Columna de La Reconquista | “Hombre, política y corrupción, ¿algo inseparable?”

Seymour Martin Lipset nació el 18 de marzo de 1922 en Harlem, Nueva York, y falleció el 31 de diciembre de 2006 en Arlington, Virginia, Estados Unidos. Doctor en Sociología en la Universidad de Columbia en 1949 y profesor de Política Pública en la Universidad George Mason. Sus libros más importantes: El Hombre Político (1960), Revolución y contra revolución (1968) y Consenso y conflicto (1985).

¿Por qué esa biografía al inicio de una breve columna? Obedece a que Lipset, en su texto El Hombre Político, analiza y expone, en síntesis, las ideas fundamentales de los filósofos antiguos y de politólogos relativamente modernos relacionadas con la condición política (que es esencialmente natural en el ser humano). De Aristóteles destaca su famosa frase en la que dice que “el hombre es por naturaleza un animal político”, cuyo desarrollo en sociedad y en las diversas geografías en que históricamente ha evolucionado se debe a que “la naturaleza le ha implantado un instinto social”.

Para el tema que nos ocupa, Lipset reconoce la certeza del pensamiento aristotélico cuando el filósofo afirma que “la mayoría es menos corruptible que la minoría… y las democracias son más seguras y permanentes que las oligarquías”. De manera especial, Lipset extrae de Aristóteles la idea puntillosa de que “el gobernante improvisado y ambicioso, tiene gran estima por sus aduladores”.

Se introduce al pensamiento escrito en La Democracia en América, de Alexis de Tocqueville, reconociendo que su tránsito en la geografía material y humana de los Estados Unidos de América lo hizo decir que “la idea de la democracia, implica un equilibrio consensual entre las fuerzas en conflicto”. Analiza también las principales ideas de Max Weber y Robert Michels: del primero reconoce que la burocratización de los servidores públicos es una tendencia natural en las sociedades modernas y una forma subliminal en la que “el poder establecido pretende con éxito, lealtad y apoyo político de sus empleados”; del segundo, de Michels, señala que “la tendencia oligárquica es un proceso común en todas las organizaciones que buscan o detentan poder”. Lipset corrobora que este «hombre político» en un sistema democrático –donde “el poder es equilibrio de ideas e intereses encontrados”– vive en un constante choque de las ideas y los intereses, que “generan conflictos que finalmente encuentran su vértice en la construcción de consensos, que implican acuerdo y unidad de lo diverso”.

El alcance de la corrupción –que en sí misma es un elemento permanente de la existencia humana, como se manifiesta en todas partes y en todo momento sin importar las circunstancias históricas, políticas y económicas– amplía y extiende su intensidad, al mismo tiempo que se fortalece debido a las condiciones particulares bajo las cuales la acción política toma lugar en la sociedad moderna. Si antes creíamos que el ser humano creaba al Estado para la consecución de sus derechos y necesidades, ahora vemos que el Estado-Nación se ha convertido en el objeto más exaltado de lealtad por parte del individuo, y al mismo tiempo la organización más efectiva para el ejercicio del poder por parte de los individuos. Además, el Estado-Nación se ha adjudicado un sistema político democrático, para generar expectativas benévolas del poder. Estas cualidades le permiten al Estado moderno acentuar la corrupción de la esfera política.

Que la política se corrompa, se logra por medio de dos procesos complementarios: el primero, el monopolio de poder político que se asigna el Estado. Así, el Estado devalúa y delimita las manifestaciones y deseos individuales por el poder político, dejando al ser humano muy limitado, controlado y subestimado ante los mecanismos del Estado –que tildan de “inmorales” las aspiraciones individuales por el poder, y en realidad a veces los reprime sutil, abierta y hasta violentamente, vean Cuba, Venezuela, Suráfrica, etcétera–. Aún más, el Estado es ideológica y materialmente más poderoso que sus ciudadanos, y está libre de cualquier limitación impuesta desde arriba. El poder del Estado solamente puede ser limitado de dos maneras: bien sea mediante limitaciones auto-impuestas por el mismo Estado –lo que, coherentemente, debería ser bajo un gobierno sabio–, o bien destruyendo la estructura estatal vigente y remplazándola con un nuevo orden estatal –vamos, un golpe de Estado–. La probabilidad que cualquiera de estas dos situaciones ocurra es mínima. Así, como decía Morgenthau, “el Estado se ha convertido en dios mortal, y para una época que ya no cree más en un dios inmortal, el Estado se convierte en el único dios que hay”.

