Columna de La Reconquista | “Ineptocracia y memoria… no se llevan”

“Cosas veredes, amigo Sancho, cosas veredes”, dijo Don Quijote. En fin, mi estimado lector, que no hace falta ser Nebrija o Cicerón para entenderlo. El término «ineptocracia» no es mío, su autoría es de Jean d’Omersson (un politólogo francés), pero creo que da en el clavo a más no poder. Fíjese usted: «Inepto», etimológicamente, es in- (no) aptus (apto, capaz). Así, el «inepto» es el «no apto», «incapaz».

Ahora bien, el problema no es el inepto en sí –de esos hay demasiados, sí, pero no son gran problema cuando están “sueltos”–, sino de cuando este inepto alcanza el poder –que es lo que significa el vocablo –cracia en griego–, y se multiplica exponencialmente ese peligro cuando lo rodea una  caterva de seres de idéntica ralea… Es entonces cuando la «ineptocracia» llega a plenitud.

Citando a d’Omersson, “la ineptocracia es el sistema de gobierno en el que los menos preparados para gobernar son elegidos por los menos preparados para producir, y los menos preparados para procurarse su sustento son regalados con bienes y servicios pagados con los impuestos confiscatorios sobre el trabajo y riqueza de unos productores en número descendente, y todo ello promovido por una izquierda populista y demagoga que predica teorías, que sabe que han fracasado allí donde se han aplicado, a unas personas que sabe que son idiotas. ¡Esto sí es ZASCA, le quede a quien guste!

Rompiendo una lanza en favor de la definición anterior, encontramos nuevas y “encantadoras” asociaciones de ideas. Así, la amiga «ineptocracia» se suma no solo a la incapacidad, sino que convida a la fiesta a la patulea parasitaria, inequívocamente de izquierdas, invitando a todos a alegrarse ante una «ideología mesiánica» que saben que ha fracasado, por lo que solamente puede juntar para su causa a los idiotas –es de reseñarse que el término “idiota”, originariamente en griego idiotés, significa “egoísta, desentendido” en referencia a aquel ciudadano que no se ocupaba de los asuntos públicos, sino sólo de sus intereses privados–. ¡Poco han cambiado las cosas con la «democracia»! ¡Cuán cierto es el bíblico adagio que dice: “El número de los necios es infinito”!…  

Sin embargo, estimado lector, el inepto –y sus amigos– no pueden por sí mismos llegar al poder. Para ello necesitan dos cosas: la demagogia –estrategia utilizada para conseguir el poder político que consiste en apelar a prejuicios, emociones, miedos y esperanzas del público para ganar apoyo popular, frecuentemente mediante el uso de la retórica, la desinformación, la agnotología, etcétera– y la posibilidad de que se dé la oclocracia –literalmente, «gobierno de la multitud». Este último término es interesante a más no poder, puesto que se refiere a que las decisiones no las toma el “pueblo”, sino “la muchedumbre”, “la turba”, “la multitud”, en palabras de Polibio. Por ello afirma que se produce cuando el pueblo es manipulado y decide sin información. Por supuesto, es el peor de los sistemas políticos que permite la democracia, porque representa el último estado de la degradación del poder, la degeneración absoluta de la auténtica democracia. La oclocracia se nutre del resentimiento, del rencor y de la ignorancia, y, ¡qué desgracia!, es el camino que al parecer están tomando muchas naciones, además de nuestro amado Reino de España…

Y para mayor INRI, constatamos que el inepto va de la manita con el demagogo, el incapaz con el mentiroso, el idiota con el falsario –reconozcamos que guarda ello cierta lógica, ya que, como dijo Orson Welles: “Muchas personas son lo bastante educadas como para no hablar con la boca llena, pero no les preocupa hacerlo con la cabeza vacía”, y ninguno de ambos necesita decir verdades o cosas inteligentes, sino apelar a emociones, resentimientos y división–. ¿Les recuerda a algún lugar, persona o grupos de personas, integrantes de instituciones públicas, o algo similar? A mí, sí. Rotundamente.

Por ello, es necesario que nuestra memoria permanezca fresca, atenta, capaz, para recordar con esta facultad cuáles han sido las piedras en el camino recorrido en el pasado (o el presente) e intentar evitarlas en lo porvenir –de muy necio es obcecarse en continuar por el camino que lleva al precipicio, ¿no cree usted, dilecto lector?–. Porque el inepto no sabe y el demagogo miente, nuestra memoria ha de ser auténtica enciclopedia, para que el engaño no profundice en las mentes y corazones de quienes reciben tan erráticos mensajes –reitero: siempre de división, sentimiento, rencor, separación y odio–.

Así, en un ejercicio hipotético, preguntemos al jefe actual de la ineptocracia si tiene memoria de la historia del partido al que pertenece, y veamos si la respuesta es la verdad o la mentira. ¿Diría una persona de tendencia izquierdista que no fue cierta la frase de Pablo Iglesias a Antonio Maura: “Combatiremos sus ideas dentro y fuera de la legalidad, e incluso justificaremos el atentado personal” (típico talente democrático de izquierdas)? ¿Acaso los defensores a ultranza del sanguinario y represor régimen cubano van a negar las palabras del Comandante Castro: “Yo no soy comunista por tres razones, y te lo digo para tu tranquilidad espiritual. Primero, porque el comunismo es la dictadura de una sola clase y yo he luchado toda mi vida contra las dictaduras, y no voy a caer en la dictadura del proletariado. La segunda razón, porque el comunismo significa odio y lucha de clases, y yo estoy en contra completamente de esa filosofía. Y la tercera, porque el comunismo lucha contra Dios y la iglesia” (entrevista con Ignacio Rasco, abril de 1959)?

Dígame, lector, si no puede encontrar mayor cúmulo de mentiras, hipocresía (oclocracia), idiocia dolosa (ineptocracia) e ilegalidad, todo en un solo párrafo (el anterior) a modo de ejemplo. Ahora, vea usted el talante absolutamente distinto entre estas dos frases: “Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles” y “Más vale ejecutar a 100 inocentes, a que escape un fascista vivo”. ¿Cuál diría usted que es de un demagogo oclócrata? ¿Cuál se lleva la mención a la estupidez supina? La primera frase la pronunció José Antonio; la segunda, Dolores. Todo dicho.

Así, amigo lector, se confirma que es incompatible la memoria de la auténtica historia con el gobierno de los ineptos, los mentirosos, los aduladores petimetres y lambiscones de profesión. Queda todo dicho, por la coherencia del relato, por la abundancia de hemeroteca, por la propia lógica de la inteligencia insultada. Entonces, ¿hemos perdido la memoria o es que en realidad nos importa un comino qué suceda, quién gobierne, qué haga y con quiénes? ¿Preferimos el engaño, la perfidia, la indolencia, el disimulo y la incapacidad antes que la verdad, la buena fe, la diligencia, la sinceridad y la experiencia?

Según sea su respuesta, dilecto amigo, se corroborará (o no) la máxima: “Cada pueblotiene el gobierno que se merece”. ¡Así nos luce el pelo!

@LaReconquistaD

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