Columna de La Reconquista | Es peligrosísimo ser «zurdo» hoy

A lo largo de la Historia, los zurdos –entiéndase en sentido primigenio como “aquellas personas que usan con mayor habilidad las extremidades del lado izquierdo”, como lo recuerda la RAE– han sido considerados “inferiores”. Todavía hasta el siglo pasado se les amarraba la mano izquierda para obligarlos a usar la mano derecha y muchas veces no eran aceptados en las escuelas. Si observamos el trato dado hacia ellos en otros muchos países durante la historia, podríamos decir que hasta hace algunas décadas en Japón el que una mujer fuera zurda podía ser motivo de divorcio y el anillo de matrimonio se debía portar en la mano izquierda para espantar los malos espíritus que pueden deshacer el matrimonio, o que en las tribus africanas no dejan que las mujeres preparen los alimentos con la mano izquierda por miedo a la magia negra, o bien que los nativos de Nueva Guinea nunca tocan con su dedo pulgar izquierdo sus vasos (con la creencia de que podían envenenar los brebajes que contiene) y finalmente, que en algunos lugares, cuando la policía buscaba criminales siempre comenzaba sus investigaciones con los zurdos.

También en Occidente la zurdera –distíngase, por favor, de la «zurdeza», de la que hablaremos posteriormente– era una de las mayores supersticiones, e incluso en la Edad Media muchos pensaban que el lado izquierdo estaba relacionado con el diablo –y algunos en la Edad Contemporánea lo seguimos pensando, por supuesto, pero no para quienes utilizan preferentemente las extremidades izquierdas en su cotidiano devenir–. Tiene su lógica el pensamiento previo, puesto que en el cristianismo los simbolismos se basaban fuertemente en la mano derecha –ya que con ella se da la bendición, se consagra, se unge, se absuelve y se hace la señal de la cruz–, y también la Biblia tiene referencias favorables y desfavorables respecto a la mano derecha e izquierda (ya sabe usted cómo San Mateo, en su capítulo 25, nos relata el juicio final, poniendo a la «derecha» del Señor a los bienaventurados que recibirán la Gloria, mientras que los ubicados a la «izquierda» arderán en el fuego eterno, preparado para Satanás y sus ángeles caídos…). Y antes de que ponga alguien palabras en mi boca, afirmo que jamás incurriré en la discriminación de afirmar todo lo anterior respecto a las personas que son zurdas en las capacidades físicas, puesto que sería una injusticia inconmensurable.

Mi intención, amable lector, es hablar de la «zurdera» política, a la que personalmente llamo «zurdeza» (en una mezcla de zurdera y torpeza). Para ello, es importante partir del origen de la distinción entre «izquierda» y «derecha». La historia asegura que nacieron con la Revolución Francesa, ya que los “amigos” políticos tendían a sentarse juntos en los Estados Generales: a la izquierda estaban los opositores del antiguo régimen, y a la derecha sus defensores. ésas fueron las primeras izquierdas y derechas identificadas con tales términos. En Europa, el uso de estos términos se volvió más común después de la restauración de la monarquía francesa, en 1815.

Hay que aclarar algo en este momento, mi estimado señor lector. Las definiciones cambian a lo largo del tiempo y no necesariamente significan lo mismo en todos los países, puesto que algo que en Hispanoamérica es considerado de «izquierda», en otros países puede ser visto como de «derecha», o viceversa. por eso no hay una definición concreta y no es generalizada. Muchas de las posiciones políticas que ahora consideramos “de derecha” fueron “de izquierda” en otros periodos temporales. Ejemplo clásico para Europa al que han recurrido muchos autores fue el liberalismo y la lucha de la burguesía contra el absolutismo y los obstáculos del antiguo régimen que impedían su desenvolvimiento. La burguesía fue, en un momento dado, una clase revolucionaria. Luego fue conservadora. El liberalismo, como ideología de un sector de la naciente burguesía europea, fue también considerado progresista, de izquierda, mientras que hoy no lo es.

Si recordamos la premisa de que ningún concepto se mantiene, podría añadirse que antes de los años 60 del siglo pasado, y por mucho tiempo, la derecha estuvo identificada, más en el discurso que en la realidad, con la defensa de la pluralidad y con un cierto eclecticismo, mientras que ahora es al revés: es la izquierda la que defiende la pluralidad y se opone al pensamiento único y más todavía a la imposición de un pensamiento único y a una visión unilateral del mundo.

