Columna de La Reconquista | La dignidad humana (Parte II)

En continuidad con la columna anterior, estimado señor lector, y antes de exponer la flagrante asquerosidad –hablando en plata– que los gobiernos globalistas están realizando, violando la fuente prima de los derechos humanos y subyacentes, hemos de analizar un momento el llamado “criterio ético” de la valoración de la dignidad humana, siempre teniendo en cuenta que, desde la perspectiva ética, un objeto tiene mayor valor en la medida en que sirve mejor para la supervivencia y mejora del ser humano, ayudándole a conseguir la armonía y la independencia que necesita y a las que aspira (claro, nunca fuera de su propia naturaleza, porque imagínese usted que el sol “pensase” querer ser tratado como “persona”, o el erizo exigiese derechos “de ser sintiente y consciente”… todo ello a todas luces ilógico, aun cuando es lo que los gobiernos están haciendo en una falsa ponderación de derechos, y más atroz específicamente en el Reino de España).

Es, por tanto, esencial, que los valores que se elijan y que se persigan en la propia vida se correspondan con la realidad del hombre, es decir, sean verdaderos –según los fines de su propia naturaleza, no me cansaré de recordarle–. Porque sólo los valores verdaderos pueden conducir a las personas a un desarrollo pleno de sus capacidades naturales. Afirmo que, en el terreno moral, un valor será verdadero en función de su capacidad para hacer más humano al hombre, para realizar la teleología de su propia naturaleza. Son estupideces tamaño “universo” eso de creerse “trans-especie”, o el inútil que se mutila porque está convencido que es un alien, o el frustrado que no acepta su realidad vivencial biológica y sexual… fenómenos todos ellos que hasta hace unas décadas entrarían en diversas tipificaciones de la esquizofrenia, la paranoia y la idiocia, pero que hoy –por imbecilidad profunda de los legisladores, que a su vez presionan a médicos, psiquiatras, psicólogos y organizaciones– se consideran «opciones legítimas del libre desarrollo de la personalidad», ¡mandan huevos y van mil cajas! –discúlpeme el dicho–.

Veamos algunos ejemplos más propios del análisis mesurado (que no lo fue el párrafo anterior, por lo que reitérole mis disculpas). Puedo elegir como ideal el egoísmo, en la forma de búsqueda de la propia comodidad y del propio bienestar, desestimando las exigencias de justicia y respeto que supone la convivencia con otras personas y que exigen renuncias y esfuerzos. La personalidad se volverá entonces insolidaria, ignorando los aspectos relacionales y comunicativos esenciales en el ser humano. Hecha la elección, el crecimiento personal se detendrá e iniciará una involución hacia etapas más primitivas del desarrollo psicológico y moral –derivando en lo que podríamos definir como «podemita» de pura casta, sin duda alguna–.

Por el contrario, si se elige como valor rector la generosidad, concretada en el esfuerzo por trabajar con profesionalidad, con espíritu de servicio, y en la dedicación de tiempo a causas altruistas y solidarias, entonces se favorecerá la apertura del propio “yo” a los demás, primando la dimensión social del ser humano y estimulando el crecimiento personal –y fíjese usted que, no sé por cuál azar del destino, esta forma de interpretación suele apegarse más a las posturas que tildan de ser “fascistas” los neo-politólogos de las actuales cepas virulentas comunistoides, es para pensarlo–.

Así, la maduración personal sólo se facilitará procurando eliminar obstáculos que puedan originar una detención de la misma o una regresión –involución– a etapas más primitivas (propio interés). Por eso, es plenamente acertado concretar algunos valores universales, deseables para todos. En este sentido, el evangélico consejo de Cristo es plenamente válido (“no hagas a otro lo que no desees que te hagan a ti”), muy similar a los principios generales del derecho romano (“hacer el bien, evitar el mal”, bonum facere malum vitare), y también la formulación clara y precisa del imperativo categórico kantiano ofrece abundante luz. Así, en la segunda formulación del Imperativo, dice: “Obra de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, nunca meramente como un medio, sino que, en todo momento, la trates también como a un fin”. ¡Ruégole a Dios que algún legislador y juzgador lea estas líneas (las de Kant, no las mías)!

Por tanto, se trata referenciar y privilegiar en forma absoluta aquellos valores que se fundamentan en la dignidad incondicional de todo ser humano. Una dignidad que (como puede deducirse de su propia génesis) no admite ser relativizada –por gobiernos, ideologías, terapias, corrientes, tendencias, modas o zarandajas similares– ni puede depender de ninguna circunstancia (sexo, edad, salud, calidad de vida y demás cualidades).

