Columna de La Reconquista | Hoy quisieron matarme

Como lo lee, señor lector. Así ha sucedido, y con toda veracidad se lo transcribo, porque considero que cualquier día de estos pudiera sucederle a usted, si es persona cabal, digna, moderada y decente. Considero mi obligación, pues, advertirle a usted de ambas cosas: la tentativa de homicidio contra mi persona y las que pudiere sufrir usted cualquier día cuando menos se lo espere…

Los hechos (como diríamos en los juzgados) fueron los siguientes: encontrábame yo realizando unas compras matinales en el establecimiento de víveres y productos diversos –vaya, en el supermercado– ubicado a pocos kilómetros de mi residencia, cuando tuve dudas respecto a un desodorante en barra (eso que los más “pijos” llaman «roll on»). Con tranquilidad, mesura y educación acerquéme a una persona que portaba vestidas las prendas con los colores distintivos del establecimiento (aunque algo desaliñadamente puestas, la verdad), y, según colegí, le dije amablemente: “Discúlpeme usted”. Esas dos palabras iniciaron una novela de terror no apta para cardíacos, y que son el epicentro del intento de asesinato que sufrí.

Dije “usted” por la educación recibida, porque ya por las apariencias poco puede uno diferenciar, aun cuando siempre puede uno retractarse en caso de equivocación; lo cierto es que más bien hubiese debido decir “ente” (o “cosa”), pero imagino que no ha de ser grato que a uno lo traten así –y como no deseo para mi prójimo nada que no me gustaría para mí, el trato educado sale en espontáneo–. Si yo no hubiese estado tan ocupado en mi mente respecto a la marca, aroma y existencia del desodorante, quizá hubiera podido discernir lo que se me avecinaba, pero… errare humanum est!

Se volvió hacia mí una especie de mole amorfa y asexuada (creo que sería alguna de esas criaturas de «género», aunque más bien del género de terror de las películas), malencarada (imagínese usted el rostro de Merche Aizpurúa, Cristina Almeida y Núñez Feijóo todo en uno, ¡vamos, que Rossy de Palma a su lado era el epítome clásico de la belleza griega!), peluda (porque un flequillo de perro de aguas le tapaba los ojos, un bigote de Pancho Villa rodeaba sus labios –o belfos, ya no sabía diferenciar–, y unas patillas al puro estilo de Elvis Presley enmarcaba el conjunto de su faz, amén de una especie de “colmena” grasienta coronando el poquísimo agraciado cabello), con cuerpo repleto de carnosidad apretada en unas ropas aptas para un infante de 3 años (como si a un luchador japonés de sumo, o a un más orondo Oriol Junqueras, le hubiesen implantado los rasgos de la criatura que he descrito e insertado en pellejo de morcilla castellana, grasa y apretada), con tupidas axilas (por una especie de vegetal negro y tupido como musgo echado a perder sobresaliendo en ellas), además de unas glándulas mamarias inmensas (dignas de un mamut antediluviano, porque llamarles “senos” sería casi una blasfemia, y decirles “ubres” calificaría como insulto para todo ser bovino, digno de respeto). Sustentaban aquel “monumento” unas arqueadas piernecillas (finas como cañas de bambú), embuchadas en tela (no me atrevo a decir “ropa” o “vestimenta”), con una especie de chanclas playeras estilo años 20.

Finalmente, y sin que mediara todavía diálogo alguno, no puedo menos que referirme a la ferretería que “el ente” llevaba en su cara: toda clase de aros, tuercas, pinchos y argollas, aunado a la multitud de números, hierbas y símbolos tatuados en su ya poco agraciada piel, desde el cuello hasta donde era visible (este hecho me confundió primeramente, puesto que pensé que alguna ganadería cercana habría extraviado una de sus criaturas, pero la ausencia de cuernos, al menos físicos y visibles, me convenció que no era tal). Aunado a todo lo anterior, un extraño aroma dimanaba de su ser (creo que sería alguna fragancia francesa de esas modernas, tan de moda, como eau de cebollé o toilette d’estiercolé, no sabría decirle).

Abrió su boca la criatura (y mejor que no lo hubiese hecho, puesto que su aliento era como el de dragón digiriendo carne pútrida), y díjome sin delicadeza alguna: “ieh”. Durante un nanosegundo –el que me costó pensar si me había destrozado el tímpano por su bramido extraño, y en el que medité sobre una posible fonética vascófona, extraña en la zona– me quedé sin respuesta (y creo que con los ojos quizá milimétricamente desorbitados), y reiteró nuevamente: “ieeeh”. ¡Gracias di al Sumo Hacedor de haberme proporcionado esfínteres de acero, puesto que casi una flatulencia quería abandonar mi corporeidad, al mismo tiempo que le alabé por tener rasgos estoicos, que no tradujeron mi pavor!

Gasté otros tres microsegundos en ubicarme mentalmente, puesto que no sabía si tan terrorífica visión y su correspondiente chirrido pertenecían a una especie de “King Kong fluido no binario”, si era algún disfraz –pese a no ser época carnavalesca–, si se estaría rodando alguna serie en el establecimiento –supuse incluso que referida a la supervivencia y camuflaje de algunos orcos y trasgos de Mordor, escapados de los relatos de Tolkien–, si sería una alucinación mía –causada, quizá, por los garbanzos poco digeridos de la cena del día anterior– o si en realidad era un ser humano viviente, sintiente y pensante… ¡Duda cruel!

