Columna de La Reconquista | «¿Indulto, insulto o impulso? «

No, no es un juego de palabras para encontrar (como en el ya clásico “Un, dos, tres, responda otra vez”), una palabra más que termine en –ulto o –ulso, porque no tiene gracia alguna la elección de palabras realizada por su servidor, sino que presenta la constatación que de la política actual hace la realidad legislativa y la realidad social en la Cataluña del siglo XXI –salvo que me haya equivocado de calendario y se halla involucionado a inicios del siglo XX–.

Intentaré explicarme. Un indulto es una «medida de gracia», es decir, que es de «graciosa concesión»: es gratis, gratuito, no has hecho nada para merecerlo, excepto ir cumpliendo los condicionantes de la condena que la justicia haya estipulado –y, claro está, ha de pedirse, y ha de cumplir otros requisitos, como el arrepentimiento del ilícito cometido, el auxilio en las investigaciones auxiliares, etcétera–. En otras palabras: “Te indulto” es decir “te perdono”. Al igual que los padres perdonan a sus hijos aun sin merecerlo (por no haber hecho nada para recibir ese perdón, excepto ser amados y aprender), ahora es “Papá Estado” –no sé si tenga otro género, ya la Ministra de «Igual-dá» me trae confuso– quien da ese perdón a los “hijos” rebeldes a la Madre Patria.

Es serio, no pensemos que meramente es un “quítame de aquí esas pajas”. Si para comprar algo es necesario tener el dinero que cuesta, también para obtener un beneficio penitenciario han de cumplirse los requisitos de ley. Por eso, el “indulto” concedido a las personas comisoras del denominado «procés», por muy legal que pueda ser su concesión, es ilegítimo, inmoral, degradante, fraudulento e interesado –¡toma ya eso de que “la justicia es ciega e imparcial”!–. En definitiva, es un insulto a la justicia y un impulso a la destrucción de España.

Justo cuando decenas de policías nacionales y guardias civiles que mantuvieron el orden en las calles ese fatídico 1 de octubre de 2017 en Barcelona son encausados por el juez so pretexto de “uso excesivo de la fuerza”, a los Mossos d’Esquadra se les absuelve y a los delincuentes –por ser suave– se les indulta. Reitero: insulto a la justicia, impulso a la ilegalidad. Pero eso sí, esos seres de luz protectores de un pseudoderecho a una autodeterminación que los propios instrumentos internacionales legislativos reconocen como válida solo para territorios en situación de colonización o descolonización (¡a ver si ahora resulta que la Generalidad de Cataluña era una colonia española como Cuba o Puerto Rico!), esos seres luminosos que se nutren como sanguijuelas del dinero público, que engordan cuentas bancarias que le gustarían a emires hindúes… Esos no han de enfrentar su sentencia firme y cumplimiento íntegro de condena porque somos tan buenos, pero taaaaaaaaaaan buenos, que les decimos: “Ala, hijo, perdonado, no pasó nada, a casita a seguir jodiendo”.

Insulto. Eso hemos recibido cada uno. Pocas veces nos llega tan “a la cara” como con un “BOEazo” –aunque ya van últimamente unos cuantos, porque la tarifa eléctrica, el IVA, las leyes de eutanasia, trans, enjuiciamiento criminal… han pasado igual por el Boletín–, pero es otro insulto. Insulto a la inteligencia, la ley, el derecho, la justicia, las instituciones, la sociedad… Insulto a España. Y, para más INRI, añadámosle sal a la herida para culminar esta ensalada tan peculiar: el impulso categórico que se ha regalado con unos ilegítimos, espurios y torticeros indultos, a las causas que pretenden destrozar la integridad e integralidad del Reino de España, una de las naciones más antiguas del mundo.

Insultos llueven, incluso diluvian. Nos insultan cuando hablan y cuando callan –ahí tienen por un lado las palabras de gobierno comunista y los silencios de la Conferencia Episcopal Española, por ejemplo–. Nos insultan cuando obran y cuando paran –porque aprobar leyes ilegítimas es un indigno y aberrante actuar, mientras que dejar que se caiga el mundo es un deje de funciones abominable, ese “parar” de hacer lo posible por salvar lo que es bueno, justo, correcto, honesto y sincero–. Nos insultan cuando nos miran –como a un rebaño de borregos– o cuando nos ignoran –como a grava del camino más pedestre–. Nos insultan… pero no es eso lo más doloroso. Duele mucho más el impulso que nos trae consigo un apocalipsis. Un impulso que lastima, lacera, hiere como candente brasa el que amordacen con fútiles legalismos el bien y el progreso de nuestra España…

Dígame, lector. ¿Se siente insultado, impulsado o indultado? Quizás esa “vacuna” le haya “indultado” de un contagio; quizás una televisora le haya “insultado” por retransmitir algo contrario a sus ideas; o quizá la lectura de esta columna le haya “impulsado” a querer hacer algo más que leer. En definitiva, y como casi siempre –aparte de lo que esté en manos de la Providencia–, de usted, amable lector, dependerá la conclusión del asunto. Como si fuese un libro, el prólogo fue la Crónica de una muerte anunciada y el contenido es kafkiano y orwelliano, pero el epílogo, la conclusión, puede ser un aprendizaje que corrija estas lacras, cambie estos desmanes y abola estas legislaciones que humillan, insultan y vejan, mofan y ridiculizan la vida de España y cada uno de sus habitantes.

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