Columna de La Reconquista | “¿Empezamos para terminar o terminamos para empezar?”

Pues fíjese, mi estimado señor lector, que, en base al retruécano que intitula esta columna, no sé si desearle un feliz inicio de año 2022 o si darle mi más sentido pésame por el mismo motivo. Y es que si bien es cierto que todo lo que inicia ha de terminar, también lo es que todo lo que termina es porque ha iniciado previamente. No me refiero para nada a la concepción cíclica del tiempo que tenían los antiguos griegos (aunque, ¡paradojas de la historia!, pareciera ser que se repite), sino a que en las circunstancias en las que nos hallamos es difícil discernir qué nos conviene…

En ese sentido, si consideráramos que el pasado 2021 ha sido uno de los años más aciagos para la defensa de las libertades y derechos, más nefasto para la economía y más vergonzoso para el prestigio interno y externo del desdichado Reino de España, concordaría en que debe iniciar ya la recuperación el presente 2022. Pero si afirmase lo anterior, me convertiría, velis nolis, en “vocero” inconsciente del más falaz, mentiroso y traicionero Gobierno que ha tenido esta bendita tierra Patria desde los albores de su historia, lo cual jamás hare. Por ello, mi conclusión será –a sabiendas de que muchos la compartirán, sin duda alguna–, que empezamos un año deseando que termine el dislate utópico, la mezquindad falsaria y la necedad encumbrada que ha supuesto un gobierno de coalición conformado por lo malo, lo peor y lo pésimo (¡vaya tres paras pa’ un banco!).

Por supuesto, contrario sensu es válido también afirmar lo contrario –reitero que así es la lógica en la paradoja–, en el sentido de que terminamos un malhadado 2021 para empezar un 2022 que se augura más funesto, terrorífico y negro que el fondo de una sima –válese decir “que el corazón de un comunista”, también–, puesto que nada nos hace prever cambios ostensibles en los males que aquejan a este planeta ni a nuestra Patria. Si le parece, analicémoslo someramente.

Ante una “mortífera y mortal” enfermedad –que, según las cifras, en España ha llevado al más allá al 0,002% de la población, sin que ello demerite el dolor y sufrimiento de ninguna persona o familia que contemos con deudos en ello–, sigue sin presentarse otra “cura” que seguir inoculándonos reiteradamente y ad perpetuum ciertos “cocteles” génicos, con cada cepa y variante, puesto que de lo contrario podríamos enfermar y perder una presunta inmunidad –¡cosa extraña es que lo inmune se pierda, como si el impermeable permease y lo infinito tuviese límite!–, o podríamos contagiar a otras personas queridas o no tanto –por el hecho de no haberse inoculado tal “inmunidad” en su sistema circulatorio–.

Ante leyes liberticidas –que nos dicen incluso cuándo movernos, dónde ir, con quién estar, a cuánto vender, qué cuantías gastar, etcétera–, no se legisla en este pantagruélico Congreso que tenemos otra cosa que aumentos de salarios para políticos y asesores, aumentos de impuestos y retenciones para trabajadores autónomos, permisividad de una supuesta “libertad de expresión” para homenajear a terroristas de la ETA y de la OTA, y disminución del mal llamado “estado del bienestar”, sin mencionar que toda iniciativa tendente a propulsar los derechos a la vida, a la propiedad, a la dignidad, a la objetividad histórica, a la defensa de las fronteras, etcétera, son tachadas de todo cuanto usted guste imaginar excepto “bueno”.

Ante legítimas reivindicaciones de sumar todo lo que nos une en la diferencia, sólo se promueve aquello que nos separa de la unidad. Ante inseguridad ciudadana en las urbes más receptoras de población foránea –mézclele usted ahí “manadas”, “inmigración ilegal”, “MENDAS” (o sea, “menores que ni Dios acompañaría solos”, etcétera–, se dan mayores subvenciones a quienes promueven su “integración” –que solamente desintegra lo bueno existente–. Ante injusticias manifiestas de latrocinios, estafas, concusión, soborno, nepotismo y fraude, simplemente se le pone otra venda más en los ojos a esa imagen de la diosa Themis (la Justicia, pues), la espada se le coloca al cuello (para que no diga nada “políticamente incorrecto”, pese a la presunta separación de poderes existente en democracia) y la balanza queda más desequilibrada que el sentido común de un “pacífico separatista”.

Ante la defensa de los principios, valores y fe cristiana se nos ignora (si bien nos va), escupe (lo vaticinó el Divino Maestro al decirnos que no nos iban a tratar mejor que a Él), insulta (ya lo de “retrógrados”, “nostálgicos” y “fascistas” es pan nuestro de cada día) o destruye (como si fuésemos cruces de innumerables poblaciones, que, so pretexto de “memoria histórica”, las vuelan como cohetes en fiestas patronales de pueblo). Y aquí no es que ayude mucho la jerarquía eclesiástica católica, tan apocada como irrelevante (porque al parecer, la jerarquía islámica está mucho más “molona” y ya puede impartir sus clases, construir sus mezquitas e imponer sus tradiciones, preferiblemente con algo de catalán o vascuence, si no les ofende).

Entonces, dilecto lector, ¿qué nos queda? Si “empezamos para terminar” es que hemos de alzarnos de una bendita vez contra todo este yugo que oprime, exprime e imprime la marca de la Bestia, por lo que hay que terminarlo cueste lo que cueste, rogando al Todopoderoso su luz para hacerlo de forma inequívoca, justa y permanente. Si “terminamos para empezar”, mejor nos sumamos a alguno de esos chiringuitos subvencionados de «kamikazes exiliados» –que de seguro haberlos háylos– para “coadyuvar” al “buen gobierno” haciéndonos el “harakiri” solitos –y ya bastante bien les hemos preparado el camino con tanta transversalidad, ecosostenibilidad, resiliencia, globalismo y multiculturalidad, en ese camino “de rebaño” que tanto han inculcado los “expertos” inexistentes–.

Y no, no se engañe: no hay camino intermedio. Entre el bien y el mal no hay tonalidades de grises como existen entre el blanco y el negro –ruego no se lea en clave “racial”, por favor–, al igual que tampoco existe término medio entre la verdad y la mentira, entre Dios y el diablo. Dependerá de nuestra libertad de elección –si es que la queremos ejercer–, auxiliada por nuestra inteligencia –en caso de que quede algo de inteligencia práctica, alguna neurona medio viva– y nuestra voluntad –salvo que ya el “aborregamiento” haya llegado a hacernos involucionar a los mismos ovinos a los que se refiere– optar por uno de los dos caminos, excluyentes entre sí.

Acabamos de celebrar el Nacimiento de Aquél que, aun siendo Príncipe de la Paz, nos dice que ha venido a traer fuego a la tierra, de Aquél que nos explicita que si no sembramos con Él estamos desparramando la semilla, de Quien nos recuerda que es estrecha la puerta que nos lleva a la salvación –pero muy ancho y cómodo el camino hacia la perdición–. No nos miente, ni tampoco nos reta. Solamente nos pide elegir el bien. El BIEN. ¿Cuál elige usted? ¿Empezar a realizarlo y terminar con el mal o terminar con lo poco bueno que nos queda e iniciar nuestra propia destrucción?

Solo me resta despedirme de usted, amable lector, deseándole bendiciones en este año 2022… o sumarme al responso por los difuntos, si es su decisión.

@CondestableDe

@LaReconquistaD

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