Columna de La Reconquista | Identidad nacional y seguridad nacional

Sin duda alguna, señor lector, los conceptos de «identidad nacional» y «seguridad nacional», pese a ser polisémicos en su interpretación sustantiva, tienen en común el adjetivo «nacional», que los identifica en cuanto al objeto que buscan preservar, mantener y defender. Por ello, en primer lugar se debe afirmar, como enseña Talavera, que “la identidad nacional (…) [es] el sentimiento subjetivo del individuo a pertenecer a una nación concreta, a una comunidad en la que existen diversos elementos que la cohesionan y la hacen única, como por ejemplo la lengua, la religión, la cultura, la etnia, etc.; siendo estos elementos objetivos sobre los cuales se asienta el sentimiento de pertenencia a una comunidad, una comunidad nacional”.

Si bien se subraya en la definición proporcionada que el sentimiento de pertenencia, esa identidad nacional, es algo “subjetivo” (puesto que depende de la persona identificarse o no con el conjunto de elementos que conforman tal identidad), no ha de descartarse a priori que sea también un conjunto objetivo de realidades las que subyacen enmarcadas bajo la misma, toda vez que los elementos que conforman el Estado-nación son tan cuantificables y mensurables como el territorio, la población y el poder, clasificación en la que coinciden la mayoría de los autores clásicos. Así, los denominados «elementos físicos» –como el territorio– se conjuntan con los «elementos antropológicos o étnicos» –la población–, resultando «elementos psíquicos» –la idea de “Estado” o de “estado-nación”, dependiendo de la teoría de origen y naturaleza que se quiera propugnar– y «elementos culturales» –tradiciones, culturas, lenguas, etcétera–, por lo que es muy ligero hablar únicamente (o exclusivamente) de la identidad nacional como algo subjetivo in se.  

Por ello mismo, es ciertamente constatable que hay una identidad nacional diferente en cada uno de los Estados de la Edad Moderna y Contemporánea, aun cuando tienda a diluirse marcadamente en las tendencias y circunstancias del actual globalismo, ya que es innegable que en la coyuntura actual, la crisis de las ideologías y de los estados, diezmados por los nuevos poderes globales, “se elaboran nuevos elementos identitarios que plantean la vuelta a la comunidad como respuesta al problema de la globalización y a la variabilidad que implica la modernidad líquida, y como refugio del sujeto”. Incluso podría decirse que el pensamiento tendente del siglo XXI, en línea con Bauman, es “el proceso globalizador, con la individualización y la homogeneización que ha supuesto, ha roto las viejas identidades, si bien ha reforzado identidades nuevas, ya no ligadas en exclusiva con el elemento nacional”, argumento que, si bien es cierto que se hace omnipresente, no es compartido por quien suscribe, puesto que elide y suprime la identidad nacional en base a una identidad diferente, basada únicamente en criterios subjetivos de índole fragmentaria, destruyendo el Estado-nación y su seguridad.  

Aunado a lo anterior, y quizá precisamente por ello mismo, parte de la identidad nacional queda simbolizada en banderas, escudos, himnos y actos protocolarios, que la mayoría de los Estados atesora como signos de identidad propia dignos de respeto, veneración y defensa, denominándose en diferentes lugares como «símbolos patrios» o «elementos patrios», lo que añade una nueva perspectiva a la relación entre estado-nación-patria que entremezcla los elementos subjetivos y objetivos (pero que no es tema del análisis presente); aunque quisiese ver a cualquier “cachorro” quemando una bandera de Argelia, por ejemplo… ¡no se la iba a acabar!… En fin, “Roma no paga traidores”, pero España los remunera muy bien (y los indulta aún mejor).

Por otra parte, el término «seguridad nacional» casi siempre ha sido entendido en sentido primario como si fuese competencia exclusiva de la actividad de las Fuerzas Armadas y los diferentes cuerpos policiales, lo cual no es para nada exacto en la dimensión integral de la auténtica seguridad nacional, que en realidad defiende la soberanía nacional, es decir, el poder de la nación. El concepto de «nación», aun cuando quieran verlo en forma subjetiva por el sentimiento de religación entre los oriundos de una tierra patria (grande o pequeña), debe ser comprendido desde la óptica del Estado (por ello se ha clasificado en los dos últimos siglos como «Estado-nación»), y no queda subyugado a la actuación de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado en la defensa de sus fronteras (el elemento físico de la nación, es decir, el territorio) ni de las circunstancias de actividad de estas Fuerzas y Cuerpos en la lucha diaria contra la delincuencia (de la índole que fuere).

La seguridad nacional va mucho más allá de lo anteriormente dicho, puesto que se relaciona con “la totalidad de los recursos y medios de toda índole de los cuales puede disponer un Estado, cuyo empleo o utilización son manejados por la voluntad nacional de una sociedad organizada, para la consecución y mantenimiento de sus objetivos nacionales contenidos en el proyecto nacional”, es decir, que está constreñida a la realización teleológica de la sociedad que habita el Estado, y que se encuentra protegida por los derechos y deberes que en cada país establezca su Constitución.

