Columna de La Reconquista | “La cofradía de los cobardes”

Si bien tendemos a pensar que una «cofradía» es una asociación reconocida por la Iglesia Católica que algunas personas forman con fines piadosos –ahí llegan a nuestra mente las famosísimas y celebradas Cofradías de la bella Andalucía, aunque no se quedan lejos la del Cristo de Medinaceli en Madrid o la del Paso Azul en Murcia–, no menos cierto es que igualmente se define como cualquier “asociación de personas con unos mismos intereses, especialmente si estos son profesionales o altruistas” –tanto da si de pescadores, de cazadores o de ganaderos, por ejemplo–. La etimología de la palabra es contundente, puesto que una preposición y un sustantivo latinos (cumfrater, unión con – hermano) nos remite ineludiblemente a la segunda asociación. Imagínese usted que hasta el actual (des)gobierno del Reino de España casi calificaría para ser una «cofradía», puesto que son personas –hasta donde podemos presumir, aun con dudas legítimas–, se han asociado –aunque digan que es de “coalición”, porque poca hermandad pueden tener– y tienen un interés clarísimo –ellos dicen que “gobernar”; nosotros, el pueblo, quizá podríamos precisar que “lucrarse, arruinar, demoler y matar” serían acciones más definidas de su forma de “gobierno”–. Por supuesto, lo que impide aplicarles este hermoso término es precisamente que de «altruistas» tienen lo mismo que una monja de prostituta…

El cobarde tiene igualmente dos formas de definirse. La más benigna es la que nos dice que se trata de aquel “que siente miedo ante situaciones difíciles o muestra falta de valor para emprender acciones peligrosas o que conllevan cierto riesgo” –en buen román palatino, el “acojonado”, y en plata, “timorato”– o bien de aquel “que  perjudica o hace daño de forma encubierta por carecer de valor”. Con esta segunda definición me quedo, estimado señor lector, para la reflexión que en el día de hoy le propongo: ¿quiénes parece que somos?: la «cofradía de los cobardes», porque nos une a muchos de nosotros el amor patrio, la esperanza de convivir en la paz, armonía y justicia que tanto deseamos, con buenas y sensatas leyes, sin tener que andar “amordazados” (igual me da si por “corrección política”, “mascarillas” o “temor”).

Sí. Somos cobardes desde el momento en que nuestra actuación es solo en grupos afines –minúsculos por lo general–, o bien a través de redes sociales de “amarillismo”, “salseo”, “desahogo” o “catarsis”. Mire usted: los «generales de salón» –que era como el gran general romano Cayo Julio César denominaba a aquellos senadores que criticaban y corregían sus decisiones cuando en la vida habían salido de sus cómodas casas, menos aún para dirigir batallas– hoy nos reunimos en chats, apps, mensajerías de todo signo, color y pelaje (que no digo que no tengan utilidad, al contrario, la tienen, pero bien utilizada, como está haciendo usted ahora al leerme). ¿Por qué nos falta valor? ¿Tenemos tanto miedo? ¿A qué o a quién?

Las tres preguntas anteriores, si bien retóricas, ameritan una profundización, mi estimado señor lector. Sin duda alguna, considero que todos nosotros tenemos valor para defendernos en situaciones personales, particulares (ante cuestiones del día a día, donde no dejamos que nos pasen por encima en la cola del supermercado o donde exigimos a las oficinas municipales que nos atiendan no cuando ellos quieran sino cuando debe ser). Pero el valor colectivo, el que aúna corazones y acciones, es muy distinto. Y es difícil que retorne como en antañones tiempos –desde Viriato, Numancia, Cartagena, Bailén, Zaragoza o la Batalla del Ebro–, porque nos falta un catalizador común. Cierto es que a todos nos “golpea” la crisis y recesión económica, a todos nos afectan las restricciones sufridas por “motivos sanitarios”, a todos nos duelen las injusticias (legales o no) que abarcan desde el BOE (con leyes de muerte, aborto, discriminación lingüística, indefensión, violencia…) hasta Nicaragua, pasando por Ucrania, Nigeria y tantos otros conflictos. Es cierto. Pero no es suficiente. Por lo menos no es suficiente para hacernos reaccionar con un: ¡BASTA YA”.

Las restantes dos preguntas (¿tenemos tanto miedo? ¿a qué o a quién?) no son tan sencillas de responder, ya que dependen en buena parte del ánimo subjetivo, de la fortaleza interna de cada uno de nosotros, de la consideración de cuánto estamos dispuestos a arriesgar por la defensa de lo justo. De seguro –y ruego me perdone el ejemplo–, si a cualquiera de ustedes les dijese su hija que la violaron, o su hijo pequeño que han abusado de él en el colegio, ¡como misiles estarían yendo a presentar las denuncias (y seguramente a buscar al miserable canalla que hubiera perpetrado tan abominables conductas)! Pero cuando un vecino o amigo les dice que ha perdido su trabajo por la crisis económica, cuando observan en las facturas de luz o de la compra semanal los progresivos encarecimientos… se soluciona con tres “tacos”, recordar a la madre de alguien (generalmente, algún gobernante de cuyo nombre no quiero acordarme), encogerse de hombros… ¡y pagar, callando! Ahí nos quedamos apocados, inanes, timoratos, ¡cobardes! Otro tanto sucede si se organiza una manifestación o concentración casi siempre encontramos motivos para no asistir (la edad, el horario de trabajo, los achaques o porque no es algo que uno piense que le afecta directamente a él o a su bolsillo); o si hay una recogida de firmas por una causa noble (desde enjuiciar a gobernantes abusivos, fraudulentos, ladrones, mentirosos y corruptos hasta exigir que frene la batalla lingüística que destroza educación, amistades y niños, o para pedir el cese de demoliciones de cruces, símbolos religiosos, ataques en las calles por presuntos “menores”) no lo hacemos muchas veces porque tememos que nuestros nombres figuren o vayan a parar a qué sé yo qué archivo o que se entere alguna autoridad que pueda “chincharnos”… Lo dicho: silentes, pávidos, ¡cobardes! ¡Siempre encontramos excusas!  

Preguntaba el jurista romano Cicerón, al evidenciar la traición de Catilina: quo usque tandem? ¿Hasta cuándo? Al menos él consiguió que el Senado de Roma condenase a todos los conspiradores, todo en menos de un año (con batalla incluida). Creo que nosotros seguiremos aguantando mucho más, muchísimo más, porque nos hemos acostumbrado a las ficticias mieles de la “democracia” –sin ver que ha degenerado en demagogia–, y no queremos saber nada de las muy reales hieles de la siniestra izquierda –que en realidad es ya una encubierta dictadura–, y por ello nos hemos hecho muy blandos, muy susceptibles, un rebano de perros ladradores… pero poco mordedores. Sólo me queda impetrar al Altísimo su luz para que podamos discernir que, como dice el Apóstol, “ahora es el tiempo oportuno”. Lamento el presente diagnóstico (cuyo íncipit he tomado del valiente Cardenal Cañizares, Arzobispo de Valencia), pero… no hay otra cera que la que arde. Nos faltan “arrestos” –tamaños, cataplines, cojones (perdón por decirlo en latín)–, y pagaremos por ello. Tenga Dios misericordia de nosotros y de España.

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@LaReconquistaD

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