades los estudiantes salen con ADN marxista, o nacionalista-secesionista.

Pero voy a hacer un pequeño paréntesis. Apelo a la indulgencia del lector.

El mal existe. El diablo anda suelto, llámese Satanás, Belcebú, Lucifer, Baal, Mefistófeles…  Lo encontramos representado en el grueso del cuerpo docente: en las escuelas, desde la más tierna infancia; en los institutos, en las Universidades. El laicismo en nuestros jóvenes penetra como un veneno que aniquila el firme suelo de los valores cristianos.

Para Marcello Pera la civilización occidental es el resultado de la fusión de la cultura grecolatina (que aporta las ideas de comunidad y ley) con la tradición judeo-cristiana (que aporta fundamentalmente la idea de persona), a lo que hay que sumar las aportaciones de la Ilustración. Así, Occidente es un credo, una profesión de fe en ciertos aspectos fundamentales típicos de su civilización. Este credo no se limita a unos valores (libertad, igualdad, tolerancia, democracia, Estado de Derecho), sino que además incluye –y esto es capital– el considerar a estos valores como universales, o al menos que son mejores –o como mínimo preferibles– a los que caracterizan a otras civilizaciones.

Nuestro sistema de valores está fundado sobre la base de principios preconstitucionales. Por encima de los máximos jurídicos están los mínimos éticos

Es estéril, infructuoso, e incluso peligroso establecer un diálogo con otras “culturas” (entiéndase la AGENDA 2030) en la acción de negar nuestra propia cultura. Y esta aseveración se está viendo convalidada por la vía de los hechos.

Cierro el paréntesis.

Dadas unas pinceladas al aborto, pasemos al infanticidio.

Ya en 2012, en la prestigiosa Journal of Medical Ethics, publicaron un trabajo conjunto los profesores Francesca Minerva (Oxford) y Alberto Giuliani (Universidad de Milán), y en la cual defendían, por razones de coherencia normativa, la permisión moral de la muerte de un neonato. Ese “trabajo” realmente me satisfizo porque, ¡por fin!, se les cayó la careta. ¿Por qué? Veamos. El aborto siempre ha existido, existe (ahora más que nunca) y seguirá existiendo. Empero, los famosos tres supuestos de la primera ley abortista de ZP contemplaban: 1º) riesgo de la madre; 2º) malformación genética del feto; y 3º) embarazo fruto de una violación. Todo debatible desde el prisma ético-moral (el diablo no tendrá razón pero tiene “razones” y todas hay que escucharlas, que diría A. Machado). Poco después se le añadió el supuesto de la preparación psicológica de la madre, para llegar hasta ahora, en la que se puede abortar en la parada de un autobús; es más, cuando una mujer acude al ginecólogo para decir que cree estar embarazada la primera alternativa que le ofrece el médico es que aborte. Con esto quiero decir que una práctica que sin ser habitual tampoco era excepcional, una vez legislada crea un abismo de proporciones dantescas.

Y llegamos al infanticidio. También pretenden legislarlo. El debate está ahora en cuál es la edad en la que la criatura tenga “conciencia de sí mismo”, si en el año o en los dos años y medio. ¿Y por qué en esas franjas de edad? Yo conozco a bastantes personas que no tienen conciencia de sí mismo ni llegados a los 50 años.

Continuará…

@LaReconquistaD

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