Según Giovanni Sartori, “la «izquierda» es (era o debería ser) la política que apela a la ética y que rechaza la injusticia. En sus intenciones de fondo y en su autenticidad, la izquierda es altruismo”. Esta definición quizá pudiera ser bienintencionada en los albores de su cosmovisión –siendo muy generosos al considerarla así, pero el beneficio de la duda se otorga, para no incurrir en una falsa memoria histórica–. Sin embargo, es inconcuso afirmar que en el siglo XXI la izquierda carece de toda ética elemental, está bañada de injusticia, su autenticidad se ha deslegitimado por la corrupción y la «ideología» de conveniencias, y su altruismo no es sino una cortina de humo bajo la cual se amparan los más feroces y criminales totalitarismos, so pretexto de “solidaridad”, “empatía”, “transversalidad”, “sostenibilidad”, “inclusión” y muchos otros conceptos, una plétora de intereses económicos particulares, imposiciones arbitrarias legislativas y ejecutivas, amén de una absoluta falta de escrúpulos –que debe provenir de ese ADN del que presumen, involucionado al troglodita más primario o al australopiteco más hábil, elija usted–.

Así pues, la concepción ideal teórica de lo que las izquierdas históricas han pretendido, no es nada malo en sí al principio –recuerden que tampoco Satanás era malo al principio, al ser creado como un ángel puro; fue su propia decisión y rebeldía a la divina voluntad lo que le hizo malo en forma eviterna y sempiterna, con su grito de non serviam (“no serviré”)–. El problema, por supuesto, es que una cosa es la teoría y otra muy distinta la práctica, y ha quedado demostrado hasta la saciedad que la práctica de políticas desnaturalizadas y desnaturalizadoras como las que conforman el espectro integrado en la «zurdeza» son auténticamente perniciosas, dañinas, destructivas, falsas y quiméricas. Ese ADN del que presumen –con la pretendida e ilusoria «superioridad moral» que dicen tener– solo les ha traído en herencia los vicios más antañones (que solapan bajo presunto manto de “bien común”, “solidaridad”, “inclusividad” y todo ese vocabulario eufemístico al que nos tienen ya acostumbrados). 

¡Qué peligroso, pues, es ser “zurdo”, señor lector! Sea por herencia, sea por aprendizaje, la izquierda solo contamina como manzana podrida el cesto donde se encuentren las demás manzanas. Los «zurdos políticos» pueden presumir mucho, pero carecen de todo cuanto es en realidad justo, bueno, correcto, auténtico, verdadero, humano. Sus prácticas (muchas veces corruptas) solo se dedican a demoler cuanto es anterior a ellos (como si solamente ellos hubiesen recibido una especie de revelación profana, una auténtica gnosis maniquea, que les hace poder decidir, bajo su penumbra turbia, qué es bueno y qué es malo). Nada pueden construir, puesto que carecen de cimientos naturales, morales y principiales. Pero mientras arrasan y evidencian su auténtico ser, las naciones y personas, por voluntad o por fuerza, solo pueden sufrir los males de su destrucción.  

¡Cuán peligrosa es la “zurdeza”, amable lector! Incorpora odio, venganza, imposición, arbitrariedad, nepotismo, estulticia, intransigencia, orgullo, estupidez, vanagloria, ceguera, hipocresía, manipulación, envidia, destrucción, adoctrinamiento y maldad. En resumen: es el mal en el más puro estado que se puede encontrar dentro de las teorías y prácticas del pensamiento y actuación políticos, económicos, sociales, educativos, culturales y morales. Así, hemos de huir de ella como de la peste, más veloz que guepardo y con mayor celeridad que el avance de un incendio en secarral, puesto que, como el carbón, todo quien se acerca a ella queda manchado, contaminado, poluto, sucio, envilecido y necio. Lo contrario sería cobardía frente a la pérdida de dignidad, libertad y derechos, lo cual nunca podré suscribir, además de incurrir en la comisión de la traición más felona para con mi conciencia, mi religión y mi patria.

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