Esto implica que la seguridad nacional es un fin del Estado, puesto que, como sociedad teóricamente perfecta, ha de velar por el bienestar económico de la nación, las libertades consagradas por los Derechos Humanos, los derechos inalienables de las personas y ciudadanos, la armonía en la convivencia social y el progreso conjunto en bienestar y concordia tanto de los asuntos privados como de los públicos, sin que esto implique descuidar las tareas de las Fuerzas Armadas en la defensa del territorio nacional ni su actuación en las misiones internacionales que pudieren competerle como Estado-miembro de la Comunidad de Naciones a tenor del derecho internacional. Por ello, no es para nada utópico considerar que la seguridad nacional es parte del hoy llamado «estado del bienestar», puesto que, teleológicamente, busca alcanzar los mismos fines que el Informe Beveridge: Proporcionar servicios básicos (educación, sanidad y vivienda), proteger la renta (por medio de prestaciones sociales en efectivo en situaciones de enfermedad, jubilación, desempleo, viudedad u orfandad), y garantizar un mínimo de subsistencia (mediante las prestaciones asistenciales).

Esta visión –que puede perfectamente aunar los conceptos de «multiculturalidad», «pluralidad», «pluriculturalidad» y análogos dentro de la misma nación– confronta radicalmente con la perspectiva dominante que ya se ha mencionado en torno a la “modernidad líquida” y el globalismo, si bien no debiera, puesto que la absorción de valores y tareas comunes no tiene por qué elidir la identidad propia de cada nación como realidad en sí misma, con su conjunto de tradiciones, culturas, lenguas, idiosincrasias y cosmovisiones. No se puede olvidar que la “unidad de las naciones” no puede (ni debe) ser la “unicidad de las naciones”, ya que valorar la propia patria, su historia, conformación y elementos distintivos no nos hace discriminatorios de nada ni de nadie, y defenderlo en pro de la conformación de una sociedad más justa, equitativa, libre e integradora no implica anquilosarnos en el pasado ni cerrarnos al futuro del progreso de los pueblos. Por ello, lo que se ha denominado “crisis de los Estados-nación” es una falacia en pro del globalismo que cosifica en una aparente igualdad a todos los ciudadanos del mundo –ese término «cosmopolita» tan grato a Aristóteles, pero tan mal interpretado–. La seguridad nacional depende, pues, del conocimiento de la identidad nacional y de la defensa de la misma en contra de todo aquello que menoscabe su dignidad, bienestar y progreso histórico, aun cuando no sea el «pensamiento único» que la postmodernidad trae a nuestras sociedades.

Finalmente, no puede dejarse a un lado la capital importancia del discurso político y del enfoque de los idearios políticos en la defensa de las concepciones de «identidad nacional» y «seguridad nacional». En pro de brevedad, es imposible enunciar demasiados casos ni realidades, pero sí esbozar la gran diferencia entre la “política nacional” (que busca aunar) y la “política nacionalista” (que pretende disgregar). En el primero de los casos, a modo de ejemplo, se da un avance sustancial y se fortalecen la sociedad, la identidad y la seguridad. En el segundo de los supuestos, hemos visto la ruptura de naciones por discursos políticos –incluso demagógicos–, como fue el pasado siglo las zonas europeas de Checoslovaquia o Yugoslavia y toda la región balcánica, al igual que lo fue entre India y Pakistán, y como parece ser una tendencia en regiones de España (el nacionalismo vascuence, catalán o gallego, que son formas del separatismo y que ponen en peligro la unidad de un Estado, so pretexto de una “identidad” que dicen “legítima”, pero anclada en un pasado inventado, un presente irreal y una proyección discriminatoria). Por ello el discurso político ha de ser prudente y previsor, para la consecución del bien común, sin desigualdades ni excepciones, puesto que eso es defender identidad y seguridad de la nación.

En conclusión, amable lector: es plenamente cierto que el sentimiento de identidad nacional es un fundamento objetivo (pese a ser sentimiento subjetivo, en principio) de la seguridad nacional, que corresponde mantener a todos los habitantes mediante el ejercicio político de los derechos y deberes, depositando el poder político en quienes son capaces de afrontar los retos que deshacen la historia y cultura propias en nombre de una homogeneización progresista (que no “progreso”). Malamente, si no, podríamos seguir viviendo la máxima de Vicente Guerrero: “La Patria es primero”, conociéndola y defendiéndola. Jamás podrá lograrse esto dando “cancha libre” a grupos políticos que desprecian la Constitución, su País y su identidad, incluso permitiéndoles acceder al CNI. Yo sería partidario (aun cuando necesitaríamos una reforma constitucional para ello) de dejar que se separasen por 25 años (siempre y cuando devolviesen primero la deuda contraída con el Estado central), y que, por sus propios recursos, pagasen y financiasen sus pensiones, empleados públicos, seguridad, educación, sanidad, etcétera… ¡Otro gallo cantaría!, puesto que tras el rechazo mostrado en Europa por “reconocer” tales “naciones”, habrían de volver a la unidad española con la cola entre las patas. En fin, se vale soñar…

@CondestableDe

@LaReconquistaD

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