Si el primer proceso es desde el Estado hacia fuera, el segundo proceso es desde el Estado hacia adentro. Este último consiste en fomentar dentro del Estado un comportamiento humano que no se lo permitirían fuera del Estado. Los impulsos y deseos que ciertas estructuras no le permiten satisfacer al ser humano en una esfera no política, dentro del Estado puede realizarlos, con la excusa de que ese comportamiento está dirigido hacia objetivos colectivos. Lo que afuera era egoísmo, inaceptable e inmoral, en el Estado se convierte en patriotismo, nobleza, y altruismo. Mientras que la sociedad hace que las aspiraciones personales por el poder sean riesgosas, dentro del Estado la misma sociedad le da alta valorización y priorización a la contribución del individuo al poder colectivo.

Es así, que no parece haber escape de una virtual realidad: el ser humano, la política y la corrupción están estrechamente y naturalmente vinculadas. Hablar de ética, moral o justicia necesariamente implica hacer una reflexión profunda sobre la naturaleza del ser humano. Mientras el individuo puede condenar a la política como el «área de la malicia», también tiene que reconciliarse con el hecho de que la maldad y la malicia están constantemente presentes en toda acción humana. Idealizar una vida humana ética entonces, es simplemente desear que el ser humano manifieste lo menos malicioso de su malicia natural. Eso es en esencia, la justicia –en teoría…–.

Aplicar la justicia a la acción política es mucho más difícil, ya que las necesidades básicas de la acción política sobrepasan los límites de la justicia. El político jamás dejará de hacer acción política sobre la base de si es o no es justa esa acción. La acción política por naturaleza es injusta. Es en ese contexto paradójico, que el ser humano elige ser político o no político. Aquel ser humano que rechaza la política, pensando que así hará menos daño y que no está siendo egoísta, en realidad está siendo egoísta y contribuyendo a que se perpetúe la maldad en la política. El francés Pascal decía: “el ser no es ni ángel ni diablo, pero su miseria es que al querer ser ángel en realidad será diablo”.

Entonces, ni la ciencia, ni la tecnología, ni la ética, ni la democracia, ni el desarrollo económico pueden armonizar la ética con la política. En la medida en que el poder político siempre estará por encima del bien común para el animal político denominado «ser humano», no habrá alternativa entre el poder y el bien común. Al ser humano se le hace difícil realizar sacrificios y privaciones, porque la modernidad y el progreso han hecho desaparecer la moderación. Si el ser humano no aprende a limitar con firmeza sus deseos y exigencias, subordinar sus intereses a criterios morales, la humanidad puede llegar a destruirse mientras se sigan acentuando los peores aspectos de la naturaleza humana. El filósofo ruso contemporáneo Lossky lo advierte: si una personalidad no se orienta a valores más elevados que su propio ser, inevitablemente tomarán el mando la corrupción y la decadencia.

Volviendo al autor inicial, para Lipset, el «hombre político» debe considerar siempre que hay una relación natural entre el desarrollo económico y la democracia; entre educación y conducta política; entre eficacia del poder y estabilidad política; Lipset afirma que el político es gobernante, intelectual, luchador social y dirigente de grupos y partidos. En definitiva, que es el ser sabio, honesto, prudente, humilde, capaz y abnegado.

Finalmente, termina afirmando que “el hombre político en sus facetas, ha sido indispensable y útil en todas las épocas de la historia” –siendo experimentado y honesto–, y “que ha sido pernicioso y catastrófico” –si es improvisado y corrupto–. ¿Qué cree usted, amable lector, que predomina en la actualidad?

La Reconquista

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