A la segunda interpelación del extraño (y aterrador) ser, respondí (con tono de voz más suave de lo habitual, ante el fundado temor de incurrir en las iras de criatura tan apocalíptica): “¿Podría indicarme usted si tienen la marca tal de desodorante, en aroma de vainilla?”. La contundente respuesta del ente fue, desde luego, inversamente proporcional a la inteligencia respecto del tamaño ciclópeo que tenía, profiriendo con voz de bajo tronitonante: “Si no lo ves es que no hay”, denotando no solo una lógica extraña (puesto que ni se molestó en arrastrar su mole al estante correspondiente y comprobar su respuesta), sino una absoluta falta de educación, toda vez que sin conocerme procedió a tutearme, además de a tratarme como a un imbécil profundo… Desde luego, agradecí su información (además de que cerrase el pestilente hocico sin llevarse parte alguna de mi anatomía entre sus colmillos desiguales), y procedí a retirarme, mientras escuchaba una especie de gorgoteo susurrante (proveniente del mismo ser) que más o menos decía: “La gente ya no sabe cómo molestar a una”.

Casi agradecí ese temible murmullo, puesto que me dio dos pistas irrecusables sobre la situación: por un lado, que se trataba en realidad de una persona humana (no se ría, puesto que especifico tal al existir también personas jurídicas), con una racionalidad apenas latente –que al parecer se llamaba “Una”, como la “Hulka” ésa de las películas pero sin color verde–, y por otro lado, que debía ser una muestra irrefutable del trabajo esforzado del Ministerio de “Igual-dá” (ya que primate tan involucionado solo puede observarse en las falsarias «ideologías» que ese tiradero de dinero público sistemáticamente riega para obtener especímenes semejantes al descrito).

Apreciado señor lector, ¡en verdad tentado estuve de acudir a la Parroquia más cercana para que un presbítero me impusiese los Santos Óleos, toda vez que el muy agitado palpitar de mi corazón, el doloroso latido de la vena de mi sien y la sudoración en mis manos me hicieron presentir que tendría un microinfarto (causado por tan espantosa experiencia, puedo asegurarlo)! Pero mi mente jurídica siguió especulando sobre la naturaleza, actuación y consecuencias de la circunstancia vivida, y llegué a la conclusión de que fue una tentativa de homicidio doloso por parte de algún escondido enemigo, que envió a tal ser a cometer el ilícito tipificado¡Quisieron matarme!

Por ello le ruego a usted (además de sus oraciones, por supuesto), que tenga muchísimo cuidado a la hora de entablar contacto con seres análogos (que estoy convencido han de existir en toda la geografía autóctona, regional, nacional y mundial, vista la proliferación de esas falsarias «ideologías» globalistas). ¡Reflexione si es necesario acercarse! (todavía no he escuchado que exista la “monstruofobia”, por lo que no será denunciado por nadie –aunque exista la bogifobia, pero como nadie la conoce, no importa–). Y vaya con los Santos Sacramentos, además de con dos testigos, por si la situación derivase en derroteros peores que el mío, a fin de que puedan deponer en su favor en el juzgado correspondiente. Desgraciadamente, creo que tendremos con vérnoslas frecuentemente en un presente y futuro con estas abominaciones de la razón y la naturaleza, por lo que no están de más las precauciones que tomemos.

Desde luego, jamás volveré a tal establecimiento. Jamás preguntaré algo a nadie sin cerciorarme primero. Y jamás podré pensar cosa buena alguna de quien promueva la existencia de realidades tan espeluznantes como la encontrada. Andaré con prevención, de seguro, y ruego a usted lo haga también… si aprecia su vida, su salud y a sus seres queridos. Auguro tiempos de más baja natalidad en nuestra amada España si estos entes siguen creándose en laboratorios de la extrema izquierda, ya que la procreación sería milagro únicamente atribuible a la actuación divina (aunque jamás al deseo humano). ¡Vamos a peores, y con tentativas de homicidio al ciudadano de a pie!

@CondestableDe

@LaReconquistaD

Un comentario en «Columna de La Reconquista | Hoy quisieron matarme»

  • el septiembre 8, 2022 a las 7:30 pm
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    Qué razón tiene usted y qué bien expresa su justificada zozobra ante tamaño engendro del innombrable. Pero no crea que estos pedazos de carne de apariencia humana son solo obra de la extrema izquierda, que ya no es posible hacer distinción, ni pescar por familias la morralla que flota, nada, y bucea en el escenario de guiñol de la política española y mundial. Extremos son todos, extremos canallas, y hacia dónde cargan es lo de menos, porque cuando usted y yo y todos los demás miramos hacia otro lado, todos comen del mismo cebo y se bañan en las mismas aguas. También de esos monstruos hijos del poder más abyecto hay que salvarse, son igual de horribles a la vista pero muchísimo más letales.

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