Columna de La Reconquista | La dignidad humana (Parte I)

La dignidad, estimado lector, es la «cualidad de digno» (en latín, dignĭtas, traduciéndose por «valioso»), y hace referencia al valor inherente al ser humano en cuanto ser racional, dotado de libertad y poder creador, pues las personas pueden modelar y mejorar sus vidas mediante la toma de decisiones y el ejercicio de sus libertades –espéreme usted, no me haga adelantarme en la narración respecto a las aberraciones legislativas que cada día vejan el augusto concepto que intitula esta columna–.

Durante mucho tiempo la dignidad se explicó en buena medida por la «autonomía» propia del ser humano de escoger sus propias respuestas, como analizaron Platón, Pico della Mirandola y Kant, pues sólo el que sabe y puede gobernarse a sí mismo según un principio racional, resulta un sujeto libre. Al regular su comportamiento según normas propias, según el significado etimológico de la voz griega «autonomía», ya no es un mero súbdito, ya no está bajo el dictado de otro, sino que es un ciudadano.

La educación juega aquí un papel extremadamente importante, puesto que el auténtico ejercicio de la libertad –más allá de la arbitrariedad del comportamiento externo–, exige la formación de la inteligencia y de la voluntad, facultades específicas del espíritu humano (jamás del animal no perteneciente a la especie humana, por lo que hablar de «dignidad animal» no solo es una prosopopeya literaria, sino una estupidez legislativa). Lógicamente, el presupuesto es el de la existencia de cierto grado de libertad posible en el ser humano y la negación de un determinismo radical. La universalización o globalización de la dignidad es un presupuesto para la consecución de una verdadera emancipación y pacificación moral de la humanidad: el ser humano, varón o mujer, niño o anciano, enfermo o sano, religioso o ateo, malvado o benevolente, blanco o negro… es «siempre digno», porque puede decidir qué ser, porque no es sólo lo que es, sino también sus aspiraciones y proyectos personales –aun cuando solamente sean rectas inclinaciones las que dimanan de nuestra naturaleza, en la que no existen «géneros» inventados ni «ideologías» sojuzgantes– . Pese a lo anterior, se ha de decir que incluso al ser más abyecto hay que reconocerle la posibilidad de ser otra cosa que lo que es. Así, la vida humana es respetable siempre porque puede ser algo más que vida, vida con sentido, o sea, biografía.

La dignidad se basa en el reconocimiento de la persona de ser merecedora de respeto, es decir que todos merecemos respeto sin importar cómo seamos. Al reconocer y tolerar las diferencias de cada persona, para que ésta se sienta digna y libre, se afirma la virtud y la propia dignidad del individuo, fundamentado en el respeto a cualquier otro ser. La dignidad es el resultado del buen equilibrio emocional. A su vez, una persona digna puede sentirse orgullosa de las consecuencias de sus actos y de quienes se han visto afectados por ellos, o culpable, si ha causado daños inmerecidos a otros. La misma dignidad que nos pone por encima de la naturaleza, pues podemos transformarla también en nosotros mismos, contenerla, regularla, nos hace responsables. Un exceso de dignidad puede fomentar el orgullo propio, pudiendo crear la sensación al individuo de tener derechos exclusivos (privilegios).

La dignidad refuerza la personalidad, fomenta la sensación de plenitud y satisfacción. En épocas antañonas, para justificar la esclavitud se decía que el esclavo no era persona humana, sino un objeto –al igual que judíos, gitanos y homosexuales durante el régimen nacional-socialista–. Es constante en la historia de la humanidad negar la dignidad humana para justificar y justificarse en los atentados contra ella –algo así como lo que hacen los seguidores fanáticos de la banda terrorista ETA, supuestamente extinta–.

La dignidad es reconocida por los seres humanos sobre sí mismos, como un producto de la racionalidad, la autonomía de la voluntad y el libre albedrío, aunque los críticos sobre esta forma de asignar dignidad indican que existen humanos que bajo ese criterio no podrían tenerla: bebés, niños, disminuidos psíquicos profundos, seniles, dementes, etcétera –y ya vemos que las «agendas» globalistas hacen todo lo posible por deshacerse de los mencionados, además de pervertir a los inocentes y desquiciar a los justos–.

También han existido y existen personas, especialmente los defensores de movimientos por los derechos animales, que también otorgan algún grado de “dignidad” a individuos de otras especies animales por su condición de individuos con cerebro que, por lo tanto, también tienen capacidad para sentir –en cuanto a los sentidos, claro está, nunca a los sentimientos–; no sin discusión, puesto que esta asignación de dignidad también seguiría siendo un reconocimiento puramente humano –creo que usted jamás habrá escuchado a una cebra reclamar supuestos derechos animales, ni a un esturión interponer una denuncia por violación a tales derechos–…

La referencia a la dignidad está siempre presente en los instrumentos fundacionales del derecho internacional de los derechos humanos nacido luego de concluida la Segunda Guerra Mundial. En tal sentido, se destaca ante todo la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, que invoca en su Preámbulo la «dignidad intrínseca (…) de todos los miembros de la familia humana», para luego afirmar en su Artículo 1° que «todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos» –espero que haya notado usted que no hace referencia a derechos animales ni animalistas, al igual que no discrimina entre hombres y mujeres–.

Con posterioridad, el concepto de dignidad humana fue retomado por los dos Pactos internacionales de derechos humanos de 1966 y por la mayoría de los instrumentos condenatorios de una serie de prácticas o directamente contrarias al valor esencial de la persona, tales como la tortura, la esclavitud, las penas degradantes, las condiciones inhumanas de trabajo, las discriminaciones de todo tipo, etcétera. En la actualidad, la noción de dignidad humana tiene particular relevancia en las cuestiones de bioética, puesto que en nombre de la ciencia y de la «evolución» se está buscando extinguir la especie humana con un “transhumanismo” descarnado, cruel y desnaturalizador.

Asimismo, un gran número de Constituciones nacionales, sobre todo las adoptadas en la segunda mitad del siglo XX, hacen referencia explícita al respeto de la dignidad humana como fundamento último de los derechos enumerados y como la finalidad esencial del Estado de Derecho. En tal sentido, se destaca la Constitución Alemana de 1949, que, como reacción a las atrocidades cometidas durante el régimen nazi, establece en su Artículo 1° que: «La dignidad humana es intangible. Los poderes públicos tienen el deber de respetarla y protegerla».

La dignidad humana, ciertamente, contiene elementos subjetivos, que corresponden al convencimiento de que las condiciones particulares de vida permiten alcanzar la felicidad y de elementos objetivos, vinculados con las condiciones de vida que tiene la persona, para obtenerla –si bien la autorrealización no implica la autopercepción, rayana en la locura, de ideologías nefandas y pseudo-derechos ilegítimamente impuestos a golpe de legislación de mayorías en turno–. Sin embargo, así las cosas, se determinó a la Dignidad Humana, como un derecho fundamental.

Continuará…

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