Columna de La Reconquista | Ensalada de Cardenales en jugo de Sínodo

Sin duda alguna, uno de los defectos que compartimos los seres humanos es la “todología”. Sí, señor lector, me estoy refiriendo a esa extraña «ciencia infusa» mediante la cual, en uno u otro momento, todos (o la mayoría) nos convertimos en auténticos “expertos” –asesores así debe haber muchos en el actual des-gobierno del Reino de España–, magníficamente capaces de opinar acerca de los temas más “candentes”, pero especialmente en política, deportes y religión (¡no falla!). De seguro que si fuere por la opinión personal de cada uno de los expertos que somos, el Reino estaría boyante, pletórico, orgulloso, próspero y pujante, señero mundial de soluciones prácticas. De todas formas, mi pensamiento tiende a colegir que no es así, pero también le entraré al mismo sistema de hacer de vaticinador “todólogo” respecto al (pavoroso) Consistorio “secreto” de Cardenales.

¡Vaya receta, señor lector, nos proporcionan las noticias respecto a los 227 Cardenales de todo el mundo, convocados a Roma por el actual ocupante de la Santa Sede (aunque acudieron 197)! Podría decirse que, desde una perspectiva culinaria minimalista, la “ensalada” ha sido excelente, ya que partió del desconocimiento entre los mismos convocados (22 son de hornada recentísima), y no se dio a conocer ni la más mínima noticia del “Orden del Día” (los “vegetales” que integran el plato), el desarrollo de los puntos tratados (la preparación de los mismos y su corte en juliana, en jardinera o a la paisana) ni las intervenciones habidas (los complementos balsámicos y oleicos que no pueden faltar, aunque algunos tildan este Consistorio cardenalicio como “el del silencio”, puesto que nadie intervino, y a quien quiso intervenir no se le permitió, así que poco “vinagre” tuvo la ensalada). 

La finalidad de tal Consistorio era, según dicen algunos participantes (cuyo nombre he de omitir por la confidencialidad de fuentes, como usted comprenderá), reflexionar juntos sobre la reforma de la Curia Romana, que es el organismo que de forma inmediata le ayuda al Papa en su servicio a la Iglesia universal y al mundo”. Desde luego, el Derecho Canónico (la rama del Derecho que ordena jurídicamente la Iglesia Católica) señala en sus cánones 349 y siguientes que “(…) los Cardenales asisten al Romano Pontífice tanto colegialmente, cuando son convocados para tratar juntos cuestiones de más importancia, como personalmente, mediante los distintos oficios que desempeñan, ayudando al Papa sobre todo en su gobierno cotidiano de la Iglesia universal”. Sin embargo, aquí nada hicieron para “ayudar” en esa función de gobierno, puesto que, para no estorbar en la realización de la “ensalada” se dividieron en grupos lingüísticos (más o menos separar los tipos de vegetales) para aportar su punto de vista sobre dicha reforma y sugerir caminos para ponerla en práctica (parecido a dar clases de canto a un sordo, si me permite decirlo).

El actual ocupante de la Sede de Pedro sólo hizo una pequeña introducción, el primer día, y en el resto de las sesiones dicen que se dedicó a escuchar (aunque tuvo sus “apartes” para “sazonar” otras “viandas”, como la casi disolución de la Soberana Orden de Malta y las meteduras de pata respecto a Ucrania… quizá por tener tantas ollas al fuego y por falta de competencia para esa tarea). Quería una “lluvia de ideas” (que no llegó a ser ni orvallo sobre el pasto) para hacer más viable la reforma de la Curia Romana, asumiendo sus criterios fundamentales para aplicarlos también en las diócesis. En ningún momento se discutieron temas que, desde ese inventado “Sínodo de la Sinodalidad” (redundancia torpe donde las hubiere, puesto que los cánones 342-347 especifican las funciones del Sínodo de los Obispos –no de los Cardenales–, y no da validez alguna a “experimentos” tan bergoglianos), quieren proponer –y no será sorpresa alguna para nadie, la verdad–, como el acceso al sacerdocio para las mujeres, la abolición del celibato para los presbíteros, diversos cambios en la moral sexual, etcétera (temas muy “en boga”, especialmente en el clero alemán, cuyo Sínodo ha merecido el apelativo de “Sínodo de la bragueta”).

El chef de esta ensalada (con su aliño sinodal) no expresó deseos de jubilación –y, si le soy franco, prefiero “malo conocido que bueno por conocer”, ya que el actual Colegio Cardenalicio está lleno en dos tercios de “criaturas” bergoglianas, de las que no caben otras recetas que las de su director culinario–. Olvidó también el convocante que en un Consistorio se escuchan propuestas y opiniones de todo tipo (ausentes en este caso, ¡qué casualidad!), y pueden traerse a colación otros temas, como los sinodales, pero que el ministerio jerárquico debe discernir, con la ayuda de del Espíritu Santo y de todo el Pueblo de Dios, qué es conforme con el Evangelio y qué no lo es –no se puede incurrir en modo alguno en experimentos de caminos análogos a “populismo” o “parlamentarismo”, porque la Iglesia de Cristo es teocrática y jerárquica por voluntad de su Santo Fundador–.

Lo que sí es cierto es que el “jugo” de sinodalidad no fue un buen aderezo. Quizá porque, en primer lugar, ni los propios eminentísimos señores cardenales sabían (ni saben) muy bien de qué va “eso”, o quizá porque la participación del pueblo creyente –que, con su sensus fidelium sabe muy bien discernir qué sirve y qué no sirve para la fe, siendo, de hecho, una de las formas de infalibilidad este sentido de los fieles– ha sido más escasa que la austeridad en las mesas de los líderes de los sindicatos (excepción de los botarates teutones, que siempre, desde el infame heresiarca Lutero –no olvidemos que llevado en imagen al Vaticano el 2016 por el actual ocupante de la Santa Sede– no han podido entender que no es la poca o mucha inteligencia que pueda tener el ser humano, sino la voluntad de Dios (expresada en la Sagrada Palabra, la fidelidad a la Tradición y al Magisterio, los tres pilares), quien manda en la Iglesia). ¡Y todavía hay quienes se extrañan de que ese “experimento” (culinario) haya tenido poco eco! O, peor aún, otros “despistados” prelados se felicitan del “avance” que ha significado… ¿En qué? Lo desconozco (y lo desconocen). ¿Para qué? Misma respuesta, porque ni avanza la defensa de la fe, la preservación de los principios ni el aumento de las vocaciones (y no me haga hablar ahora de la intervención de Francisco en la Soberana Orden de Malta, porque desde el Derecho Internacional me pongo a temblar: un estado soberano siendo intervenido, despedidos sus gobernantes y puestos otros a dedo por el Jefe de Estado de otro país soberano…).

En resumen, amable lector: le recomiendo que siga usted siendo fiel a lo que bien ha aprendido desde pequeño, porque los vientos no soplan muy bien en los climas romanos (ni para la Iglesia universal), aparentando tormentas de muy henchidas nubes en la Barca de San Pedro… ¡Sálvanos, Señor, que perecemos!”(Mt 8,23). Y sálvanos también de cocineros, recetas, alimentos y presentaciones como las que nos traen desde las Pampas, porque el “estómago” fiel puede acabar no digiriendo esos exóticos aditamentos y abandonar el restaurante… ¡Ayúdenos María Santísima y Santiago Apóstol (y cierra, España)!

@CondestableDe

@LaReconquistaD

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