Columna de La Reconquista | La envidia no trae sino disgustos…

¡Cuán veraces son estas palabras, señor lector! Puestas en boca del insigne Hidalgo de La Mancha a principios del siglo XVII por Cervantes (II,8), no pierden vigencia en los tiempos hodiernos. Por lo menos, en mi personal reflexión, siempre buscando la causa de cómo hemos devenido a situaciones actuales –esa “causa” que los griegos denominaban la “aitía”, que no es precisamente expresión de la inculta titular del ministerio de “igual-da”, ni de su amiga Yolandísima, la de las cosas “chulis” que tanta emoción nos proporcionan–, ultimo por encontrar sabiduría en las palabras de autores de siglos ha, como es el caso (quizá porque nada nuevo hay bajo el sol, quizá porque somos enanos comparados con los gigantes de antaño, quizá porque la verdad es la misma por mucho tiempo que pase). Se cumple igualmente el refrán popular de que “los dichos de los abuelitos son Evangelios chiquitos”, sin duda alguna.

Pero ruégole me dispense de estos exordios, puesto que no era otra mi intención sino hablar de la envidia, y de cómo ésta es causa de “disgustos, rencores y rabias”, en palabras del Manco de Lepanto. La etimología de la palabra en sí es muy clara, ya que proviene del latín invidia, que propiamente significa malquerencia, malevolencia, celos, hostilidad e incluso aojar –echar “mal de ojo”, pues (los términos -in (poner sobre) y videre (mirar), literalmente implican poner la mirada sobre algo–. El Diccionario de la RAE la define como “deseo de obtener algo que posee otra persona y que uno carece”.Psicológicamente, se afirma que es un sentimiento natural del ser humano en sociedad, y que no es una reacción consciente o deliberada, sino que proviene de “la falta de aceptación propia, que empuja a la persona a compararse con los demás” (DSM-V).  Finalmente, tampoco descubriré nada nuevo a usted al recordarle que es uno de los pecados capitales (y que tiene como remedio la virtud de la caridad, como nos enseñaba el antiguo Catecismo, recordando que ha de fomentarse la magnanimidad y la generosidad, que es lo que la envidia no tiene).

Pero lo cierto certísimo es que siempre se ha considerado que quien envidia a otros se rebaja a sí mismo y, como algo maligno proveniente del padre de la mentira (Satanás), contra su propio querer, termina por hacer un honor a la persona envidiada –como si de moderno “karma” se tratase–. La envidia es tan antigua como actual, tan imaginaria (nace de la mente) como real (se practica en el acto). Creo que todos somos testigos, tanto en lo personal como en lo social, de haber vivido o presenciado tan insidioso pecado (puesto que no me refiero a aquella “sana envidia” que nos lleva a querer mejorar, superarnos, progresar en el orden, la virtud y el esfuerzo, sino a esa especie de rencor hacia el que es mejor o tiene más, sentimiento irracional pero real).

Nuevamente, perdóneme la prolijidad en la exposición, puesto que pretendía allanar el sendero para hablar de la envidia, pero cuando uno tiene el vicio de hablar hasta por los codos, también la escritura se exacerba. La envidia genera, pues, prejuicios e insinuaciones, detracciones y calumnias, odios y asechanzas contra las personas envidiadas. En nuestra muy “progresista”, “resiliente” e “inclusiva” sociedad, la envidia es un alimento básico de la canasta del consumidor moderno: el chisme, el cotilleo, el rumor y el “bocachanclismo” se han enseñoreado de los escenarios sociales, tertulias radiofónicas y televisivas y en los comentarios anónimos que infectan las redes sociales (que ya van pareciéndose a nasas pesqueras, siempre atrapando al incauto y despistado pececillo).

Pero es mucho peor todavía el momento en el que la envidia se estereotipa y alimenta odios (desde luego, no puede albergar amores, ya que estos serían insanos, y el amor no puede nunca serlo). Lo hemos escuchado o dicho sobre pueblos y regiones –ya que si el catalán es avaro, que si el pasiego es hipócrita, o el navarro bruto, el andaluz perezoso, el gallego taimado, etcétera–, trayendo como consecuencia que, de forma incluso sibilina, somos “adoctrinados” para ignorar y despreciar a los demás. La envidia se convierte así en causa y motivo, acto y efecto, de ignorarnos, desconfiar unos de otros, dividirnos y malquerernos.

Sin embargo, la “palma” de la envidia es la que se huele, palpa, vive y refleja en las actitudes de los políticos –¡cuánto duele que tan noble palabra esté envilecida con estas connotaciones!–, puesto que sabedores somos todos ya a estas alturas de la vida que muchos “politiquillos”, “politiqueros” y “pseudo-políticos”, casi exclusivamente del bando siniestro “ideológico”, emplean su cargo no para el servicio y la promoción del bien común, el bienestar social, del pueblo, sino como una tribuna que les da la voz para contrarrestar el bien que hayan podido hacer quienes no son de su partido o “cuerda” –basta escuchar a la poblada caterva de “rufianes”, “lastras”, “aizpurúas” y “cucarachas” de casi todo el espectro parlamentario para percibir quela mayor parte de sus declaraciones solo las realizan para insultar y denigrar a quienes proponen actuaciones, leyes y principios diferentes–. Objetivamente, debiera retirar a la Sra. Lastra del listado anterior, pero la hemeroteca me lo prohíbe aun cuando ella no esté actualmente como vocera –de hecho, ha renunciado a su cargo en su partido (sí, era “lastre” además de “lastra”), aunque no a su sabroso salario en el Congreso, porque, claro, ha encontrado quien la embarace y toma tal estado como “baja”, muy legal, eso sí–.

Sin embargo, esa envidia que es cual nuevo vitriolo en la actuación política, debe resbalarnos como si estuviésemos completamente untados en aceite (los católicos lo estamos ungidos por el Santo Crisma), y hemos de retorcernos para librarnos de ella, como se retuerce una lombriz cuando le echan sal encima –perdonen, señores animalistas, así me lo han comentado personas del ramo veterinario–.

Que digan lo que gusten, que insulten cuanto quieran, que proyecten de su boca cuanta excrecencia mental deseen (ya que ha de verterse por algún orificio, y no siempre su pobre cerebro encuentra el camino natural hacia el esfínter indicado)… De no ser así se ahogarían en su propio veneno, y no es de cristiana caridad desear mal alguno al prójimo. Simplemente, ignoremos todo lo que provenga de la envidia: envidia a la belleza de la familia, al orden de la convivencia armoniosa, a la verdad de la ley natural, a la justicia de la auténtica corrección, compensación y compurgación, etcétera. Nuestro camino, estimado señor lector, es hacia lo transcendente, por lo que no podemos perder tiempo cazando mosquitos con capazos ni deteniéndonos ante cada piedrecita del camino. Siempre animosos, siempre adelante, siempre caritativos, siempre generosos, y siempre, siempre, por el bien y por España. Nada que envidiar a nadie, porque somos, sencillamente, españoles.

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