Columna de La Reconquista | La abstención no es solución

En los días que corren y que nos tocan vivir, seguro estoy que tanto usted, amable lector, como su servidor, hemos escuchado hablar de la abstención del sufragio activo –o sea, no votar en las elecciones políticas por candidato o partido alguno–. Le confieso sin ambages que es una opción que me preocupa, me disgusta y me hace reflexionar en demasía, lo cual quiero compartir con usted en este día.

Hay diferentes tipos de «abstención», claro está. En sí, el término hace referencia a evitar algo, no tomar una acción. Su raíz etimológica latina se compone del prefijo –abs (contra), el verbo tenere (dominar, retener) y el sufijo –ctio, por lo que se define propiamente como “la acción de privarse, despojarse o inhibirse de algo”. Por supuesto, en campos específicos de la actividad humana refiere otras actuaciones, y así en psicología es el mecanismo de defensa del individuo por el que se enfrenta a conflictos y amenazas de origen interno o externo mediante la utilización de palabras o comportamientos que niegan pensamientos, sentimientos o acciones”, por ejemplo, y la corriente griega del escepticismo recomendaba practicar la abstención –en griego, epojé–, para “dejar nuestro juicio y todo aquello que conocemos en suspensión para lograr un estado en el que sea imposible negar o afirmar algo”. Sin embargo, el campo semántico más relevante es el político-electoral, en el cual se define como el acto por el cual un potencial votante en unas elecciones decide no ejercer su derecho al voto”, aunque algunos politólogos acentúan la que denominan «abstención activa» –o sea, que no se limita a no votar, siendo pasivo–, consistente en practicar el voto nulo o voto blanco. Éste último aspecto es el que me gustaría que nos moviese a reflexión.

Desde el momento en el que uno no forma parte de la solución de cualquier asunto, se hace parte (y partícipe, además) del problema. Coloquialmente, podría decirse que el Refranero lo citaría como “tanto peca el que mata la vaca como el que le agarra la pata”, en el pleno sentido de que hay una corresponsabilidad en el resultado de la acción o la inacción. Y el abstencionismo político es la corriente ciudadana que decide no intervenir en las elecciones de los representantes del pueblo”. No es algo novedoso, porque también en los orígenes de la democracia en Atenas se dejaba al ciudadano la opción de no participar, aun cuando ello fuera en contra de la misma esencia social del ser humano –quizá por ello Pericles impuso el misthos, una retribución económica para fomentar la participación, aunque hoy en día casi podríamos tildarlo de soborno–.

El ciudadano –en griego, polités– es el habitante de la ciudad –en griego, polis– que debe participar en los asuntos públicos –porque es un ser social, de la ciudad, el politikós–. Así lo mantiene Aristóteles, y por ello mismo algunos sistemas políticos obligan al ciudadano a participar, so pena de una sanción, puesto que, si bien el ejercicio del sufragio es un derecho, también es un deber, y el deber implica obligación de realización –pese a los motivos que hubiere para pensar en no ejercerlo, como el pensar que ningún candidato es “bueno” o que todos los programas y partidos políticos son iguales, como se suele generalizar falsamente–.

Si el ser humano es ser social, entonces no puede desentenderse de la sociedad en la que está inmerso e inserto, de la que es miembro vivo y partícipe. Curiosamente, muchos están muy preocupados por la ecología, los refugiados, el hambre en África y mil temas de loable atención, pero afirman que la política es inútil y que no quieren saber nada de ella. ¡Qué craso error, confundir la política, que es ciencia y arte del gobierno y administración de los asuntos internos y externos de un Estado, con lo político, que es el manejo particular en base a principios o a ideologías de actuación! Esta confusión provoca la indiferencia ante el deber de votar, la ignorancia consciente (no nesciente) de quiénes han de gobernar por representación popular y las decisiones que tomarán –si son coherentes, las propias de sus principios programáticos, y si son oclócratas y mentirosos, las que vayan queriendo según caprichos, tendencias y egoísmos–.