Ahora bien, el criterio ético se fundamenta en “principios”.En sentido ético o moral llamamos «principio» a aquel juicio práctico que deriva inmediatamente de la aceptación de un valor. Del valor más básico (el valor de toda vida humana, de todo ser humano, es decir, su dignidad humana por naturaleza), se deriva el principio primero y fundamental en el que se basan todos los demás: la actitud de respeto que merece por el mero hecho de pertenecer a la especie humana, es decir, por su dignidad humana. Por ello, toda vida humana es sagrada, valiosa, inalienable –y lo es desde el momento mismo de su concepción, y hasta el momento preciso de su extinción natural o accidental, por lo que siempre serán despreciables el aborto y la eutanasia, sea cual fuere el pretexto que se busque para presentar emotivamente su “necesidad” o querer “justificar” su difusión).

Vamos, si le parece bien, a examinar a continuación este valor fundamental (la dignidad humana), el principio ético primordial que de él deriva (el respeto a todo ser humano), y algunos otros principios básicos.

En la filosofía moderna –y en la ética actual– se propaga una subjetivización de los valores y del bien. Desde David Hume, existe una corriente de pensamiento que se expresa en la idea de que no es posible derivar ningún tipo de deber a partir del ser de las cosas. El paso siguiente nos lleva a concluir que por valores entendemos nuestras impresiones, reacciones y juicios, con lo cual convertimos el “deber” en un fruto de nuestra voluntad o de nuestras decisiones. En el positivismo jurídico (tipo Kelsen) el derecho es el resultado de la voluntad de las autoridades del estado, que son las que determinan aquello que es legalmente correcto –y legítimo– y lo que no lo es (una aberración, claramente, pero hemos de ser objetivos en la exposición para poder destruir con sus argumentos su propio pensamiento, si es que es tal). Le pongo un ejemplo de este voluntarismo jurídico: imagínese que el Congreso de los Diputados (o un Decreto gubernamental, que me parece que casi es analógicamente lo mismo) expide una ley que afirma que yo, su Condestable, a partir del día 20 de este mes, soy dios. Ahí la voluntad jurídica –viciada más que burdel en época de bonanza– no es competente por muy legales que hayan sido los procedimientos, puesto que la voluntad humana nada tiene que decir sobre la divinidad. Exactamente lo mismo aplicaría para lo referente a la naturaleza humana, la dignidad humana o la vida humana: solo pueden actuar el defensa, promoción, tutela, salvaguarda y protección, puesto que contrario sensu serían incompetentes para pronunciarse al respecto –más de lo que ya lo son, con perdón–.

En ética, el positivismo y el empirismo afirman que bueno y malo son decisiones meramente irracionales o puro objeto de impresiones o reacciones, o sea, del campo emocional. Tanto en el positivismo como en el empirismo existe aún, es verdad, la idea de valores, pero sólo como una idea subjetiva o como objeto de consenso. El acuerdo por ejemplo de un grupo o de un pueblo “crea”los valores –por lo que ya no serían valores universales ni de obligatoriedad, al estar sujetos al pronunciamiento y constante cambio del pensamiento de ese grupo o pueblo… pero así van las cosas–.

En realidad, esto conduce a un relativismo total. Así, por ejemplo, el grupo podría acordar que los judíos o los “fascistas” –es un decir– no son seres humanos o que no poseen dignidad, y que por tanto se los puede asesinar sin miedo a castigo alguno. Para esta teoría no existe ningún fundamento que se base en la naturaleza de las cosas y cualquier punto de vista puede además variar de una a otra época. No existe ninguna barrera segura de valores frente a la arbitrariedad del estado y el ejercicio de la violencia –y lo estamos comprobando en carne propia, como habitantes y ciudadanos de este antaño glorioso Reino de España, hodierno devenido en “Españistán”, “Hisparabia” o “Espanzuela” o como prefiera usted–.

Sin embargo, con su inteligencia, el hombre es capaz de trascenderse y de trascender el mundo en que vive y del que forma parte, es capaz de contemplarse a sí mismo y de contemplar el mundo como objetos. Por otro lado, el corazón humano posee deseos insaciables de amor y de felicidad que le llevan a volcarse –con mayor o menor acierto– en personas y empresas. Todo ello es algo innato que forma parte de su mismo ser y siempre le acompaña, aunque a veces se halle escondido por la enfermedad o la inconsciencia.

En resumen: a la vez que forma parte del mundo, el hombre lo trasciende y muestra una singular capacidad –por su inteligencia y por su libertad– de dominarlo (por más que les duela a los defensores de ciertas corrientes ecologistas, animalistas y similares). Y el ser humano se siente impulsado a la acción con esta finalidad. Podemos aceptar, por tanto, que el valor del ser humano es de un orden superior con respecto al de los demás seres del universo. Y a ese valor lo denominamos “dignidad humana”.

Continuará…

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