Columna de La Reconquista | “La cabra, la cabra, la…”

¡Para qué seguir la popular tonadilla, estimado lector, si convencido estoy de que cada mañana, postrada de hinojos y bendiciendo al Todopoderoso, cierta Vicepresidenta del Gobierno del Reino de España ha de agradecer a la Providencia que el gentilicio de su localidad natal sea “egabrense” en lugar de lo que más coloquialmente pudiéramos pensar…! Aunque, desde luego, igualmente estoy cierto de que “la cabra tira al monte”, y de aquellos polvos, estos lodos…

Veamos poco a poco. ¿Es dado a considerar que una catedrática universitaria, Doctora en Derecho, Juez, Magistrada y con dilatada experiencia política sea tan increíblemente negligente, inculta, zafia, basta, prosaica, contradictoria y falaz como la egabrense de reputación tan conocida? Pues de ser dable esa consideración, la cabra está en lo correcto, porque nunca ha dejado de ser lo que es por naturaleza: un animal perteneciente a la especie caprina (y eso no se soluciona ni con Ley Trans ni zarandajas varias, porque, como decían antiguamente, quod naturam non dat, gratiam non praestat –lo que no te ha dado la naturaleza, la gracia divina no lo va a conceder–).

Confieso sin pudor que, al igual que de otros integrantes del vigente (todavía) Gobierno, cabía en mi mente la razonable duda sobre sus capacidades –no en vano supuestamente la trayectoria, dedicación y «expertitud» de tales seres había sido reconocida previamente en diferentes ámbitos, como el judicial y el académico, y así damos fe de Margarita Robles o Juan Carlos Campo (nunca del indigno Marlaskón)–. Pues bien, ¡vaya toma de contacto con la realidad! Si yo fuese muy coloquial, diría que el aterrizaje de mis pensamientos contrastados con la realidad ha sido un auténtico hostión consentido (ruego al lector me perdone la vulgaridad). ¿Qué hacemos?

Recordaba el Refranero –por eso de que “la cabra tira al monte”–, y me tropecé con una cita que también cae como anillo al dedo para la tiniebla que obnubila los pensamientos de tantos millones de españoles: “Si los idiotas volasen, nunca veríamos el sol”. ¿Comprenden, señores lectores, que no distingamos nada, con tantas cortinas de humo, nieblas artificiales, tinieblas auténticas y esos “seres voladores” –de seguro también “seres de luz”, claro–, y que esto provoque la vorágine legislativa, social y económica? Pero bueno, dicen que “el pez por su boca muere”, y en ello tiene «expertitud» la egabrense y su amigo Simón (“el gran varón”). No sé dónde se encuentre ubicada la Escuela de Planeación del PSOE, pero ha de tener un rating internacional del top ten, vistos los resultados: vuelan mejor que los colibríes, las golondrinas y los buitres: que los primeros, por su rapidez, que los segundos, por su temor a la cercanía con los demás, y los terceros, por su voracidad, rapacidad y rapiña. Casi parece una “foto de familia” de Moncloa, aunque, claro, cualquier parecido con la realidad pudiera –que no creo– ser pura coincidencia.

La reputada egabrense es, como el equipo del cual forma parte, un desastre. Desde que profundicé en las lecturas clásicas de Platón, Aristóteles y otros señores de las épocas (que han dejado verdades indubitables en todas las áreas del conocimiento humano), veo con horror que se cumplen “profecías” sobre el destino de los pueblos gobernados por la idiocia –y, lógicamente, por quienes tienen tal enfermedad–, que la demagogia ha suplido a la racionalidad en el discurso y la coherencia en las acciones, que la oclocracia abusa del poder positivo para afrontar pésimas reformas a nuestro amado Reino de España, y que los enemigos son aplaudidos –indultados o trasladados, si prefiere, da igual que la ETA o que la OTA (Generalidad catalana)– mientras que el patriota es vilipendiado, acosado, escrachado, burlado, golpeado y condenado. De aquellos polvos…

¿Quién debe gobernar? En principio, cualquiera (según la democracia entendida hoy, no la democracia clásica griega, que era oligárquica); en teoría, el mejor y más querido; en deseo, el más preparado y afín a lo justo, honrado, honesto, bueno, correcto y ético. En la realidad, cualquier don nadie de un partido –casi todos analógicamente egabrenses, déjeme decirle–, sin conocimiento, experiencia, deseo de servicio y amor a la Patria. Y, lo peor: casi nadie dice nada. Nada. Bueno, cierto que somos muy «bocones», siempre sabios en comentar –ya todos hemos visto que en Pandemia hasta el más necio es doctor, igual que en época futbolística hasta el más lerdo es director técnico–, pero pocas veces lo hacemos para un bien.