Imagínese usted que en una comunidad de vecinos la decisión de horarios de limpieza, pagos y contribuciones no fuesen decisiones aprobadas por la mayoría… Estaríamos siempre en pleito unos contra otros por cosas muy sencillas. Y no es solución –como lo solemos hacer para dar legitimidad a asambleas y reuniones– poner quórums, porque implicará necesariamente que no se reúne la totalidad, sino una mayoría –sin entrar a analizar si es simple, absoluta o calificada–. Lo grotesco y triste es que todos queremos el derecho a criticar a quien gobierna o legisla, pero no queremos participar en la elección de quien ha de gobernar o legislar. ¡Qué absurdo! Pues precisamente esto es lo que propugna el abstencionismo y quienes lo defienden, por muy elevados discursos que profieran y sesudas fundamentaciones que esbocen. Tal y como se encuentra el sistema electoral en la mayoría de los países de Occidente y su esfera, la abstención no sirve de nada excepto para promover indiferencia entre la población votante, porque a los políticos (y al sistema vigente) no les importa nada en cuanto a la representación proporcional.

Le pongo un ejemplo: lo mismo da que voten muchos o pocos, puesto que habrá votos a favor de unos u otros, y un partido o un candidato será ganador, porque es imposible pensar que se va a abstener de votar en 100% de la lista nominal de votantes (ya que al menos los candidatos votarán, y como no hay requisitos mínimos de quórum, la votación será válida y lícita, legal). Entonces, ¿de qué sirve la abstención? Igual dará que haya 100 votos válidos que 40 millones. De nada habrá servido, excepto como una inocua e ingenua protesta contra un sistema electoral –al que, dicho sea de paso, tampoco podrán reformar puesto que no han participado–.

Quienes promueven el abstencionismo afirman las dos modalidades del mismo, la activa y la pasiva. La primera se da cuando el votante potencial no deposita ningún voto en las urnas. La abstención activa sucede cuando, de manera deliberada, se emite un voto nulo, lo cual presenta un problema factible de legitimación, siempre y cuando el padrón nominal de quienes se hayan abstenido activamente (no de quienes no hayan votado) sea la mayoría de la población –lo cual, reitero, es infactible en cualquier sistema democrático, y en la historia jamás se ha presentado un caso así, ya que rompería el principio de “un hombre, un voto” propio de la democracia representativa, directa o indirecta–. En cualquier caso, un sistema democrático en el que los ciudadanos no emiten su voto por ninguna opción política se encuentra ante un serio problema de legitimación, y no resuelve nada, sino que prorroga interinamente en el poder ejecutivo (y en el legislativo, generalmente) a los mismos titulares que estaban previos a la jornada electoral.

La solución es promover la participación en las decisiones políticas, y a ser posible por una democracia directa, no con la representativa indirecta que tenemos ahora en el Reino de España, donde son los representantes quienes deciden todo, en lugar de pasar las leyes al refrendo ciudadano previo a la sanción regia. Evitaríamos que abominables legislaciones como las que han promovido los Ministerios de “Igualdad”, “Educación”, “Fomento”, “Presidencia”, etcétera, hubiesen pasado el quórum en las Cámaras (por el contubernio «prostitucional» de partidos políticos y el voto de partido, claro). Ahí sí que estoy de acuerdo en darles todo mi apoyo, porque es una participación propia de la inteligencia del ser humano. Pero jamás podré considerar que la abstención –aunque la llamen «activa»– sea factible para resolver nada, puesto que nada proponen para la mejora y el desarrollo, sino que solo muestran su descontento con la totalidad del espectro político –el bueno, el malo, el peor y el pésimo, aun cuando ninguno nos pudiera convencer absolutamente–. La abstención es como pedir a una muela cariada que deje de doler, y si es «abstención activa» será como regañar a la muela antedicha por “portarse mal”. Absurdo, sin duda, pero con más partidarios de los que la media de inteligencia habitual podría contemplar…

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