Columna de La Reconquista | Invisibilizamos la muerte

Hace apenas dos meses, señor lector, uno de mis ahijados murió en un accidente. Era un joven de apenas 25 años. Cayó de una camioneta y fue a dar de cabeza contra el cemento de la calle. Se abrió el cráneo. Esto ocurrió en el momento en que la camioneta giró para dar vuelta a una glorieta a poca velocidad –ya sabemos que abundan las glorietas, cortesía de las gestiones municipales–. No murió al instante, quedó consciente y dos días después murió, pero de un infarto al corazón. No se hicieron esperar las más diversas reacciones: “¿Por qué?” “¡Qué tontería!”  “¡Tan joven que era!” Vinieron luego los gritos, los lamentos, las lágrimas. Pero sí murió. Decían: Una muerte inesperada (seguramente en los últimos años muchas familias han recibido la misma respuesta médica ante diferentes enfermedades repentinas, atribuidas a todos los males del Apocalipsis, pandemias, ictus y demás, sin narrar los salvajes asesinatos de tantas víctimas inocentes en holocaustos, genocidios y atentados de cobardes terroristas).

Este hecho me lleva a pensar no tanto en las circunstancias externas que rodearon al accidente –el tiempo, el lugar, el momento, la manera, la edad de mi ahijado–. Más bien creo que nos enfrenta directamente con el hecho simple y llano de lo irrefutable de la existencia de la muerte y, por supuesto, con el maravilloso don de la vida, una vida que cada día está más “perseguida” (leyes despenalizando el aborto y aprobando la eutanasia, leyes de impuestos que dejan en la miseria a quienes casi literalmente mueren de hambre, leyes de «género» que provocan el suicidio a jóvenes y adultos, leyes de salud que quizá matan más de lo que salvan…), cuando teóricamente la vida ha de estar más protegida (todos los tratados y pactos sobre derechos humanos, asilo, refugio, migración, «escudos sociales», fondos “especiales” de ayuda…). Y llega, inevitablemente, la pregunta para nuestra sociedad posmoderna, dominada por el saber científico tecnocrático: ¿Qué hemos hecho con la muerte?

Más allá de la búsqueda por mejores condiciones de vida, medios científicos y técnicos para curar enfermedades y realizar operaciones altamente riesgosas, mejor alimentación (supuestamente, porque entre la “insectofagia” el “ultraveganismo” y la comida “basura” que prolifera, no sé yo si dar tantas alabanzas, porque que está muy bien buscar el verdadero progreso pero nunca «progresismo» inútil en investigaciones estériles con terapias génicas, células madre, alimentación transgénica–, lo que la sociedad dominada por el saber científico y tecnológico ha hecho es invisibilizar la muerte, hasta por ley. Se vive como si no existiera la muerte, como que la muerte no forma parte del “paquete” de nuestra vida. ¡Vamos, hasta conozco muchas personas que, cuando sale el tema «muerte» piden cambiar la conversación, como si por no mencionarla ésta fuese a nunca llegar!

En las series de cómics y en las novelas de ciencia ficción los héroes nunca mueren. Vemos que destruyen edificios, mundos, satélites, tienen armas para todo, pero no mueren. Siempre, al final, salen victoriosos. No hay lugar para la muerte. Y esto se vende, como mensaje subliminal, a la sociedad, para que así viva, engañada, sin pensar en la muerte, sin prepararse para la muerte. En la vida del ciudadano no entra la muerte, y cuando llega, como ahora de repente, pues la reacción es desproporcionada (críticas, gritos, búsqueda de culpable o maldición a la suerte, al destino e incluso a la divinidad). Pero todo porque no hay un espacio para la muerte.

Nuestra sociedad adolece de varias fragilidades y vacíos (no permita usted que hoy haga una lista grande de los dislates y carencias, por favor, puesto que resultaría una enciclopedia sobre el tema), pero uno es éste: no reconocemos conscientemente el papel de la muerte en nuestras vidas. En realidad, toda la vida nos estamos preparando para la muerte, seamos conscientes o no de esta realidad.

Un ejemplo que no se ha de perder de vista es el de Jesús de Nazaret. Él no negó la muerte, dio vida a los muertos, que es diferente. Lloró ante la muerte de su amigo Lázaro y lo resucitó; se conmovió ante la viuda de Naín por la muerte de su hijo único (Lc 7,11-15); se puso en camino para salvar la vida de la pequeña hija del jefe de la sinagoga llamado Jairo (Mc 5,23. 35-42); se compadeció del oficial romano ante la grave enfermedad de su sirviente (Lc 7,1-10). Es decir, Jesús no ignoró la muerte, no la negó. Pero le dio otro sentido, sobre todo con su propia muerte y resurrección. La muerte va a ser el principio de una vida distinta, nueva, diferente. Pero no la invisibilizó. Él mismo anunció con tiempo su propia muerte de cruz, aunque esto causó escándalo en sus discípulos (Mc 8,31). Los capítulos 24 y 25 de San Mateo, de corte apocalíptico, nos hablan de estar vigilantes, de prepararse, de grandes pruebas que habrá en todo el mundo. Y Jesús advierte a sus discípulos que sean como mujeres vírgenes que están esperando al esposo con sus lámparas preparadas con aceite “porque no saben ni el día ni la hora” (Mt 25,13).

Sobre este particular, otro personaje histórico y gran sabio de la humanidad, el místico y maestro Mahatma Gandhi –quien independizó a la India de Inglaterra sin disparar una sola arma, sólo con la fuerza de la “no-violencia”– nos dice que Dios en su sabiduría, dispuso ocultarnos dos cosas: el día de nuestra muerte y la manera como vamos a morir. Esto para que podamos vivir, dice él. Lo cual indica de nuevo que continuamente nos debemos estar preparando para ese momento, que con toda certeza llegará.

Es decir, que no podemos fingir en la vida como si la muerte no existiera. Justamente porque somos pasajeros en esta tierra, porque vamos de viaje, por eso es que vivimos diferente, sabiendo que la casa que habitamos se desmoronará. Querer desaparecer la muerte de la perspectiva de la vida, no tiene fundamento ni científico, ni filosófico, ni religioso ni social. La vida la debemos tomar en serio. Y ésta cambiará seguramente para cada uno de nosotros un día. Por ello vale la pena encauzar nuestras vidas en defensa de todo lo que es bueno, por difícil que sea de conseguir; vale la pena mantener unos principios, por arduos que sean de defender; vale la pena el cansancio, el sacrificio y el amor (a Dios, a la Patria, a los nuestros, a todos), por mucho que nos tachen –como mínimo– de “locos”. Porque solo ese recuerdo quedará en mentes y corazones, y solo esas acciones sumarán para el tesoro de la próxima vida, esperemos que la eterna junto a Dios.

Recordemos que si no tiene sentido el morir, tampoco lo tiene el vivir, porque se muere como se vive, para no vivir como se muere, para no estar muertos en vida ni dar muerte a los demás (en su cuerpo, en su alma, en la sociedad). Si es cierto que finis coronat opus(el fin corona la obra), que nuestro deceso sea en laudatio –y no en damnatio memoriae, como les espera a tantos personajillos que hoy se creen tan importantes…–.

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