Columna de La Reconquista | Hombre de poca sal en la mollera…

Aún no le digo quién, señor lector. Lo deduciremos, seguramente, al mismo tiempo. Pero la expresión “tener poca sal en la mollera” –o ponerle a uno sal en la mollera, una derivación de la misma– significa, según el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, “ser poco inteligente” o “no tener discreción, juicio y cordura”. Como bien sabe usted, señor lector, la mollera es la parte más alta del casco de la cabeza junto a la comisura coronal (y que en los neonatos se mantiene un tiempo inconsistente, hasta que se va endureciendo, lo cual nos da otra expresión muy conocida, “ser duro de mollera”, como sinónimo de terco, rudo y lento de aprendizaje y acción). La mollera, finalmente, significa también “inteligencia” en el argot popular y coloquial.

La expresión proviene de antiguo, ciertamente. Recuerde usted que la sal siempre ha sido un artículo muy valioso en la Historia –los romanos, ya en el siglo VIII a.C. pagaban con sal a los trabajadores (y de ahí deviene el término «salario»), y la primera de las carreteras romanas fue la Vía Salaria–. Incluso, en el plano espiritual, es inevitable recodar las palabras del Evangelio de San Mateo 5,13 (y su perícopa en Lucas 34-35: “Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal perdiera su sabor, ¿con qué sería salada? Ya no serviría para nada, sino para ser echada al muladar y que la pisoteen los hombres”.

Antiguamente, además, en el Santo Bautismo se imponía un poco de sal bendecida en la mollera del bautizando, mientras el sacerdote decía: “recibe la sal de la sabiduría” (como símbolo de la actuación del Espíritu Santo en el signo sacramental). Por eso, los nacidos antes del malhadado Concilio Vaticano II recibieron esa sal (misma que también se pone en el agua bendita, costumbre que se mantiene en los pueblos hermanos de Hispanoamérica), aun cuando en muchos casos pareciera que el efecto fue nulo (claro, bien sabemos que Dios y la gracia santificante solo obran donde se les deja habitar… si nos volvemos “sosos”, es culpa nuestra).

Sin embargo, la frase que titula esta reflexión proviene, para variar, del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha –y ruego me disculpe usted, amable lector, puesto que mi admiración por la inmortal obra de Miguel de Cervantes es tal que la cito “hasta en la sopa”, de verdad–, cuando en su parte I, capítulo VII, mientras buscaba a alguien que le acompañase en sus salidas caballerescas (porque en la primera que realizó en solitario le molieron a palos). Así, solicitó “a un labrador vecino suyo, hombre de bien… pero de muy poca sal en la mollera” que fuese su escudero (y sabido es que éste aceptó, con la ambición del hombre realista y sencillo a quien le promete un superior suculenta recompensa).   

SI recuerda usted, dilecto lector, al principio de esta columna dábamos la definición de la expresión: “tener poco juicio o discreción”, o, en su acepción de “ser duro de mollera”, esa terquedad, rudeza y lentitud. Pues bien, dicho ya sin ambages, el Manco de Lepanto fue casi profeta, al describir así –salvo en el ser “hombre de bien”, como afirma de Sancho Panza– a quien hoy ocupa la Presidencia del Gobierno del Reino de España, el Sr. Pedro Sánchez Pérez-Castejón, “hombre de poca sal en la mollera” (a quien algunos apodan “Perro Sánchez” o “Satánchez”, si bien mucho me guardaré yo de ofender a los dignos canes con tal comparación, ni de invocar al Maligno para ello); además de ser extensiva la calificación salina a todo su gabinete, aliados coludidos y coalicionados de los más siniestros espectros terroristas, separatistas y beligerantes en palabras pero cobardes en acciones, además de miserables, vividores, hipócritas y mendaces, entre otros pocos adjetivos que podemos dedicarles, para no cansar su lectura–.

Porque –y corríjame usted si me equivoco–, poca sal en la mollera es la que tiene quien busca destruir en vez de construir, tergiversar en lugar de aclarar, rectificar en lugar de obstinarse, ocultar y mentir en lugar de transparentar y ser sincero.

Poca sal en la mollera posee quien, con engaños, fraude, “ocasionismo” político y demagogia logró ser investido para un cargo que su escasa –o nula– capacidad, experiencia, preparación y dedicación podían hacer aceptable.

Muy poca sal en la mollera es propia de quien se sube en un papel y se marea de vértigo de poder (cuando no es más que un servicial lacayo o tonto útil de otros poderes externos al Estado, en el globalismo imperante de la cultura de muerte que nos anega).

Demasiada poca sal en la mollera posee quien no puede siquiera reconocer un error, sino que se aferra a él para seguir tergiversando, engañando y mintiendo.

Y, por lógica inferencia, menos sal en la mollera tienen aún aquéllos que le sostienen, apoyan y votan (por intereses espurios, mezquinos y destructivos, en el peor de los casos, o por ignorancia, indiferencia o tradición de voto anterior).  

Sin embargo, señor lector, como dicen en los pueblos hermanos de Hispanoamérica, “la culpa no es del indio, sino de quien le hizo compadre”, refiriéndome así a quienes por dejación, intimidación, ventajismo, irreflexión, etcétera, le han apoyado, apoyan y apoyarán (porque la caterva de carroñeros no se separa), es decir, los votantes de este siniestro, truculento y mísero personajillo, a quienes en verdad compadezco e incluso exonero de parte de la responsabilidad, porque creyeron a un “Pinocho” versado en la actuación, la improvisación y carente de escrúpulos morales de cualquier índole.

Ahora bien, no es suficiente con saber estas cosas –ruego a usted me dispense de mencionar referencias y “tirar de hemeroteca”, porque en lugar de una columna sería una enciclopedia la que haría falta para la descripción pormenorizada de los desatinos, falacias, torpezas, desvergüenzas y miserias de D. Pedro Sánchez Pérez-Castejón. Únicamente decir que pasará a los Anales como el peor Presidente no es consuelo alguno, por verdad que sea.

Hace falta un auténtico, absoluto, mayoritario y contundente gesto de repulsa ante su actuaciónya que las leyes no permiten, como en otros países, que el pueblo soberano revoque el mandato presidencial, puesto que el pueblo no lo ha elegido, en esta democracia indirecta en la que vivimos (que no es plena de nada excepto de desatinos, violaciones de derechos, anomias legislativas y conculcación de todo cuanto bueno pudiere haberse sembrado anteriormente)–. 

Sí, es un “hombre de poca sal en la mollera”. Y eso no se corrige con vuelos en Falcon, reuniones baladíes con mandatarios internacionales ni decretos de ley ilegítimos, porque, como decía mi bendita madre –que en paz descanse–, “el que nace idiota, suele morir idiota”. ¡Pobres de nosotros, sojuzgados al yugo totalitario que este inepto Presidente ha impuesto a voluntad, con corrupción, premeditación y alevosía! Espero vivir lo suficiente para verlo en el banquillo de los acusados, bajo una justicia independiente, insobornable y auténticamente justa… Conste que jamás le desearé ningún mal, sino solo que coseche el fruto de lo sembrado, aun cuando no pueda reparar el daño ocasionado a España y los españoles. Se vale soñar, pero ruego sea prontamente realidad. Mientras tanto, expresemos nuestra repudia al totalitarismo que encarna (como buen izquierdista extremo) y pensemos en las opciones siguientes para la reconstrucción de los valores patrios.

@CondestableDe

@LaReconquistaD

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