Por desgracia, vivimos en un tiempo en donde el inteligente se tiene que quedar callado para que el ignorante no se ofenda, porque incurriría el inteligente en un grave delito de discriminación. Lo “políticamente correcto” nos está acabando, porque ni es político –no busca el bien común– ni es correcto –atenta en múltiples formas contra la naturaleza, la inteligencia, la historia, la experiencia, la conciencia y la convivencia–. Citando al antiguo Demócrito, “todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa”. ¿Qué otra cosa se hace desde las instituciones gubernamentales? Se alaba y premia al malo (no busquen nombres, por favor), se desoye, desprecia y ataca al bueno (que no es otro sino el coherente con la inteligencia y la coherencia vital de la conciencia).

“La cabra, la cabra, la…”. Y también mamá cabra, sí. ¡Qué mala suerte! Ya es bastante castigo haber arrostrado tantos años de infamias gubernamentales como para que encima ahora solamente sepamos ponernos un bozal, obedecer como comandos de computación, y petrificarnos en fidedigna representación de la imagen realizada en homenaje a la estupidez humana. La cabra come de todo, es el omnívoro más “depredador”, e inclusive su saliva frena el crecimiento de vides y otras plantas más delicadas… La actual egabrense también “traga de todo”, de incoherencia en incoherencia, de mentira en mentira, de estupidez en estupidez –lo bueno es que seguimos pagándole el honrado salario, fruto del sudor de su…–.

Cabra. Un 7 de noviembre de 1938, día de mercado, la ciudad fue bombardeada por la aviación republicana en lo que hoy se conoce como “el Bombardeo de Cabra”. No se trataba de un objetivo estratégico, y la línea del frente se encontraba lejos. Las cifras oficiales fueron de 109 muertos y más de doscientos heridos. Claro está que la ilustre egabrense de referencia no vivía illo tempore, pero no deja de ser desafortunado que cuando cae la lluvia la planta no esté en su lugar (¡cuánto hubiese perdido o ganado España!). También es conocido por todos que jamás se condenará que el bando republicano realizase tal bombardeo, o que esa suma de difuntos sea mayor que la cortina de humo de exumaciones en el Valle de Los Caídos. Reitero: la cabra tira al monte, al monte de las guerrillas, al monte donde el diablo subió a Jesucristo para tentarlo… El Maestro no sucumbió; a la egabrense ni siquiera le hizo falta llegar a la cima, puesto que ya desde las faldas iniciales devoró lo presentado.

No me gustan las cabras –y espero que no se sientan discriminadas o que procedan judicialmente por violación a los derechos humanos de las personas no humanas, que es lo que me faltaba–. No me gusta tampoco la egabrense. Pero menos aún me gusta que nos estemos «egabrando» todos los españoles, tragándonos lo que nos echen, olvidándonos del bien y lo bueno, transformándonos en los abducidos seres marionetas que el titiritero mayor del Reino –léase “P. Sánchez”– está buscando –¡y consiguiendo!– hacer con España. Por ello va mi pluma, elevando votos para que, por un lado mantengamos la paz que tanto costó construir, y por otro, abramos los ojos y la inteligencia para «desabregarnos» y hacer juntos el bien que cada español, hijo de tan amada Madre Patria, merece.

Un comentario en «Columna de La Reconquista | “La cabra, la cabra, la…”»

  • el julio 8, 2021 a las 6:32 am
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    Pero que muy acertada lo de la cabra la….de la cabra la…que la cag.👍
    Sólo queda VOX.

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