Columna de La Reconquista | Jamás la memoria puede ser democrática (Parte II)

Decíamos ayer en la entrega anterior, tras haber analizado someramente qué es la democracia como sistema político y qué es la memoria como capacidad humana, que estamos viviendo un momento histórico de «memoria selectiva». No, señor lector, nadie nos está bloqueando neuronalmente la sinapsis ni borrando lo aprendido… Es peor todavía: están penalizando recordar, expresar, ponderar, analizar, estudiar y aprender en base a lo pasado, a la historia objetiva, a las fuentes, raíces y causas de la realidad que hoy vivimos. Por supuesto, un pueblo inculto es más sencillo de gobernar, más fácil de doblegar, más rápido de controlar, y de ahí, en mano de siniestra agenda globalista, las nefastas leyes educativas (que en nada educan, con eso de que es un enfoque por competencias donde el alumno decidirá si quiere y qué quiere “aprender”, aunque ya de base se le mermará la elección de historia, cultura, literatura, arte o biología para adoctrinar en «matemáticas inclusivas», «historia selectiva», «biología de género» y «literatura de perspectiva»).

Déjeme usted que le proponga un ejemplo de manipulación selectiva: el día en que programen, por ejemplo, un partido de fútbol que denominan “clásico”, o que transmitan la final de un certamen de canciones, boxeo o “talentos” (¡cómo desconfío de ese término, desde que constato que por ser papagayos repetidores o chimpancés imitadores ya dicen que alguien es “talentoso”…), ese mismo día revise usted qué discutirá la Cámara del Congreso de los Diputados, cuál será el Orden del Día en el Parlamento Europeo, o qué noticias hay sobre la inversión bursátil. Consciente soy de que quizá ninguno de estos temas puedan ser de su agrado, pero sí le aseguro que ese día, con el magnífico distractor (al más puro estilo romano de panem et circenses, “pan y juegos”, aunque nos encarezcan diariamente el alimento), se aprobará alguna ley que reducirá derechos, conculcará libertades, mermará facultades, restará capacidades o aumentará ideologías. Fácilmente lo podrá constatar.

Sin embargo, lo referente a la mal denominada «Ley de Memoria Democrática», que no es ningún distractor, se condensa en tres puntos: como “ley” es ilegítima (puesto que la legalidad no es sinónimo de justicia y bondad, componentes de la legitimidad), como “memoria” es amnésica (si es que no directamente perturbada, esquizofrénica y maniática, al querer elegir qué se puede y qué no considerar recordable) y como “democrática” es demagógica (toda vez que pretende atribuirse la elección de la interpretación correcta de la historia según un discurso de odio, desnaturalizado, ponzoñoso y vergonzante). Simplemente.

Olvidan los inútiles legisladores que la han aprobado con sus espurios votos (puesto que en conciencia, aunque algo no nos agrade, no podemos negarlo ni anularlo de tal forma) que la ley tiene ínsitos tres elementos consubstanciales: es general, es universal y es abstracta. Por ello, cualquier ley que carezca de uno de esos elementos, podrá ser muy “legal” (al contar con la cuantía de votos requeridos, la aprobación de las Cámaras o la regia sanción), pero, sencillamente será injusta e ilegítima, porque no favorece el bien común. Precisamente por eso, desde los albores del derecho romano (fuente de nuestro derecho occidental), se estableció que la generalidad de la ley es porque aplica a todos, su universalidad es por la competencia y prevalencia, y su abstracción es para que pueda adecuarse a los casos particulares en justicia, dando a cada quien lo que corresponda (ese suum cuique tribuere que refiere Ulpiano). Así, cualquier ley de naturaleza reducida no puede ser sino objetable desde la recta razón, el más puro sentido jurídico natural y la más atinada lógica y ontología jurídica.

Unos meses ha, comentaba con un profesor universitario de historia del derecho (de cuyo nombre ni quiero acordarme) sobre su pensamiento acerca de la objetividad histórica, puesto que yo le afirmaba que la historia, coloquialmente, es el recuerdo de los hechos acontecidos en el pasado. Me lo negó el erudito, diciendo que era falsa esa concepción, porque (según él) la historia es cómo se recuerdan los hechos del pasado. Entre dimes y diretes (arguyendo su servidor que la objetividad de las fuentes no podían dar elección de ese “cómo” recordarlas y contra-arguyendo el indecente docente que la historia ha de ser valorada desde perspectivas de humanidad) acabamos un poco mal, pero no pudo convencerme. A ver: podrá gustarnos o no que en el año 711 la península ibérica fuese invadida por pueblos árabes, pero objetivamente así fue (aun cuando posteriormente ahondemos en las causas, concausas, si fue una “invitación”, una “traición” de D. Julián, o lo que guste usted). Podrá caernos o no simpático el General Francisco Franco, pero inevitable es recordar que gobernó España de 1939 a 1975 (año éste en el que la ONU guardó un minuto de silencio en su memoria, como Jefe de Estado legítimo, cosa que algunos parecen olvidar). Nos agradará o no que Pedro Sánchez presida el Gobierno de España (de manera ilegítima según mi parecer), pero así lo ha sido desde la moción de censura que presentó a su antecesor, Mariano Rajoy (cosa diferente será que algunos esperamos que mañana mismo dimita de su cargo, que lo debiera hacer si tuviese un nanomilímetro de conciencia). La historia es lo que ha sido, y lo que es, pero jamás lo que quisiéramos que hubiese sido o sea.    

Finalmente, estimado señor lector, no puedo cerrar esta reflexión sin invitarle a que también usted, con mesura, honradez intelectual y criterio objetivo, piense sobre lo debatido. Todos formamos parte de la historia, ciertamente (algunos dirían que de la “metahistoria”, pero no es momento de tal elucubración), aun cuando no se recuerden sino a muy pequeño nivel (quizá solo familiar) nuestros éxitos y fracasos. Y todos tenemos nuestro juicio sobre esa historia (aun cuando sea subjetivo, más o menos amplio, más o menos acertado). Pero… ¿aceptará usted que le quiten su historia? Si su señora abuela se llamaba Graciana, ¿aceptaría que por decreto pasase a llamarse Dolores? Es decir, ¿daría por buena la falsedad, aun cuando la susodicha estuviere finada? Al parecer, eso han hecho a golpe de ilegítima ley los pseudo-gobernantes y sus coludidas mascotas de presuntas “naciones” (la ignorancia es tan osada, que no pueden leer los anales de tales regiones y ver que fueron reinos previamente, jamás naciones, pero eso es otra “historia”), y osan tildar de “democrática” tan canallesca actuación…

Si nos quitan nuestro pasado, señor lector, nos condenan a repetir sus errores, a no avanzar desde lo aprendido y a ser burdo remedo del antaño glorioso pueblo de España… En lo personal, desobedeceré tal ley (y con legislación internacional en mano, claro, no por mi ego o apetito), pero… ¿qué recibirán nuestros niños sino ignorancia, nuestras instituciones sino desvergüenza, nuestros mayores sino agravio? ¡Execrable memoria, la que recae en la hipertimesia (implantando recuerdos falsos)! Huyamos como de la peste de estas felonías.

@CondestableDe

@LaReconquistaD

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